Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Sinsentidos

Autor:

Marianela Martín González

MÁS de una hora esperó aquella anciana para que le dieran un nuevo tarjetón. Pero fue en vano. No había modelo ni siquiera para el certificado que debía avalarlo. Con amabilidad, la doctora le indicó que en la farmacia explicara lo sucedido y reclamara que en el tarjetón viejo le anotaran los medicamentos correspondientes a los meses sucesivos, porque todavía había espacio para notificarlos.

La anciana, que hace muchos años padece una cardiopatía, solo musitó que por qué, si su padecimiento es una enfermedad crónica que, desgraciadamente como su nombre indica, no tiene remedio, la obligaban a actualizar el tarjetón sin que el facultativo le indicara cambiar de medicamentos para controlar su dolencia.

 Ese y otros sinsentidos no solo causan molestias innecesarias en la población, que llega a cuestionarse dónde está el sentido común de algunos que toman decisiones absurdas.

 Y en alusión a los sinsentidos que estorban el disfrute pleno de nuestros días, me viene a la mente el ocurrido en una sucursal bancaria del municipio de Cerro. A principios de mayo llené unos documentos en ese lugar y cuando pasaron tres o cuatro días me llamaron de allí para decirme que habían cometido un error y debía acudir a rectificarlo.

Por esos días estaba recibiendo fisioterapia y apenas podía cargar peso alguno. Llegué con mi mochila donde llevaba las pertenencias para hacer el tratamiento. Mientras me atendían en la caja puse mis cosas en una butaca vacía que me quedaba a menos de un metro y la portera casi me embiste porque aquello estaba prohibido en el lugar, lo cual comprendí, aunque me molestó la manera en que fui tratada.

A los pocos días regresé y afuera de la sucursal cerca de 15 personas se quejaban del trato que la misma portera les dispensaba. Llovían las anécdotas que referían su mala forma.

 Las butacas estaban casi todas vacías y ellos permanecían afuera a pleno sol, como si no tuvieran derecho a disfrutar de la comodidad del lugar, incluyendo la climatización. Para colmo ella les prohibía asomarse a la puerta, a través del cristal, para ver si se desocupaba alguna caja.

 Me solidaricé con los que estaban soportando el calor, entre ellos ancianos. Y, no lo niego, como me sentía mejor de salud que la vez que casi me ladra para requerirme, se me salió el rencor, que es un pecado, pero nos es inherente como simples mortales.

 Reclamé la atención de la gerente, que enseguida salió de su oficina; y luego de escuchar mi reclamo le advirtió a la malhumorada portera que eso no debía ocurrir. Lo hizo con respeto a todos, incluyendo a la que provocaba aquella situación, pero como si el problema fuera solo de ocasión y no una injusta práctica de mucho tiempo.

 Confieso que lo pensé mil veces para quejarme por ser la portera una mujer de la tercera edad. Además, la mayoría de los trabajadores del lugar ofrecen un trato de excelencia y en tiempos de pandemia no han dejado de prestar servicios, incluso han trabajado mucho más que en otros momentos, en aras de informatizar gestiones que ahora podemos resolver cómodamente desde nuestros teléfonos.

 Y como este mundo es un guante, como dice una amiga, el día en que la señora con la que coincidí en el consultorio habló de absurdos, contó montones de historias desagradables que le han ocurrido; y aludió a lo que sucedía en el banco, donde según ella compraron butacas para presumirlas, no para uso de los clientes.

 Otra señora que escuchaba le explicó que en los últimos días no solo las personas pueden sentarse cómodamente a esperar, sino que esa misma trabajadora que prohibía antes pasar al lugar, faltando media hora para el cierre, ya respeta el horario establecido.

 Frank País, uno de los patriotas que más admiración me ha causado, amaba unos versos cristianos que esgrimió hasta el día de su muerte y pudieran ser un arma letal contra los sinsentidos que tanto daño provocan.

Nunca esperes el momento de una grande acción,

Ni que pueda lejos ir tu luz;

De la vida a los pequeños actos da atención,

Brilla en el sitio donde estés.

Pongámonos el yelmo, tomemos la lanza y reclamemos. El espacio puede ser inmenso, por insignificante que parezca, si cambiamos para bien el estado de cosas. La única batalla que se pierde es la que no se presenta, según recogen muchísimas páginas de gloria.

 

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