Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Aguacero en Caracas

Un cubano quiere que germinen los meses que, de junio a octubre, según dicen, le mostrarán al fin la impactante fertilidad de las nubes caraqueñas

Autor:

Enrique Milanés León

CARACAS.— Venezuela me sigue negando la lluvia. A poco menos de cuatro meses aquí, esta tierra generosa no me ha mostrado más que esporádicos chinchines que parecen poco, demasiado poco, para el país del inmenso Maracaibo, del inagotable Orinoco y de una capital que pugna, con otras privilegiadas del mundo, por el húmedo sobrenombre de Ciudad de la eterna primavera. No, no basta con lloviznitas: bajo semejante cielo, uno tiene derecho a esperar un aguacero en toda regla.

Se lo comenté a un amigo venezolano: más que el café con chícharo o sin él, que el ron que no me interesa, que el cigarro que nunca ha logrado quemarme, estoy pensando en serio en mandar a buscar un aguacero de Cuba, un aluvión repentino de esos que a inicios de la tarde inunda media Habana en media hora.

Ante tal revelación, el anfitrión caraqueño no hizo más que sonreír, tal vez asombrado de la insolencia del visitante que, llegado de una Isla obligada a guardar su poca agua en alcancías a cielo abierto, se atreve a hacer exigencias líquidas al país que atesora buena parte de los acuíferos del mundo. ¡Pero qué le voy a hacer: al menos hasta hoy, no me complace la lluvia caraqueña!

La estancia de los cubanos en Venezuela justifica en cada hora esa palabra tan natural en nuestros genes que a veces resulta poco pronunciada: misión. Los retos no cesan y el heroísmo cotidiano de los nuestros se ve forzado a crecer en la misma medida en que el chavismo tiene que ponerse «arrecho» frente a las mil arremetidas guiadas por el odio.

En tal panorama, se extraña mucho la patria. Lo dicen a dúo música y literatura: mientras los portugueses suspiran su nostalgia con un melodioso «saudade» y los gallegos la suya con el particularísimo «morriña»; nosotros, directos y contundentes, la definimos simplemente como el «gorrión».

Pues bien, mi gorrión, que a veces alcanza el tamaño de un cóndor, tiene su nido no solo en la paz cariñosa de mi madre, en los brazos de mi hijo y en los ojos de la mujer que, con ellos, prende la luz de La Habana, sino también en la empapada vivencia de los chubascos cubanos. Quien ha estado bajo ellos lo sabe: los aguaceros llevan tintes de la nacionalidad.

Como el protagonista de una vieja película de un viejo país que ya murió, soy un hombre anfibio, un ser incapaz de vivir sin sumergirse cada cierto tiempo en un chaparrón. Supongo que la culpa la tiene Santa Cruz del Sur, que meció mi cuna a pura ola y me mostró, pese a su larga cicatriz por los ciclones, que ningún aguacero es tan fuerte como para odiarlo. Lo cierto es que en Caracas necesito más agua para respirar.

Ya se ha escrito: Venezuela tiene un clima en extremo generoso; todos los climas, suelen aclarar aquí, aptos para producir lo mismo las lechosas del gran llano —que el gran Chávez vendió de niño, en los dulces de su abuela— que exquisitas manzanas de otro mundo. Con una temperatura media anual de 20.1 grados Celsius y una variación de apenas dos y medio, la de Caracas parece la geografía ideal para trabajar y disfrutar, aunque al centro mismo del Paraíso lo segundo siempre resultará más tentador que lo primero.   

Ciertamente, no se sufre aquí a menudo el bochorno térmico que en Cuba abrasa y abraza, tranquilamente, por encima de los 30 grados. Sin embargo, tampoco he visto hasta hoy el rotundo palo de agua con que nuestro San Pedro mulato premia las súplicas de quienes zapateamos por cuenta propia «la tierra más bella…». En fin… mientras La Habana se baña en la ducha, Caracas parece hacerlo a jarritos.

Una fina llovizna cae aquí en ciertas mañanas, especie de cernido de agua que conmueve pero apenas moja, y uno quiere que germinen en el almanaque local los nuevos meses que, de junio a octubre, según dicen, mostrarán al incrédulo la impactante fertilidad de las nubes caraqueñas.

Mientras eso llega, seguiré mirando con golosos ojos los picos que circundan la ciudad y rogando a los dioses indígenas de la lluvia un temporal que baje desde ellos a ordeñar para mí nubes que sueño cargadas en La Habana.

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