El 12 de diciembre se cumplieron cinco años de que el Tribunal Federal de Distrito del Sur de la Florida condenara a nuestro hermano, Gerardo Hernández, a dos cadenas perpetuas más 15 años de prisión. Después el mismo tribunal condenó injustamente a prisión a nuestros restantes cuatro hermanos: Ramón Labañino (una cadena perpetua más 18 años); René González (15 años); Fernando González (19 años); y Antonio Guerrero (una cadena perpetua más 10 años). Todos fueron acusados por el gobierno federal de conspirar para cometer espionaje en contra de los Estados Unidos y otros delitos que se desprenden de este.
La semana pasada presencié un hecho. Más bien, lo oí. El comentarista, más que los ojos, ha de tener los oídos pegados al borde de la caída... Recientemente visitaba cierta zona muy familiar, y salí al batey —hablo de un ingenio azucarero— a comprar alguna vianda. Al pasar frente al parque oigo que alguien dice: «Por ahí va el periodista: pasea para mirar y ver qué cosa está mal...».
Aquel amigo turista se montó en el Viazul queriendo comerse a Cuba con los ojos y comprobar, por sí mismo, lo que decían las guías turísticas.
Un diálogo de sordos. Turquía se cubre los oídos con las manos, y otro tanto hace la Unión Europea (UE). Gritan, pero no se escuchan. Y todos pierden.
Todo ocurrió luego de reunirse con militares de alto nivel en el Pentágono para conocer de la situación en Iraq, al confirmarles a los reporteros que no piensa en el retiro —ni de las tropas, ni de su cargo, aunque vaya caminando en poco a poco el impeachment—, pues dijo en esos rejuegos de palabras con los que piensa embobecer a su ciudadanía: «Tal como aprendimos el 11 de septiembre, el enemigo tiene la capacidad para golpearnos. Y no hay duda en mi mente de que una falla en Iraq haría más probable que el enemigo nos golpee».
No es que pretenda burlarme de la gloriosa frase «Pienso, luego existo» de René Descartes, aquel francés del siglo XVII, tan docto en la Filosofía como en las Matemáticas.
Hay más de un producto o un servicio básico escaseando en Iraq, pero resulta que entre los más buscados, vendidos y comprados están las armas. Para luchar, para atacar, para defenderse... El negocio florece tanto como se extiende el caos y la letal violencia.
Un automóvil va en picada por la pendiente. Mientras los pasajeros emiten alaridos de terror, el chofer llama a la calma: «No hay problemas, todo está OK». Aunque ha accionado varias veces el freno y este no responde, «todo está OK».
Mientras los trabajadores de cualquier mina analizaban, quizá, cuál sería la próxima manifestación, el sátrapa fallecía en la tranquilidad de un hospital por las secuelas de un reportado infarto que, en principio, no todos creyeron real, sino otra estratagema para convencer que, de nuevo, Pinochet debía ser «exonerado».
En la primavera de 2003 entrevisté a Rafael Anglada, el abogado puertorriqueño del equipo de la defensa de los Cinco, que recién llegaba de una gira maratónica que lo llevó de un extremo a otro de los Estados Unidos. En seis días siguió un itinerario en zigzag de South Carolina a Texas, de ahí a Wisconsin y luego a California, para terminar en Colorado. Basta mirar un momento el mapa de ese país para darse cuenta de que es una trayectoria de vértigo, que debió ser aún más estresante en pleno zafarrancho de guerra. La razón de la premura del abogado era verificar el estado físico y anímico de nuestros compañeros, que acababan de pasar, nuevamente, la horrorosa experiencia del «hueco» —el encarcelamiento en celdas de castigo donde jamás se ve la luz del sol y donde se despoja al reo de todas sus pertenencias y se le impide el contacto con seres de rasgos incuestionablemente humanos.