Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Misión Inocencia

Autor:

Liudmila Peña Herrera

Otra vez el miedo, y el llanto de ella. Ya habían pasado por eso hacía algunos días con el bebé, pero la escena se repetía, como un mal sueño recurrente, en la salita del capitalino policlínico 19 de Abril, de Plaza de la Revolución, donde esperaban por el resultado.

«Test positivo», dijeron, y ella se estremeció nuevamente, enredada en una gran confusión de sentimientos, mientras intentaba organizar sus ideas, junto a su suegra que la acompañaba, para tomar las mejores decisiones. El esposo le había dicho: «Tranquila, que juntos saldremos bien de esto»; pero ella temía, y mucho.

Desde el 17 de julio, cuando comenzaron los primeros síntomas de él, todo en la familia giró alrededor de la COVID-19. Ingreso, egreso. Padre convaleciente. Ingreso, egreso. Bebé de ocho meses convaleciente. Ingreso domiciliario, desaparición de los síntomas. Madre convaleciente.

A pesar de haber mantenido las medidas sanitarias lo más estrictamente que pudieron, fue imposible que Ernestico no enfermara. Y allí estaban, procesando la información y decidiendo rápidamente, ante el niño con fiebre y decaimiento, cómo se iban a organizar. Un par de horas después, mientras la madre cuidaba del lactante en casa, para el padre y el niño de cuatro años, Ernesto Alejandro Reyes Díaz, comenzaba la Misión Inocencia.

Desde el principio él lo tuvo bien claro: debía ayudar al hijo a superar el mal trance lo mejor posible, para protegerle no solamente la salud, sino también la inocencia; así que todo lo transformó en juego. Y cuando Ernestico preguntó, medio confuso y asustado, a dónde los llevaba la guagua, junto a otros tres pequeños y sus familiares, el padre informó:

—Ernesto, tenemos una misión importante: hay que pasar muchas pruebas para ganar puntos y vencer al coronavirus —le dijo, como si hablara con un niño mayor.

—¿De verdad, papá?

—Si ganamos nos darán una medalla; pero tienes que estar tranquilo, portarte bien y ser muy valiente —explicó, a sabiendas de que las historias de héroes, bomberos y policías son la pasión del niño.  

Entrando al hospital Leonor Pérez, del municipio de Boyeros, la misión estaba ya en marcha, y comenzaba a dar buenos resultados. Todo iba saliendo mejor de lo previsto. La limpieza, organización y empatía del personal de salud jugaban a favor. La medición de la talla y el peso fue la primera fase superada con éxito. Y Ernestico comenzó a acumular puntos.

Después permitió que otro doctor escarbara en sus fosas nasales y en la garganta, en busca de la presencia del virus. Y aunque hubo cierta resistencia —hay que decirlo también— cuando el médico le recordó lo de la medalla, enseguida se transformó su actitud.

Fue así como no lloró la madrugada en la que todos salían gritando después de los análisis, y también fue así como accedió a beber el jugo que le entregaba la doctora (confabulada previamente con papá porque después del vómito se negaba a ingerir alimento alguno). Ella le aseguró que si no lo tomaba perdería puntos.

La noche del alta médica, cuando apareció el joven doctor ante la cama 11 de la sala B del Leonor Pérez con la medalla en su caja y se la prendió al pulóver, Ernestico Alejandro Reyes Díaz alzó su puño derecho hacia el techo y saltó de la alegría, con los ojos brillantes. Había vencido la mayor batalla de su cortísima vida, y aunque no lo sabrá en su justa medida hasta muchos años después, hoy no se cansa de mirar su condecoración, mientras juega en casa a ser un valiente, como los doctores que lo curaron.

De sus padres —que no han hecho más que su deber— no cuento mucho, porque ellos así lo prefieren: aseguran que su pequeño, después de su primera Misión finalizada con éxito, merece todos los honores.

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