Los perros de la guerra

EMILIANO Fuentes Farrés lo nombra así, con el título de un libro. Lo cuenta en su carta y todavía se estremece: sucedió el 25 de marzo frente al edificio 30-A, en el reparto capitalino de Guiteras. Él lo presenció desde el balcón de su apartamento, el número 10: un Stanford vagabundo extraviado, quizá abandonado por sus dueños, descargó su soledad a dentelladas sobre un carnerito que un vecino había amarrado, para que pastara en la hierba.

Los niños testigos quedaron marcados para siempre por aquella crueldad. El can, seguramente adiestrado en ferocidad por sus amos, se aferró con los colmillos a la garganta del animalito hasta que lo dejó muerto sobre un charco de sangre. Aún con piedras y palos, el dueño no pudo salvar a la criatura.

Luego de consumada la bestialidad, el agresor se marchó tranquilamente... Y al día siguiente andaba merodeando y hurgando en un basurero cercano al mercado donde Emiliano compra. ¿Cuál sería la próxima víctima?

Emiliano recuerda la historia de una compañera de trabajo, que iba con su sobrina para el policlínico, en La Habana Vieja: un Stanford también escapó del control de su dueño y le mordió la pierna a la niña. Varias personas, incluyendo el propietario del animal, lograron rescatar a la pequeña; pero con la urgencia de trasladarla al médico, nadie prestó atención al perro y al dueño, que se perdieron por una calle.

El remitente comenta que ya son puro recuerdo aquellas disposiciones que regulaban todo acerca de la tenencia de perros, con normas de seguridad. Y apunta hacia el fenómeno más pernicioso, que acentúa la impunidad y el peligro: el abandono de esos animales por sus dueños, y las peleas de perros que se han extendido sin un control público. La exacerbación de toda la violencia animal por otros no menos fieros instintos e intereses de sus dueños.

Con razón, Emiliano exige que se ponga fin a esta degradación, humana más que perruna. Y en tantos años de denuncias estériles de tal horror, ahora presenciamos que se está estudiando la propuesta de una Ley de protección de los animales. Ojalá que se apruebe tal disposición, y con esta no «nos muerda» el síndrome del engavetamiento en su ejecución.

La segunda carta la envía José Alberto Hidalgo-Gato, vecino de Finca Ácanas, en el municipio matancero de Unión de Reyes, quien se queja como padre de las frustraciones de una excelente alumna de noveno grado que es su hija.

Señala José Alberto que la muchachita estudia en la secundaria básica en el campo Félix Ricardo, y en los concursos municipales de Español e Historia obtuvo 100 y 99 puntos, respectivamente.

En la escuela le reconocieron el mérito, junto a otros alumnos ganadores. Luego la liberaron por una semana para que participara en los concursos provinciales de ambas asignaturas. El examen del primero pudo realizarlo, pero constató que no dejaron entrar a otros alumnos. Solo tenían derecho a participar cinco alumnos, de todos los ganadores.

Al siguiente día, cuando intentaba participar en el de Historia, no la dejaron entrar sin darle explicación alguna. La jovencita llegó a su casa llorando, y el padre fue a Educación municipal: le dijeron que primero habían orientado la participación de diez concursantes, cinco por cada secundaria, y el día del pase de los alumnos se había modificado la disposición: serían solo cinco en total. Pero no se les informó a los muchachos.

El padre se entrevistó con la metodóloga provincial, y esta la confirmó que por orientación superior eran cinco solamente. «Ni que fuera la bodega», señala José Alberto. Al

desestímulo y la frustración que ello representa de por sí, según el padre, se une el hecho de que el pasado 22 de marzo se celebraba en Matanzas la premiación de otro concurso provincial en que participó su hija. La citaron para las 7 de la mañana para la salida del ómnibus, pero por causa de quién sabe quién ahora, la recogieron a las 10 de la mañana. Ya había concluido el acto. «¿Usted cree que es justo tanta desilusión en una adolescente? ¿Por qué se siguen teniendo esas malas coordinaciones para con los alumnos?», pregunta el apesadumbrado padre. Y pregunta con fundamento. No es la primera vez que historias tales se reflejan aquí.

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