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Cazadores

El fotógrafo deportivo es una especie de profesional que vive orgulloso de su condición. A ellos los descubres con sus cámaras y lentes, con sus mochilas a la espalda, casi siempre en shorts por encima de las rodillas o unos pantalones de tela firme y calzados para faena dura. Así los observas, mientras conversan de lo humano y lo divino, menos de fotografía, hasta que llega el momento de la competencia

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Los fotógrafos de prensa son cazadores que andan por el mundo en busca del momento justo. Una imagen que vive en un segundo y que luego no se repetirá. Menudo problema ese. Tremenda grandeza para el que logra captarla.

Dentro de ese mundo, el fotógrafo deportivo es una especie de profesional que vive orgulloso de su condición. A ellos los descubres con sus cámaras y lentes, con sus mochilas a la espalda, casi siempre en shorts por encima de las rodillas o unos pantalones de tela firme y calzados para faena dura. Así los observas, mientras conversan de lo humano y lo divino, menos de fotografía, hasta que llega el momento de la competencia.

Entonces dejan de hablar y los rostros relajados adquieren una expresión grave. Los ceños se fruncen y los ojos se pegan al visor de la cámara. A partir de ese momento, nada existe para ellos. La calibración de lo que hacen se puede medir por los gestos suaves con que mueven el lente para hacer el encuadre. Lo manipulan tan despacio, con tanto cuidado, que más bien parecen afinadores de instrumentos musicales para conciertos de alto nivel.

Luego viene la ola de disparos, y por ahí aparecen las diferencias. Como las cámaras se pueden ajustar para el disparo automático, lo que escuchas son sonidos parecidos a ráfagas, provocados por el aleteo de las cortinas de los equipos al abrir y cerrarse.

La diferencia está en que algunos toman las imágenes en ráfagas cortas; mientras que otros son «dedos alegres»: aprietan el obturador y ahí se quedan, olvidados del mundo. 

Así lo hizo un fotógrafo, que apareció de la nada en la competencia de 200 metros estilo libre para mujeres en la natación. Sacó su cámara —una Sony oscura, la marca que hoy compite a brazo partido en el mercado contra las Canon y las Nikon—, enfocó y apretó el «gatillo». A nuestro lado lo que se escuchó fue un rafagazo interminable, que por un rato nos hizo pensar si lo que teníamos al lado era una cámara fotográfica o una minigun, la famosa ametralladora norteamericana de seis cañones, capaz de efectuar 6000 tiros por minuto.

Los cubanos, por lo general, parecen pertenecer al primer grupo. Estar a su lado es asistir una combinación de ráfagas cortas con disparos en solitario, pero bien precisos. Tal parece que todos se hubieran leído un manual de guerra de guerrillas, donde uno de los principios de ese tipo de combates consiste en economizar proyectiles y solo hacer blanco en el momento preciso y con la mayor efectividad posible.

Por nuestra parte y después de ver tanta fotos en estos días, luego de sufrir tanto para escoger una, debo decir con sano orgullo que los fotógrafos nuestros son los mejores del mundo.

Mónica Rodríguez Fernández, Ricardo López Hevia, Roberto Morejón, Abelito Rojas Barallobre y Amado López en televisión han tomado imágenes que podrían figurar sin problemas en un salón de arte de primera línea.

Pero son los mejores no solo por eso. Lo son porque los he visto embromarse a la cubana, que es muy fuerte, y luego compartir entre ellos la merienda y el agua bajo un sol terrible. Los he visto defender su oficio a brazo partido. Los he escuchado hablar con veneración de sus maestros y los he sentido felices al ver que la imagen que soñaron en la noche, la tomaron al día siguiente en una fracción de segundos y con una sonrisa de niños. Así ha sido durante estos días de Centroamericanos, y así han surgido las imágenes que han estremecido a un país completo desde una página en internet. Las fotos que nunca olvidaremos y que tendremos guardadas en la memoria para el resto de nuestros días. 

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