Machín

Solo la muerte logró arrancarlo de los escenarios. La edad no melló sus facultades  vocales ni su capacidad de trabajo, y su popularidad se mantuvo «arriba» hasta el final, escribe su biógrafo José Luis Pérez Machado. Viejo ya seguía haciendo que el público abarrotara los teatros y le llovían los contratos para los casinos más exclusivos y los más populares espacios de radio y televisión.

Llegó así el 7 de junio de 1977. Su recital de esa noche en un teatro de Andalucía transcurrió de la manera prevista. Tras interpretar la última de las piezas contempladas en el programa, complació peticiones de los espectadores. Cayó el telón y el cantante cubano Antonio Machín quedó a la espera para salir a saludar al público que seguía aplaudiéndolo a rabiar. No le fue posible. Un cansancio insuperable lo invadió de improviso y le imposibilitó hacerlo. A partir de ahí su salud fue de mal en peor. Apenas dos meses más tarde, el 4 de agosto, la noticia de su muerte, en Madrid, ocupaba espacios de primera plana en la prensa española y motivaba programaciones radiales y televisivas especiales que resaltaban la significación de su quehacer.

«Ha muerto el rey del bolero», «El bolero está de luto», «Adiós al gran Machín», repetían los medios de comunicación de la Península, mientras que su entierro en la necrópolis de San Fernando de Sevilla —sitio escogido por el cantante para que reposaran sus restos— se convertía en una manifestación de luto popular impresionante.

Después de su muerte, la fama de Machín siguió en espiral, dice el ya aludido Pérez Machado. Se le dedicaron múltiples espectáculos musicales, se evocó su nombre de disímiles maneras, se ahondó en facetas de su arte y se buscó al hombre en los testimonios que sobre él brindaron familiares y amigos. Un homenaje formidable lo constituyó, en el Palacio de los Deportes, de Barcelona,  el concierto donde Joan Manuel Serrat, Moncho, Peret y Jaime Sisa, entre otros cantantes, interpretaron, ante cuatro mil espectadores, lo más representativo del repertorio del cubano.

La recaudación de ese espectáculo se destinó a erigirle un monumento a Antonio Machín en el cementerio de Sevilla. Una lápida de mármol negro donde se lee su nombre cubre su tumba, y sobre ella, en un dado, se aprecia la efigie del cantante. Encima de ese dado se alza la figura de un ángel; de seguro ese ángel protector que le inspiró una de sus composiciones.

Ocurre allí algo significativo. Cuando artistas cubanos provenientes de la Isla visitan Sevilla, acuden a la necrópolis de San Fernando.  Cantan sones y boleros junto a la tumba de Machín y vierten aguardiente sobre ella en señal de fraterno homenaje a un exponente imprescindible de la música cubana.

El manisero

Antonio Abad Lugo Machín. ¿Quién es este hombre que nació en Sagua la Grande, en la antigua provincia de Las Villas, el 17 de enero de 1903, de madre cubana y padre español, e  hizo fuera de Cuba  la mayor parte de su carrera?

En opinión de Alejo Carpentier, la música cubana halló en Machín un intérprete concienzudo y conocedor que sabía acometer con igual fortuna una rumba trepidante que un tema lleno de nostalgia. Luego de elogiar su repertorio «vasto y diverso», el autor de El siglo de las luces resalta que el artista, pleno de curiosidad y amor por su tierra, sacaba del olvido décimas y canciones antiguas cuyo recuerdo empezaba a borrarse, comunicándoles nueva vida. Señala Carpentier finalmente: «Lleno de gravedad y unción, interpreta las melodías del trópico con una elocuencia irresistible. Buena prueba de su talento es que ha logrado convencer sin dificultad a dos públicos tan disímiles como el inglés y el francés».

Precisa el erudito Radamés Giro que la carrera de Machín comenzó con su ingreso como clarinetista en la banda municipal de su región natal. En 1924 está ya en La Habana, donde hizo dúo con Miguel Zaballa y, como voz prima y maraquero, formó parte del trío Luna y más tarde del septeto Agabama. Se sumó, en 1926, a la orquesta de Don Azpiazu, con la que en 1930 viajó a Nueva York. Allí grabó su primera versión de El manisero, de Moisés Simons, entre otros números. Su paso por la cadena de teatros de la RKO hizo que la pieza mencionada, uno de los primeros éxitos internacionales de la música cubana, se popularizara en Estados Unidos. Antes, con Don Azpiazu había actuado en el exclusivo Casino Nacional del reparto Country Club, de La Habana.

Afirma Cristóbal Díaz Ayala, musicógrafo cubano radicado en Puerto Rico:

«Gran parte del éxito de Azpiazu se debía a su cantante Antonio Machín… El corajudo Antonio, surgido en un medio muy humilde, había llegado a ser el primer negro en cantar en el lujoso Casino Nacional… Su voz y su presencia física cantando El manisero habían sido decisivas en Nueva York. Pero Machín tenía ambiciones. Paralelo con las grabaciones de la orquesta en 1930 y 1931, organizó un cuarteto con tres compañeros del conjunto de Azpiazu y consiguió que la Víctor le grabara. Si Azpiazu era un éxito entre los gringos, Machín no lo fue menos entre los hispanoamericanos. Ya para 1932 no estaba con la   orquesta, y entre julio de 1930 y noviembre de 1935, cuando embarca definitivamente para Europa, grabó más de 150 números con su cuarteto y varias orquestas para la Víctor y otros sellos. Posiblemente ni Bing Crosby, que ya era una estrella en los Estados Unidos, grabó tanto en aquella época, que fue precisamente de depresión económica en ese país. Y es que no es solo tener talento, sino saber venderse».

