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Palestina: La solución final de Trump

Una ilusoria esperanza se esparció por el Medio Oriente, tras un largo período de estancamiento «de negociaciones de paz que concretaran la solución de los dos Estados»,  uno israelí y otro palestino, adoptada en Naciones Unidas con respaldo de Estados Unidos

Autor:

Leonel Nodal

Apenas ingresó en la Casa Blanca, Donald Trump prometió que resolvería de una vez el problema palestino, surgido a partir de la proclamación del Estado de Israel en 1948.

Una ilusoria esperanza se esparció por el Medio Oriente, tras un largo período de estancamiento «de negociaciones de paz que concretaran la solución de los dos Estados»,  uno israelí y otro palestino, adoptada en Naciones Unidas con respaldo de Estados Unidos.

Sin embargo, Trump también dejó clara su más decidida adhesión a la alianza estratégica con Israel, estimulada por el generoso apoyo financiero a su campaña del «lobby judío», un poderoso grupo de presión, que utiliza sus recursos en Washington para influir en el Congreso y la Casa Blanca en todo lo concerniente al estado sionista.

La selección de su yerno, el empresario judío Jared Kushner, como principal asesor presidencial, a cargo de elaborar y aplicar su política para Medio Oriente, le dio un matiz íntimo a sus prometidas gestiones de paz.

Antes de cumplir un mes en la presidencia, Trump recibía al primer ministro israelí, Benjamín  Netanyahu, a quien trató con singular familiaridad al llamarlo «Bibi», en la conferencia de prensa donde hablaron de los asuntos tratados en sus conversaciones.

Los asistentes enmudecieron al escuchar la visión de  Trump sobre el conflicto israelo-palestino.  El nuevo mandatario republicano, dio a entender que no se sentía tan comprometido con «la solución de los dos estados» como su predecesor demócrata, Barack Obama, y que podría favorecer otra basada en «un solo Estado».

«O sea, -dijo, según la versión oficial- estoy contemplando dos estados y un estado. Y a mi me gusta la que las dos partes quieran. Yo puedo convivir con cualquiera de las dos. Yo pensé por un tiempo que la de los dos estados sería más fácil. Yo seré feliz con la que quieran.» Los asistentes soltaron una carcajada, ante lo que pareció una más de las bufonadas del hasta poco antes provocador candidato republicano, siempre burlón y arrogante.

Sin embargo, pronto se pudo comprobar que la simple mención de una salida basada en «un solo estado» para israelíes y palestinos era un típico globo de ensayo.

Nadie mencionó que podría ser la antigua Palestina, dividida por una Resolución de la Asamblea General de la ONU, en 1947, para repartirla entre los judíos que llegaban por miles desde el exterior y los árabes palestinos –cristianos y musulmanes- que allí vivían desde hacia 2 000 años, al lado de una comunidad hebrea minoritaria.

La única alternativa podría ser un Estado solo para judíos y con una mayoritaria población árabe-palestina sin derecho al voto –que incorporara la actual Cisjordania militarmente ocupada por Israel desde 1967 y donde ya habitan más de 600 000 colonos sionistas en tierras robadas a sus dueños: el Gran Israel del apartheid, que excluye el derecho al retorno de los pobladores expulsados de sus tierras en 1948, que viven hoy como refugiados en países vecinos.

La realidad no tardó en confirmar lo que en  febrero de 2017 parecía una broma pesada, nacida de la ignorancia política. Todo estaba en los planes de Trump.

Con su autoproclamado estilo empresarial, el magnate del sector hotelero e inmobiliario al parecer indagó cuáles eran los asuntos que mantenían trabada la negociación, y alguien le enumeró: 1-Jerusalén (reclamada por Israel como capital eterna e indivisible y vindicada como ciudad santa de los musulmanes) 2- el derecho al retorno de los refugiados (unos cinco millones repartidos en Líbano, Siria, Jordania, Egipto, más los dos millones de Gaza). 3-El desmantelamiento de las colonias judías en Cisjordania, eufemísticamente llamadas «asentamientos», declaradas «ilegales» por la ONU y según el derecho internacional. Eso para empezar.

Pues bien, debió decir Trump, «vamos a quitar de la mesa los asuntos que entorpecen la conclusión de un acuerdo».

