En la calle pinareña Martí, frente a una bodega que apenas conserva su pintura azul, María Luisa, jubilada y madre de tres hijos, espera su turno para comprar el pan: «Antes uno venía y se encontraba con todo, ahora hay días que no llega», dice. Su voz no suena derrotada, sino acostumbrada. En el bolso lleva la libreta de abastecimiento doblada y en el rostro una sonrisa que parece más fuerte que la escasez.
A poco...
Me tomé el trabajo de leerme el discurso del secretario de Guerra, Peter Brian Hegseth, en la Base Naval de Estados Unidos, instalada a la fuerza en territorio de la oriental provincia cubana de Guantánamo, el miércoles 10 de junio de 2026. El montaje escénico y más de un párrafo merecen comentario. Nada superficial la amenaza.
Allí, donde deberían escucharse risas y pasos ligeros, se escuchan voces cansadas de niños que trabajan, que venden en las calles, que cargan responsabilidades que no les corresponden. Cada 12 de junio, el Día Mundial contra el Trabajo Infantil nos recuerda que, detrás de cada cifra, hay una niñez interrumpida y un futuro en riesgo.
Era una tarde fría de enero cuando mis padres me dieron la noticia de que al terminar el servicio militar iríamos a vivir a La Habana. En aquel momento no comprendí la magnitud de los hechos hasta pasados algunos días. Mi padre debía presentarse en abril en un nuevo trabajo muy lejos de casa, a unos 360 kilómetros, mientras mi madre y yo tendríamos que tomar su rol en la familia.
En la era digital, las redes sociales se han convertido en un nueva ágora. Instagram, con su estética cuidadosamente curada, era mi refugio. Cada notificación que iluminaba la pantalla era un recordatorio de que existía, de que alguien me veía. La validación se medía en corazones rojos y yo me aferraba a ellos como quien busca oxígeno.
Las décimas de diferencia que en la tarde del lunes daban ventaja a Roberto Sánchez sobre Keiko Fujimori, puede que no constituyeran la última palabra de las elecciones presidenciales peruanas.
Ya probé la benevolente alternativa que ofrece Mi turno en Transfermóvil para realizar distintas gestiones, en particular, la que permite agendar el día y la hora para la extracción de efectivo en las sucursales bancarias habilitadas para ello.
Dicen que hace muchos años atrás coger un transporte en La Habana era algo relativamente fácil; las guaguas y los carros particulares tenían precios asequibles. Las personas sabían a qué hora salían las primeras guaguas y las últimas, y hasta se ponían de acuerdo para compartir en algún lugar recreativo, sin angustiarse debido al regreso.