Angelitos negros

Hizo en 1935 una gira por Europa e inició así una carrera vertiginosa. En Londres convenció al público con su interpretación de Lamento esclavo, de Eliseo Grenet. Participó en París en la revista Canto a los trópicos, que dirigía Simons. Luego, con su orquesta Habana, viajó por Noruega, Suecia, Dinamarca, Holanda, Alemania, Rumania e Italia, para volver a París. En abril de 1939, cinco meses antes de que estallara la II Guerra Mundial, se radicó en España. Con la orquesta Los Miura, de Sobré, con la que permaneció hasta 1946, grabó Angelitos negros, con letra de Andrés Eloy Blanco y música de Manuel Álvarez Maciste, uno de sus grandes éxitos. Se vendieron miles de discos de esa pieza, y famosos vocalistas hicieron sus propias versiones. Angelitos negros convirtió al cubano en un ídolo dentro y fuera de España, e hizo que ganara el sobrenombre de El divo de la canción.

Declaró por aquellos días: «Yo baso mis triunfos sobre dos buenos pilares: las letras de mis canciones y la forma como las digo. Todo el mundo las entiende y vibra con ellas… Un cura rural de la Argentina ha hecho pintar, en su iglesia, unos ángeles morenos después de conocer Angelitos negros».

Triunfa en el teatro musical, género muy gustado en España. Interviene en no pocas películas producidas allí, en las que interpreta sus canciones y representa personajes de reparto. También se escucha en las bandas sonoras de decenas de filmes españoles. Es autor de unas cien canciones.

Se ha dicho que fue el cantante preferido del generalísimo Francisco Franco. Afirma su biógrafo José Luis Pérez Machado que Machín fue un cultivador de la canción romántica y que su arte no fue de ruptura con el franquismo, pero tampoco de reafirmación. En su repertorio existían piezas de contenido social —Negrito de qué, Tabú, Del mismo color, Angelitos negros…— que denunciaban «viejas secuelas raciales». Sin embargo, este cantante mulato y extranjero por añadidura no fue censurado ni limitado en el proyecto cultural español. Había llegado a España antes de que  finalizara la Guerra Civil y había compartido con los españoles los llamados Años del Hambre en un país arrasado por la guerra, devorado por la incertidumbre y asfixiado por el bloqueo económico.

Escribe Pérez Machado: «Aparentemente, Machín fue uno de los “caprichitos” de Franco porque su propuesta artística pudo coexistir y sobrevivir los 39 años de dictadura. Su repertorio alegre, de temas amorosos, domésticos, intimistas y felices no “molestaron” al dictador, quien desapareció a cientos de creadores de diversas manifestaciones artísticas del escenario cultural ibérico. Machín fue refugio espiritual para el desaliento de los españoles, porque les cantó al amor, a la esperanza, a la fe, y también a la igualdad, a la sinceridad y a la fidelidad, fue, al decir de muchos, una salvadora palmada de ángel en aquellas mejillas apesadumbradas».

Con Cuba

De Isolina Carrillo interpretó Dos gardenias; de Osvaldo Farrés, Madrecita y Tres palabras; de Julio Brito, Mira que eres linda…Otros compositores cubanos presentes en el repertorio de Machín son Juan Arrondo, Luis Marquetti, René Márquez, Orlando de la Rosa, Adolfo Guzmán, Ignacio Piñeiro, Leopoldo Ulloa y Margarita Lecuona, entre otros muchos, cuyas obras interpretó con su voz suave y acariciadora, hecha de azúcar y de mar. Fue él quien introdujo el chachachá en España.

En 1958 estuvo en Cuba y compartió en Sagua la Grande con familiares y amigos. Aunque vino en visita privada aceptó gustoso el reconocimiento que la CMQ-Canal 6 e importantes radioemisoras le hicieron por su labor de difusión de la música cubana en el exterior.

En 1943 se casó en España con una española y allí nació su única hija. Se consideró un hombre con dos patrias y su fidelidad a ambas hizo que popularmente se le calificara como «el más español de los cubanos y el más cubano de los españoles».

En 1972 reafirmó ante la prensa su condición de cubano cuando, sin que nadie lo esperara, se personó en el Pabellón Cuba de la Feria Internacional de Barcelona y se presentó con el dúo Los Compadres. Un año después compartió la escena con una delegación artística de la Isla que conformaban Pacho Alonso y su orquesta, Los Papines y la intérprete Ela Calvo, quienes hacían una gira por España. Y en febrero de 1977, poco antes de su muerte, viajó a Barcelona para departir con Carlos Puebla.

Machín decía que nadie lo había enseñado a cantar. Su música fue siempre cubana y dejó en España una imagen artística perdurable. De él diría el famoso realizador español Pedro Almodóvar: «Él fue quien me metió el bolero en la sangre».

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