El suicidio global

La quema de combustibles fósiles y las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) siguen creciendo. El tiempo para revertir esa tendencia «suicida» se acaba

Autor:

Juventud Rebelde

La energía de los combustibles fósiles es energía solar absorbida por la materia orgánica que se descompuso y acumuló durante cientos de millones de años en las profundidades de la Tierra. Su origen hace que los combustibles fósiles posean un alto contenido de carbono. Al quemarlos, además de otros contaminantes, se libera a la atmósfera un carbono «viejo». Este se combina con el oxígeno atmosférico para formar un dióxido de carbono (CO2) «nuevo», que aumenta cada día más la concentración atmosférica de ese gas, cuya tendencia a crecer es semejante a la de la temperatura media global. El CO2 es un gas que «atrapa» la radiación infrarroja que emite la Tierra una vez que es calentada por el Sol, fenómeno descubierto por el sueco S. Arrhenius (1859-1927) y conocido como efecto invernadero, pues se asemeja a lo que ocurre en los invernaderos de los países fríos.

El efecto invernadero es un fenómeno natural en la atmósfera terrestre que se da por la presencia, entre otros gases, del metano y el CO2. Estos gases desempeñan en la atmósfera el mismo papel del vidrio en los invernaderos y de las ventanillas en un ómnibus o un automóvil que estén cerrados y bajo la influencia de los rayos solares. Mientras más GEI se emiten y dispersan en la atmósfera debido a las actividades humanas, más aumenta la temperatura media global con efectos apreciables en el clima.

¡La «fiesta» continúa!

Las alarmas por la situación de emergencia planetaria debido al calentamiento global y el cambio climático están activadas y suenan alto. Una parte de la humanidad se tapa los oídos para no escucharlas. A pesar de las alertas en medios científicos y sociales, la «fiesta» de los combustibles fósiles continúa y aumenta irresponsablemente el abuso de estos portadores de energía «sucios» y agotables.

La Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés), ha advertido que nos encaminamos «hacia un futuro energético insostenible que tendría consecuencias de largo alcance (...). Sin un cambio audaz en la dirección política, el mundo se verá atrapado en un sistema energético inseguro, ineficiente y de alto contenido de carbono», advirtió la IEA al presentar el informe World Energy Outlook 2011. «Todavía hay tiempo para actuar pero la ventana de oportunidad se está cerrando», dice el informe.

Según el BP Statistical Review of World Energy June 2011 publicado por British Petroleum (BP), el consumo mundial de energía primaria superó en el 2010 los 12 000 millones de toneladas equivalentes de petróleo. Tres comentarios sobre esta cifra: es 5,6 por ciento mayor que el año anterior, es el mayor incremento ocurrido desde 1973 y más del 80 por ciento corresponde a combustibles fósiles.

El 2010 cerró con 7,6 por ciento de aumento en el empleo del carbón mineral, el más «sucio» de los combustibles fósiles. El consumo de gas natural creció 7,4 por ciento y el de petróleo 3,1 por ciento. Pero la «fiesta» estuvo y está matizada por tragedias. El año pasado BP fue responsable de derramar millones de barriles de crudo al explotar la plataforma Deepwater Horizon en el Golfo de México. La producción de petróleo a partir de arenas alquitranadas en Alberta, Canadá, es otra catástrofe provocada por la adicción a los combustibles fósiles. Ese país aumentó sus emisiones en 34 por ciento respecto a 1990, cuando debía rebajarlas en seis por ciento al cerrar el 2012, según sus compromisos con el Protocolo de Kioto. Fallas en una plataforma de Chevron que explora frente a las costas de Brasil, han ocasionado otro derrame petrolero que cuestionó nuevamente la explotación submarina de petróleo.

Crecen las emisiones

En el 2010 se liberaron 564 millones de toneladas más de CO2 que en 2009, un crecimiento de casi seis por ciento y el más grande jamás registrado, según estimados del Centro de Análisis de la Información del Dióxido de Carbono (CDIAC) del Departamento de Energía de Estados Unidos de América. Datos de la IEA muestran que en 2010 las emisiones mundiales de CO2 por la quema de combustibles fósiles crecieron 42 por ciento respecto a 1990.

A pesar de sus esfuerzos en el ahorro, eficiencia, educación energética y fuentes renovables, China aumentó sus emanaciones de GEI en diez por ciento debido a su empleo masivo del carbón mineral. Según el informe de BP, China consumió en el 2010 poco más del 48 por ciento del carbón mineral utilizado en el mundo. En EE.UU., el mayor contaminador de la historia, las emisiones crecieron cuatro por ciento después de haber disminuido en 2009.

Europa aporta una reducción de emisiones de CO2  de 15 por ciento, mientras Francia y Alemania reportan recortes de 11 y 21 por ciento respectivamente. Pero en esos cálculos no consideran las emisiones asociadas a las importaciones de países como  China y Sudáfrica, con elevadas emisiones de GEI asociadas a sus producciones. De haberlas considerado, las emisiones de CO2  de Alemania y Francia habrían crecido en más de 20 por ciento.

Campeones contaminantes

Según datos del Key World Energy Statistics 2011 de la IEA, los tres países con mayores emisiones de GEI o «huellas de carbono» por persona al año son Qatar, con 40 toneladas, Emiratos Árabes Unidos, con 31 toneladas y Trinidad Tobago con 30 toneladas. Todos son productores de gas y petróleo.

