Los Puros (IV y final)

Aunque el Consejo Superior de Guerra dispuso que Los Puros extinguieran su sanción en la Prisión de La Habana, muy pocos días pasarían en el Castillo del Príncipe. Los trasladarían, en dos partes, para el Reclusorio Nacional de Isla de Pinos. En el primer grupo, esposados y con fuerte custodia, viajaron Barquín, Varela Castro, Orihuela Torra, Borbonet, Despaigne, Vázquez, Villafaña y Fernández Álvarez. En la jefatura del penal los esperaba el comandante Capote. Con hipocresía y falsedad, les dijo:

—¡Qué pena tengo con ustedes! ¡Cómo lamento lo que les ha sucedido con lo que yo los quiero y respeto! No saben, amigos míos, la tristeza que eso me causa... Aunque con el tiempo podré mejorarles las condiciones de internamiento, debo ahora velar por su seguridad. Sucede que aquí los custodios y los presos son batistianos, y como temo que puedan agredirlos, debo enviarlos a lugares donde estén protegidos.

Así lo hizo. A Barquín lo internó en una celda solitaria a la entrada del pabellón No. 1. A Borbonet y a Despaigne, en sendas celdas de castigo, a la entrada del salón de los locos en el pabellón No. 2. A otros, cada uno en una celda, en el edificio de «Selección». A Fernández Álvarez, en un salón del mismo pabellón, donde pasó cuatro o cinco meses sin poder conversar con nadie, sin derecho a disponer de un receptor de radio ni tener acceso a la prensa escrita, sin horas de «recreo». Al fin trasladaron para allí a Vázquez y lo sustituyeron después por Varela Castro. Un buen día sacaron a Fernández y lo llevaron para la celda donde estaban tres de sus compañeros. Desde ella, a unos 60 ó 70 metros, veían la celda donde permanecían Vázquez y Barquín, con los que Fernández, que había aprendido el código de señales marinas, se comunicaba por las noches, antes de que apagaran las luces: se encaramaba en una cama y transmitía los mensajes letra a letra. Comunicar de ese modo 20 palabras podía demorar una hora, pero era algo. Para que el aislamiento fuese completo, Capote organizó la visita familiar de manera siniestra. Jamás los allegados de uno de Los Puros coincidían con los de otro, y aunque las familias tenían contacto entre sí y a través de ellas se comunicaban los oficiales presos, un recado podía tardar medio año en llegar a su destino.

CARTA DE FIDEL

A Capote lo sustituyó en la jefatura del Reclusorio el coronel Ugalde Carrillo, que tiempo después, acusado de maltrato por Fernández Álvarez, sería procesado, lo que constituyó un escándalo tremendo que puso al coronel en crisis ante la opinión pública. Batista terminó sacándolo de la dirección del penal, pero antes Ugalde trasladó a los oficiales del 4 de abril para la circular No. 4, ubicación compleja pues coincidirían allí con presos comunes. Le siguió el coronel, y luego brigadier, Dámaso Sogo, el mismo que presidió el Consejo de Guerra de Los Puros, y apenas estuvo un mes en el cargo.

Asumió entonces la jefatura el comandante Juárez Rueda, un hombre sin miedo que recorría todo el reclusorio desarmado y sin escolta, pero a quien hicieron saltar en cuanto se empeñó en establecer los derechos de los presos. Llegó así el 6 de enero de 1958 y el teniente coronel Casillas Lumpuy, el asesino de Jesús Menéndez, ocupó la dirección del penal. Fue el regalo que por el Día de Reyes hizo Batista a los presos. Bajo su mando, sin embargo, no se cometieron allí crímenes ni hubo maltratos ni golpizas. Los presos comunes fueron sacados de la circular. Había ya en ella unos cien militares recluidos, y militantes de todas las organizaciones que se oponían a la dictadura, conformaban el resto de los presos políticos. Borbonet asumió como mayor de la circular y Fernández lo sustituyó. Renunció luego de una violenta discusión con Casillas, y le sucedió Hugo Vázquez.