Y con esa lógica, el 6 de diciembre la Casa Blanca anunció el traslado de la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén, un paso equivalente a su reconocimiento como capital de Israel.

Una visita posterior del vicepresidente Pence a Jerusalén y la apertura oficial de la misión diplomática norteamericana en la Ciudad Santa, a mediados de mayo, dieron el puntillazo final al asunto. Se acabó. Definido el status de Jerusalén.

Resultado: un generalizado rechazo de la población palestina, en particular en Gaza, donde desde el último día de marzo se realizan masivas manifestaciones todos los viernes en la frontera militarizada con Israel –violentamente reprimidas- en reclamo del derecho al retorno, el fin de la ocupación y el establecimiento de un estado independiente.

En ese ambiente, una mayoría de la ultraderecha colonizadora en el Parlamento israelí votó una nueva Ley Constitucional que declara a Israel como «el Estado de la Nación judía», donde solo los residentes de esa confesión ejercerán el derecho de autodeterminación.

Entre tanto, ante el lógico rechazo a los planes de Trump por parte de la Autoridad Nacional Palestina (ANP)  -que de aceptarlos no tardaría en ser acusada de alta traición a su pueblo-  la Casa Blanca ordenó una revisión general de la ayuda a los palestinos para garantizar que esté en consonancia con los que considera «intereses nacionales» de Estados Unidos.

«Como resultado de esa revisión y por orden del presidente –precisó un vocero del Departamento de Estado, vamos a redirigir unos 25 millones de dólares, originalmente asignados a la Red de Hospitales de Jerusalén Este».

A esa medida se suma el fin de las contribuciones de Washington a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos en Oriente Próximo (UNRWA), en un claro intento de imponer sus planes mediante el chantaje y la asfixia de escolares, ancianos y enfermos necesitados de asistencia médica, hombres y mujeres que sobreviven en miserable situación gracias a la ayuda humanitaria externa.

En su más reciente visita a Medio Oriente, Kushner propuso a varios gobiernos de países árabes entregarles los fondos destinados a la UNRWA a cambio de cerrarla y dejar de considerar «refugiados», que deberían ser integrados como ciudadanos de segunda clase.

Desde principios de este año, el presidente de la ANP, Mahmoud Abbas, reveló que la Casa Blanca condiciona su apoyo a que desista de seguir reclamando el derecho al retorno de los refugiados, el desmantelamiento de las colonias o a Jerusalén Oriental como capital de un quimérico Estado independiente que solo existe en papeles a punto de ser confinados al olvido.

Los pasos dados por el gobierno israelí, su parlamento y los partidos de la derecha sionista nacionalista y los religiosos ultraortodoxos, han convertido a Israel en una teocracia.

Con el apoyo de Trump y su entorno, empeñado en situarse por encima de la ley y el orden basado en el derecho internacional, Israel abandona los acuerdos que dieron origen a la ANP y las negociaciones para resolver el problema palestino.

A 25 años de la firma en la Casa Blanca del primer acuerdo de Oslo, el 13 de abril de 1993, que debía lograr la paz entre israelíes y palestinos, el proclamado Estado-Nación judío consagra un régimen de apartheid para los territorios árabes ocupados, los que va absorbiendo mediante el despojo territorial y la colonización.

Para que no haya dudas, el gobierno de Estados Unidos acaba de anunciar el cierre de la oficina en Washington de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), la virtual representación diplomática de la entidad reconocida por Naciones Unidas, como único representante legítimo del pueblo palestino.

Según Abbas, la propuesta que intenta vender el equipo de Donald Trump para Medio Oriente, dirigido por su yerno Kushner consiste en borrar de la geografía cualquier territorio llamado Palestina e integrar a los territorios remanentes en Cisjordania a una confederación con el reino de Jordania, en la que los palestinos queden como súbditos del rey Abdalá II bin Al Hussein.

La «solución final»  avizorada por Trump equivale a la liquidación de los derechos nacionales del pueblo palestino, en primer lugar  su propia identidad y la desaparición de la escena política internacional como estado independiente, una maniobra equivalente a un genocidio cultural, que viene a completar la limpieza étnica ejecutada por el estado sionista desde 1948.

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