La República Popular China lidera el «ranking» mundial de emisiones totales de GEI seguida de EE.UU. e India. Estas tres naciones envían a la atmósfera cada año poco más del 47 por ciento de las emisiones globales de GEI. La «huella de carbono» de cada chino fue 5,1 toneladas de CO2 en el 2010, un 30 por ciento de lo emitido por cada estadounidense (16,9 toneladas) y un poco por encima del promedio mundial de emisiones anuales por persona que es de 4,3 toneladas.

China e India son solo responsables de una fracción muy pequeña de las emisiones históricas de GEI y una parte importante de sus emisiones se «van» al exterior como exportaciones. El mundo industrializado es el principal causante de que las concentraciones de GEI en la atmósfera hayan alcanzado los niveles actuales, y es el que mayores esfuerzos debe hacer para reducirlos incluyendo ayudar a las economías más débiles a transitar hacia un futuro energético sostenible. Se impone además que los países en desarrollo no sigan los patrones derrochadores de las naciones avanzadas.

¿Podremos cambiar el futuro?

No es cosa de coser y cantar pero se puede. Hervé Kempf, ecologista y escritor, dijo en una entrevista concedida a la agencia de noticias IPS que «para salvar el planeta del cambio climático y la pérdida de biodiversidad hay que abandonar el modelo capitalista y buscar un sistema menos consumista y socialmente más justo». Y tiene razón. Con métodos como la obsolescencia programada, aplicado deliberadamente desde los años veinte del pasado siglo en Estados Unidos y Europa, se promueve la idea de comprar hoy para botar mañana y volver a comprar de nuevo. Así se fomenta el consumismo y el crecimiento económico ilimitado, incompatibles con un mundo de recursos finitos.

Pero no basta con eso. Para detener el suicidio global hay que modificar drásticamente la matriz energética mundial. Como se lee en el informe [r]evolución energética. Una perspectiva energética mundial sostenible, publicado por Greenpeace en el 2010, «para poder combatir con éxito el cambio climático necesitamos urgentemente una revolución en la forma de producir, consumir y distribuir la energía». Cuba desarrolla desde el 2005 un proceso con el que eliminó definitivamente la iluminación mediante bombillos incandescentes, genera la cuarta parte de su electricidad descentralizadamente, educa a su población en el uso austero de la energía eléctrica, reordena el transporte automotor y avanza en la transformación de su matriz energética. La revolución energética mundial debe también garantizar acceso a servicios energéticos modernos y confiables a unos 1 400 millones de personas que hoy viven una «sobriedad energética» forzada, injusta e inaceptable.

Mark Z. Jacobson, del Departamento de Ingeniería Civil y Medioambiental de la Universidad de Stanford, y Mark A. Delucchi, del Instituto de Estudios del Transporte en la Universidad de California, en Davis, demostraron en un trabajo publicado recientemente por la revista Energy Policy, que un sistema energético global basado en energía solar, hidroeléctrica y eólica es factible económica y tecnológicamente, así como desde la arista de la cobertura de materiales necesarios para fabricar los aerogeneradores, turbinas para hidroeléctricas y otras tecnologías. Zero Carbon Australia, un estudio liderado por la ONG Beyond Zero Emissions en el 2010, así lo demuestra para ese país-continente. Benjamín Sovacool y Charminne Watts lo demostraron para EE.UU. y Nueva Zelanda en un artículo publicado en The Electricity Journal en el 2009.

Se impone renunciar a la «religión» del automóvil, como le llama el escritor uruguayo Eduardo Galeano a la adicción a usar el trasporte individual, y en su lugar garantizar servicios eficientes de transporte colectivo. Hay que implantar también un modelo agroalimentario que erradique el hambre, no convierta alimentos en combustibles, promueva la agroecología y una cultura alimentaria no basada en crecer animales y consumir su carne. Ello permitiría sustituir el uso de combustibles fósiles y evitaría las emisiones de GEI provenientes de ese sector.

Cambiar las conductas en el uso de la energía es clave para detener el suicidio global. En Australia los usuarios de grandes edificios de oficinas en ciudades como Brisbane, Sydney o Melbourne, dejan las luces encendidas toda la noche aunque estén vacíos. Ese país tiene un «parque jurásico» de carbón mineral en su subsuelo cuya minería destruye tierras cultivables. Australia exporta el 30 por ciento del carbón mineral del mundo, ocupa el noveno lugar en emisiones de GEI per cápita y está tratando de reducirlas por ley poniendo un precio al carbono. Apagar las luces innecesarias de todos esos edificios evitaría emisiones de GEI que hacen que el planeta se caliente más de los dos grados Celsius por encima de la media global, valor que los científicos señalan como umbral para que ocurran cambios climáticos catastróficos e irreversibles. ¿Serán la humanidad y sus líderes capaces de hacer todo esto, o su absurda y empecinada adicción a los combustibles fósiles continuará ensordeciéndola, cegándola e impidiéndole escuchar consejos y ver que el planeta «arde» a su alrededor y el tiempo para reaccionar se acaba?

* El autor es especialista de CUBAENERGÍA y miembro de CUBASOLAR.

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