El oboe mudo

Gloria Veitía es una sensible profesora de Geografía que en cada clase roza el corazón de sus alumnos. No se ciñe a enseñar el mapamundi rutinariamente, sino que lo recorre cabalgando en la emoción. Y puede explicar las propiedades de la Pampa argentina casi llorando un tango en medio del aula; o quizá navegar el río Vístula interpretando La Polonesa de Chopin. Maestra, de las que no se olvidan.

La señora reside en el edificio 20 apartamento 24, en el reparto Santa Catalina, de la ciudad de Santa Clara, pero se conoce el mundo entero sin necesidad de ninguna visa, sino en la expedición más pretensiosa, que es la del conocimiento y la sabiduría.

La profesora me envía una carta que se debate entre la tristeza y la rebeldía, porque algo se interpone para que su nieta Malú no pueda realizar

el sueño de ser oboísta. Una gran oboísta. Y quizá hasta directora de orquesta sinfónica.

Cuenta la abuela que en el pasado curso escolar la niña fue seleccionada, por sus aptitudes, para estudiar esa especialidad en la Escuela Vocacional de Arte Olga Alonso, de Villa Clara.

Casi como en un acto de prestidigitación para el futuro, el Estado cubano destinó los fondos necesarios en divisas para costearle el instrumento musical a cada alumno. El oboe de Malú, una niña de una familia cubana promedio, que nunca ha visto el fulgor de la riqueza, está valorado en más de 3 000 dólares, la suma que quizá ella no vea reunida nunca en su hogar. Pero el instrumento de viento hace año y medio que enmudece, porque la pequeña solo recibió un mes de clases de esa especialidad.

La única especialista que existe en Villa Clara para enseñar ese instrumento, fue contratada como profesora. Pero tuvo que abandonar a los niños de primaria, porque resoluciones del Ministerio de Educación estipulan que solo puede hacerlo por 12 horas semanales. Se quedó impartiendo los secretos del oboe a los del nivel de secundaria básica, porque de ampliársele el contrato, ello constituiría una ilegalidad.

«En consecuencia, manifiesta Gloria, los niños que debían estar cursando el segundo año de oboe en esta escuela, ocho en total, prácticamente nunca han recibido clases. Y es lógico pensar en el costo técnico que implica perder dos años en la música, y especialmente en las edades en que los especialistas reconocen es imprescindible iniciar su formación. Lo digo también por experiencia propia, pues estudié piano».

Asegura Gloria que su hija, la mamá de Malú, ha planteado esta situación en las instancias correspondientes en la provincia, en el Instituto de la Música, y en el Centro Nacional de Escuelas de Artes. «Solo la escuchan, crean comisiones, analizan, pero no hay soluciones».

Gloria se pregunta: «¿Cómo es posible que no exista una excepción en este caso, teniendo en cuenta que es la única especialista con que cuenta el territorio, y además sabiendo que este es un instrumento deficitario y priorizado para la consolidación del nuevo programa de creación de las bandas de concierto de los municipios y las orquestas sinfónicas del país?

«¿Quién tocará oboe en Villa Clara en el futuro? ¿O es que los oboes se tocarán solos, o le quitarán a las sinfónicas su sonido? Además, es el instrumento que le da la afinación. ¿Cómo es posible que el Estado destinara miles de dólares para la adquisición de los instrumentos, se captaran los estudiantes para ello con absoluta seriedad y ahora no se encuentren en un año y medio los mecanismos para pagarle a un profesor especializado? ¿Cuáles son las opciones que le quedan a mi nieta para ser una profesional del oboe?».

Pero maestra al fin, Gloria no se extravía en las solitarias estepas de la decepción y la impotencia. Ella sueña y se alista cada día en los proyectos de su nieta. Luego de tramontar quebradas, ríos, picachos y sabanas por todo el globo terráqueo, luego de burlar fronteras sobre el mapamundi de aquí para allá y acullá, me asegura que ocuparé una luneta en el primer concierto de su nieta Malú. Y entona la Oda a la Alegría en un viejo piano alemán.

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