Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Roberto

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Roberto León González se fue como vivió. En silencio, sin ruidos, sin buscar los laureles de gloria tan anhelados por otros. De repente los latidos en el pecho se detuvieron, y el hecho, se puede decir, se convierte en una analogía trágica y no deseada, es cierto; pero analogía al fin por la manera en que llevó su vida.

Bastó conocerlo un poco, no mucho, para darse cuenta de esa realidad. El corazón se detuvo. Y eso es todo: no hay aspavientos, no existen alardes y Roberto también era así. Se actuaba y punto. Nada más. Corro los riesgos, los asumo sin buscar la trascendencia que otros ponen o buscan, y cuando ya todo se encuentra hecho, entonces me retiro y si es a una segunda, tercera o cuarta fila, pues mejor.

En la cotidianidad de Ciego de Ávila muchos no imaginaban quién era ese hombre de cabellos blancos, ojos azules y hablar bajito, tan tenue que a veces se debía acercar el oído para escucharlo. Porque él llegaba a las colas, jaba en mano, pedía el último y permanecía inmutable en su turno sin decir o sentirse un «Yo soy esto y me tienen que dar».

Durante esos momentos no había ni una palabra, ni un gesto, nada que identificara al hombre que había desafiado a la muerte en lugares terribles y donde esta tenía todas las ventajas. Allí ambos se habían mirado el rostro, y la Señora se debió retirar con la cabeza baja.

Así ocurrió en la Quinta Estación de la Policía en La Habana. La célebre Quinta Estación, la del coronel Esteban Ventura, el hombre que se fue en el avión de Batista en la medianoche del 31 de diciembre de 1958. A Roberto lo habían detenido junto con otros altos dirigentes del Movimiento 26 de Julio en La Habana. Él era uno de los jefes del Movimiento en Ciego de Ávila. Sabía mucho, alguien diría que demasiado y una confesión de su parte, incluso bajo tortura, podía significar un desastre.

A Roberto no le gustaba hablar de ese episodio y los detalles los contó en conversaciones de amigos. Dicen que los colgaron de los brazos en el sótano de la Quinta Estación en medio de una luz mortecina. Los torturadores estaban sentados delante de ellos, conversando de las cosas de esta vida mientras fumaban un cigarro. Sobre una mesa estaba colocado el instrumental de tortura; pero había uno que generaba terror: un hacha pequeña de carnicero.

«Con esa nos van a descuartizar», pensó Roberto y enseguida le apareció la otra idea, en la confusión de la pregunta que enmascara una certeza: «¿Cómo será eso?». De pronto se escucharon unos pasos en la escalera, el sótano se inundó con un olor a perfume y Ventura apareció impecable, vestido de traje y corbata. Apartó una silla, cruzó las piernas despacio y con la voz tranquila, como la de un médico que entra al salón todos los días, se viró hacia sus hombres y dijo: «Comiencen».

Sobrevivieron por la denuncia de los familiares; pero Roberto orinó sangre durante más de un mes y por mucho tiempo llevó las cicatrices en la espalda. Luego vino la Sierra, la agonía de sacar a sus hombres en la emboscada de Pino III, como segundo jefe de la columna Cándido González, y el día del triunfo de la Revolución, cuando debió hacer rendir el cuartel de Tamarindo. Otro episodio de película, porque sin ningún anuncio se apareció en la puerta del recinto con sus barbas y grados de capitán del Ejército Rebelde. Dijo a las postas: «Vengo a hablar con su jefe», y caminó hacia la oficina en medio de unos soldados que lo miraban entre el miedo y la rabia.

De lo otro que habló, porque se lo pidieron, fue de su misión en la guerra de Vietnam al frente de un grupo de colaboradores y técnicos cubanos, quienes enseñaron a los vietnamitas a pavimentar el Camino Ho Chi Minh o Camino de la Victoria. Tampoco mencionó mucho —y hasta pedía que no lo hicieran— el grado militar que llevó en la intimidad. Pues muchos sabían de su rango de Coronel retirado de las FAR; pero pocos conocían de su estrella de Comandante del Ejército Rebelde, otorgada poco después del 1ro. de enero de 1959.

A veces, cuando le pedían que contara algo, él se echaba a reír. Encogía los hombros y buscaba una salida diciendo que aquello era normal, nada importante. Y sus compañeros, jóvenes y viejos, los que sabían la verdad, lo interrogaban con una sonrisa, que era al mismo tiempo una pregunta, la que siempre te haremos, aunque pasen los años: «¿Tú estás seguro, Roberto?

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