Los largos meses de encierro terminaron por sacar a flote la verdad de cada uno de los militares del 4 de abril. Algunos negaban al Ejército Rebelde cualquier derecho a reestructurar las fuerzas armadas y depurarlas. Otros expresaban su simpatía con la guerrilla, pero solo de dientes para fuera y había quien no entendía que, una vez derrotado Batista, tuviera que subordinarse a los mandos de la Sierra Maestra. Se evidenciaba en unos su carácter imperativo y en otros, las inclinaciones conservadoras, mientras que unos pocos comprendían que se gestaba una revolución a la que había que apoyar. Los miembros del Movimiento 26 de Julio se organizaron militarmente en la prisión. Formaron un batallón y su jefe fue José Ponce, asaltante del Moncada y expedicionario del Granma. El 26 designó a Fernández Álvarez instructor de esa fuerza. En clases teóricas casi diarias enseñó a apuntar, a tenderse, la mecánica del disparo. Impartió clases sobre estructura organizativa y de táctica y los instruyó sobre la forma de cavar una trinchera y enmascararse. Un día los reclusos recibieron, a través de la familia de Jesús Montané, una carta de Fidel. La acompañaban 5 000 pesos. Aunque el dinero resolvió cuestiones apremiantes y mejoró las condiciones de vida en la prisión, vieron en ese gesto que la Sierra no los olvidaba y los tenía presentes.

EL PRINCIPIO DEL FIN

Batista se tambaleaba y el descontento permeaba a las fuerzas armadas. Se conspiraba en las filas del Ejército. Hubo una Conspiración de los Borrachos, nombre que le dio el régimen. Conspiraba asimismo el general retirado Martín Díaz Tamayo, con quien llegó a entrevistarse el comandante Camacho Aguilera, de la Comandancia General del Ejército Rebelde, complot que se aplazó, fue descubierto y dejó el saldo de 55 oficiales presos. Conspiraba en Las Villas el general Ríos Chaviano en un plan que hacía suyo el jefe del Estado Mayor Conjunto. En diciembre del 58 llegó a Los Puros la información de que habría una acción conjunta entre militares y el 26 de Julio. El mayor general Cantillo se alzaría en Oriente y, junto con los rebeldes, avanzaría hacia La Habana. Se le sumarían las tropas del Ejército dislocadas en Las Villas y uniría sus efectivos el brigadier Carlos Cantillo, jefe del regimiento Plácido, de Matanzas. El mensajero que llevó la información al presidio de Isla de Pinos pidió que los militares presos se sumaran, y que en prueba de su compromiso mandaran el anillo de graduado del coronel Barquín. Este no tenía a mano su prenda y se envió en definitiva el anillo de Varela. Añadió el mensajero que los conspiradores disponían de una fragata que los sacaría del territorio pinero y los conduciría a Manzanillo a fin de que se incorporasen a las fuerzas antibatistianas. Entre los remitentes del mensaje estaba el coronel Florentino Rosell, jefe del Cuerpo de Ingenieros del Ejército y del tren blindado, que debió comandar y no lo hizo y que caería en manos del Che en Santa Clara. Fue al frente del tren el comandante Calderón, segundo de Rosell, mientras que este, cargado de dinero, escapaba en un yate días antes de la caída de Batista. Nunca apareció la fragata prometida. Fernández no creyó en ese plan.

A la circular llegaban noticias de que Batista se desplomaba en el campo militar y que el apoyo ciudadano le era cada vez más esquivo. Se supo así del fracaso de la Ofensiva de Primavera, que dejó al Ejército con la espina dorsal rota. De las victorias rebeldes en El Jigüe, San Lorenzo y Las Mercedes. Del ataque a Guisa y a Maffo. De las victorias de Camilo y Che en Las Villas. Armando Hart, que encabezaba en la cárcel el grupo del 26 de Julio, comentó con Barquín la hazaña de la Invasión. «No es posible. No es militarmente factible», respondió Barquín, a lo que Hart replicó: «Coronel, lo hicieron porque no sabían que era imposible».

