Las matemáticas del burocratismo

Un algo se interpone, como en el bolero, para que ciertos campesinos hagan prosperar la tierra. Ese algo es el burocratismo que entorpece la producción agropecuaria, cuando urge dignificar la mesa del cubano.

«Impulsado por el cansancio y la desesperación que provocan los absurdos burocráticos», escribe Gianni Martínez Aragón (Limpios Grandes, Florencia, provincia de Ciego de Ávila), socio de la Cooperativa de Crédito y Servicios (CCS) José Antonio Echeverría.

En septiembre de 2012 él inició trámites en la Delegación Municipal de la Agricultura, para poner a su nombre las tierras de su abuelo, fallecido el 26 de julio de ese año. «Luego de incontables ires y venires a la oficina correspondiente de esa entidad, luego de mucho completar, actualizar y arreglar documentos, finalmente, como a los tres años de iniciado el proceso, mi expediente fue declarado completo y correcto».

Pero las instancias provinciales hallaron una discordancia en el área de la finca: en el expediente se señalaban 0,83 caballerías a partir de las mediciones del Catastro municipal, y en los Archivos de Herencias aparecían 0,82 caballerías. Tal desacuerdo hace que el expediente de Gianni se rechace una y otra vez a nivel provincial, donde le ratifican que ya no les quedan recursos para resolver el caso.

«El Catastro se aferra a sus matemáticas, afirma, y Herencias a las suyas. ¡No hay arreglo! Mi expediente no tiene solución. Mientras tanto, mis vacas han seguido pariendo, mi potrero sobrecargado, los pastos y la caña no me alcanzan, el agua escasea cada vez más y las cercas no aguantan el desespero del ganado.

«Pero no puedo vender ni un animal, porque la Pecuaria continúa a nombre de mi abuelo, lo cual no se puede cambiar hasta que no se haga efectivo el trámite hereditario. Y esto apunta al nunca jamás. Estoy desesperado, y mis animales también. ¿Cuántos años más tendré que esperar? ¿Resistirán mis vacas? ¿Resistiré yo?».

Faltó previsión

El pasado 24 de enero, Osier Sorí Cruz denunciaba las molestias causadas por la casa de compras de la Empresa de Recuperación de Materias Primas, sita en los bajos de su vivienda (Cristo 31, entre Muralla y Tenerife, La Habana Vieja).

Contaba que los recolectores que tributan ocupaban desde la noche las aceras aguardando la apertura del local: gritos y discusiones aplastando latas e ingiriendo bebidas alcohólicas. Hacían sus necesidades allí y vertían los restos de líquidos de latas y botellas. Botaban a la calle materiales que no les aceptaban, y en los almacenes donde se guardan las materias primas pululaban moscas, mosquitos, ratas y cucarachas. Como si fuera poco, los recolectores permanecían días enteros allí, esperando que la casa tuviera dinero para comprarles.

Afirmaba Osier que se habían dirigido en varias ocasiones a la empresa de marras. Lo planteaban en las asambleas de rendición de cuentas del delegado. Y la respuesta era que la recogida de materias primas es una tarea priorizada.

«Consideramos, concluía, que un local destinado a la compra de materias primas, debe ubicarse en un lugar donde no afecte la tranquilidad de los vecinos».

Responde Jesús O´Farrill Fernández, director general de la Empresa de Recuperación de Materias Primas de La Habana, que, entre las medidas tomadas, se trabaja de conjunto con la Policía para garantizar la disciplina y la tranquilidad. Y se sostuvo un encuentro con los clientes asiduos, alertándoles de los ruidos, la higiene y normas que deben mantener.

El reforzamiento de las acciones higiénicas y organizativas para evitar proliferación de vectores, un ciclo de recogida constante para mantener el local con inventarios mínimos y el aseguramiento estable del efectivo para brindar el servicio, son otras de las medidas.

Agradezco la respuesta. Pero si hubo cartas y alertas desde 2013, podía haberse solucionado el asunto antes y no esperar a que se revelara en esta columna. Prever es la máxima de una óptima gestión.

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