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Yo jugué con…

Autor:

Juventud Rebelde

A mi amigo Jesús González Bayolo,

periodista, gran conocedor del ajedrez,

que siempre lee esta columna.

COMPARTIR con personas muy adultas, siendo uno de ellos, tiene muchas ventajas. La primera es saberte vivo cada día, haber alcanzado marcas, en horas de existencia, que no aparecen en el récord de todos los mortales. Eso es importante. Sin embargo, lo más hermoso, lo más sublime, es escuchar y compartir anécdotas, que pueden tener cierto halo de leyenda, pero que siempre guardan un alto grado de veracidad y mucho amor.

Esta vez fue el amigo Juan Ramón Baz Correa, al que todos llamamos don Ramón, quien, desde la primera vez que nos presentamos, me dijo: «¿Cuba? La tierra de Capablanca. Yo logré traer a Silvino García a un torneo en Yucatán».

No tuvo que decirme más para saber que era un empedernido fanático del ajedrez. Y no solo fan, también muy buen jugador.

Supe por los amigos, y por el propio Ramón, que él tenía un amplio aval como promotor del ajedrez en Espita, su pueblo natal. Me comentó que, además del Gran Maestro Silvino Suárez, otros dos cubanos le ayudaron mucho en ese empeño: el Maestro FIDE Santiago Suárez Portal, y el Maestro Internacional Ramón Huerta Soris, ambos asentados en México.

Hace unos días este simpático amigo —que me confesó que había llegado al periodismo y al ajedrez, huyendo de la danza y otras artes que le proponían como curso alternativo, cuando entró a estudiar en la preparatoria del Pedagógico—, me mostró un artículo que guarda con mucho amor y donde quedó plasmado para la historia uno de los momentos más felices e importante de su vida. Reproduzco algunos fragmentos de aquel escrito aparecido en la publicación digital Ajedrez Noticias:

«Corría el año de 1975 y el joven Juan Ramón Baz Correa, quien estudiaba la preparatoria, veía cómo al local de la Asociación Estatal de Ajedrez, entonces ubicado en céntrico local colonial de la calle 63, llegaba casi todos los días un septuagenario con el que nadie jugaba.

«De gruesos anteojos de cuello de botella, pelo canoso, traje de etiqueta y su inseparable bastón al que el prolongado y continuo uso abrillantaba en ciertas partes, aquel señor con aires de filósofo solía colocar los trebejos sobre el tablero y fijaba la vista en ellos.

«Con frecuencia se demoraba largos minutos sin mover ni un músculo de la cara. Sólo movía rítmicamente los dedos de la mano derecha, que apoyaba sobre la cabeza. Era como un rito o un mantra corpóreo que indicaba que había llegado a una profunda concentración mental.

«El joven estudiante Juan Ramón, por aquellos tiempos considerado por sus conocidos como El Niño prodigio de Espita, de noble corazón, se había fijado que nadie se sentaba frente al septuagenario más que para una plática esporádica, pero no para intercambiar jaques. “Debe jugar muy flojo el pobre”, se decía para sus adentros, según comentó después. “No importa, lo invitaré a jugar”.

«Venciendo su timidez, por fin lo invitó a jugar, y el señor accedió de gusto. “Ni siquiera me apaleó en pocas jugadas, me dejó hacer”, recuerda ahora Baz Correa, quien sólo después de esa partida se enteró de que había jugado con una leyenda viva del ajedrez: Carlos Jesús Torre Repetto.

«Lo que pasó fue que El Grande —como muchos llamaban a Torre, entre ellos—, el entonces presidente de la asociación estatal, profesor Olegario Canul, solía mantenerse siempre en forma, resolviendo complicados finales artísticos y problemas compuestos, de mate en tres, cuatro o más jugadas. Nadie estaba a su altura ni se sentía digno de sostener un duelo con él, aunque fuera amistoso. Y es que el maestro no se negaba a ello si se lo pedían.

«Bien sea que se grabara mentalmente la posición o que llevara algún recorte de revista, don Carlos pasaba revista a creaciones de Sam Loyd, Leonid Kúbel, Troitski y otros inmortales de los estudios compuestos. Esos cotidianos ejercicios lo mantenían siempre con una lucidez envidiable. El mejor ajedrecista mexicano de la historia siempre se caracterizó por su sencillez».

Por supuesto que nada de eso sabía entonces mi amigo don Ramón. Él que, desde que nos conocimos, me hizo recordar a mi colega Jesús González Bayolo, me contó esta historia, muy emocionado; entonces pensé: Así se hubiera sentido Bayolo si la vida y el tiempo le hubieran permitido jugar con José Raúl Capablanca.

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