El 25 de diciembre, coincidiendo con la salida del penal del ya coronel Casillas a fin de asumir la jefatura del regimiento Leoncio Vidal, de Santa Clara, los presos se enteraron de que la localidad central de Cruces había caído en manos de los rebeldes. El primer teniente José Ramón Fernández Álvarez valoró la información y tomó conciencia del derrumbe inminente del batistato. «El hombre, dijo a sus compañeros, no llega al 6 de enero».

ASEGURAR LA ISLA

Se dice que antes de salir del país, Batista advirtió a Cantillo que no liberara a los militares del 4 de abril, y este, en la mañana del 1ro. de enero, comunicó a los oficiales presos que serían indultados en su momento. Lo habían dejado al frente de un Ejército desarticulado, incapaz de ganar ya una escaramuza, pero todavía fuertemente armado, y debía organizar un gobierno civil que encabezaría el magistrado Carlos M. Piedra y Piedra. El Tribunal Supremo se negó a tomar juramento al quimérico mandatario y Cantillo quedó desarmado. Fidel no aceptaba el alto al fuego, denunciaba la maniobra golpista y llamaba a la huelga general revolucionaria. No habría gobierno civil con Piedra al frente, y Columbia, la primera fortaleza de la nación, era un verdadero caos. En medio de esa compleja situación un grupo de oficiales pidió a Cantillo que liberara a Los Puros. Únicamente ellos, decían, tenían prestigio para resolver el problema del Ejército. Y fueron a buscarlos.

Dejar en libertad solo a los oficiales del 4 de abril equivalía a que quedaran presos los miembros de las otras organizaciones. Algunos de esos militares lo comprendieron así y Hart, a nombre del 26, propuso a Barquín que designase a un jefe militar para la Isla. Hizo el coronel su propuesta, Hart no la aceptó y propuso a su vez para el cargo al primer teniente Fernández Álvarez, que dijo asumir la responsabilidad con el compromiso de liberar de inmediato a los presos políticos y acatar únicamente las órdenes del 26 de Julio. Hart quedaría como jefe político del territorio.

De inmediato Fernández salió del penal y tomó posesión de la jefatura del escuadrón de la Guardia Rural. Regresó al presidio y ordenó que el batallón que conformaban los militantes del 26 saliera de la circular en perfecta formación. Todo parecía transcurrir en paz cuando de la circular No. 3, cuyo rastrillo alguien dejó abierto, empezaron a escapar en masa los presos comunes allí recluidos y corrieron hacia la puerta exterior de la prisión. Un soldado disparó contra ellos con una ametralladora calibre 30. Fernández le ordenó que se detuviera, el soldado no obedeció y el oficial no tuvo otra alternativa que aproximársele, abrir la cubierta del arma y sacar la cinta. No hubo muertos ni heridos, pero 300 reclusos escaparon de la penitenciaría. Todos, menos tres o cuatro, serían capturados.

Hombres de la Revolución asumieron el control de las instalaciones militares. Para Fernández era importante asegurar la Isla, que contaba con aeropuerto, puerto, estación de radio y podía convertirse en un baluarte de los batistianos en fuga. Dispuso la detención del ex comandante Capote y de los guardias complicados en crímenes y abusos y procedió él mismo contra los confabulados en negocios turbios con Batista. Detuvo además al capitán Patrocinio Bravo Moreno, segundo jefe del penal. Era un hombre tosco, muy fiel al dictador, a quien dio escolta en su entrada en Columbia el 10 de marzo, pero Fernández se preocupó después de ayudarlo a esclarecer su situación y que quedara en libertad. Ya detenido, Capote le dijo:

—Usted me conoce y sabe que yo soy antibatistiano.

—El problema no es ese. El problema es que la gente en la Isla lo tiene a usted como batistiano y como ahora todos los custodios y los presos son revolucionarios, yo debo protegerlo —respondió Fernández y lo envió para la misma sala donde él estuvo recluido al comienzo de su prisión.

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