Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Ciencia ficción

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Si usted le pregunta a un matemático qué es la belleza, este le dirá probablemente que la belleza es una ecuación. Por ejemplo, E=mc². Cuentan que una vez le preguntaron al físico Paul Dirac su opinión acerca de la verdad o la falsedad de la inmortal fórmula de Einstein, y él respondió sencillamente: «Qué más da si es verdad o mentira, ¡es tan bella!». Y es bella, sin dudas. Albert Einstein se esforzó en construir una teoría armoniosa de la naturaleza. Tan elegante y bella que no desmereciera al universo o al menos de la concepción que el físico tenía de él.

La grandeza de Einstein, cuyas biografías refieren de sus dificultades para hablar cuando era niño y su mediocridad como estudiante, reside, frente a otros descubridores, en que su teoría es indisoluble de la persona que la elaboró. Einstein, él solo, cambió el rumbo de la historia científica abriendo los nuevos campos que ni siquiera se intuían, con una concepción ética que en cierto modo ha sido traicionada después. Hoy la ciencia, que debía liberar al hombre y asegurar su felicidad y la belleza del mundo, nos provee de gases, bacterias y misiles «inteligentes». Se sabe que Einstein nunca formó parte del proyecto de la bomba lanzada sobre Hiroshima, aunque sus descubrimientos estimularon el desarrollo de la energía nuclear. Después de la triste comprobación de la efectividad de la bomba atómica en agosto de 1945, diría: «Hubiera preferido ser fontanero».

Pero de que es bella, es bella. La fórmula concebida por un hombre de 26 años, que luego trastornaría al universo científico con su Teoría de la Relatividad, fue posible por su particular visión del cosmos y por ideales marcados, esencialmente, por la bondad, la belleza y la verdad. Los antiguos griegos lo sabían: las palabras Bello y Bien son sinónimos. También conocían que hay una relación de hermandad entre el arte y la naturaleza, y entre el individuo y su colectividad, entre lo externo humano y su universo íntimo.

Pero no tiene nada de bello, ni de bueno y ni siquiera de ciencia-ficción esas películas «para niños» que vemos de vez en cuando por la TV y abundan en DVD clandestinos o no, donde enormes monstruos prehistóricos acaban con todo y luego miran a la cámara como Humphrey Bogart en El halcón maltés. ¿Cómo tragarse eso como una medianamente seria especulación científica, cuando el futuro anda inventándose ahora mismo y apenas le da tiempo a la genuina imaginación?

Las películas de ese género y los dibujos animados han pervertido de tal modo la fantasía de nuestros hijos que, francamente, tengo esperanzas de que puedan algún día fascinarse con algo tan extraño para el mundo cotidiano de un niño contemporáneo, como una florecita silvestre, un arco iris o un perro que le ladra a la luna. Lo trágico es que la ciencia avanza aplastando a los conservadores, a los moralistas, a los espíritus pusilánimes, pero también a los progresistas, a los iluminados, a los soñadores.

Si Julio Verne profetizó el viaje a la Luna más de cien años antes de que una nave espacial se posara en el satélite compañero, la realidad traspasó hace rato esos límites y hasta los ridiculizó: los descendientes del escritor terminaron inventando el ataúd espacial y vendieron en subasta pública los inhóspitos terrenos de Marte. Nada ha sido capaz de detener el ciego camino de la ciencia y todo parece indicar que ninguna ley podrá ordenar la conquista salvaje de los laboratorios. Con la clonación, la puerta de entrada a la vida está a punto de ser violada, y para colmo de males, vivimos en la expectativa apocalíptica de una modernidad fundada en el racismo, el fanatismo del mercado y la tecnología desaforada, mundialista, así en la paz como en la guerra. «¿Habremos perdido al hombre que fuimos?», se preguntaba un poeta, Pablo Neruda. «¿Al hombre antes del hombre, al otro, al que miraba por dentro y volaba sin más alas que el espíritu?». La pérdida de esa experiencia ha sido trágica. Las sondas que se envían al espacio y la búsqueda de las señales de radio hablan de una nostalgia infinita por esa relación primeriza y virginal, por esa necesidad de perseguir el misterio que enlazaba a la criatura humana con los árboles, con los astros, con las tormentas y las aves. Otro escritor chileno, Raúl Zurita, decía que sin ética y sin sueños, ¿de qué sirve la ciencia o su fantasía, que es la ciencia-ficción? «Sin ética lo único que se logra es matar el río del universo, el río que posibilitó nuestra existencia para que participásemos también de ese diálogo general que mantienen las cosas entre sí, desde el polvo y las hierbas hasta las más lejanas galaxias. Si muere ese río habremos perdido la oportunidad de seguir siendo partícipes de esa maravilla. Es simple: la maravilla pervivirá, solo que ya no existirá para nosotros».

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