24 °C Los amigos con los que suelo dialogar en torno al mundo de la música, saben que desde su aparición me encanta Calle 13. No soy admirador del dúo por los premios que ha ganado, pues cada vez menos creo en esas cosas, sino porque tengo varias razones para sentirme identificado con el discurso que ellos enarbolan.
Confieso que experimento un placer especial en el hecho de recorrer Cuba. Eso me ha permitido librarme de caer en los típicos enfoques habanocentristas, que tan dañinos pueden resultar a la hora de comprender los procesos culturales dados en nuestro país, en el que las realidades de cada territorio marcan sus particulares dinámicas, en ocasiones muy diferentes a las de nuestra capital.
Una de las muchas cosas buenas que me ha deparado la peña Trovando, celebrada los miércoles por la tarde en el patio de los estudios de la EGREM de la calle San Miguel, ha sido la posibilidad de adquirir (¡a muy buen precio!) discos que no pude comprar en su momento de ser publicados. Fonogramas de trova, jazz, rock y de otros géneros o estilos, en no pocas ocasiones de altísima calidad, son comercializados allí en moneda nacional, con lo que ciudadanos de a pie como yo podemos incrementar nuestra fonoteca a partir de la compra de álbumes a los que, hasta hace poco, se nos resultaba privativo el acceso.
Aunque en los medios de comunicación en Cuba apenas se difunda lo que acontece en el panorama actual de la música argentina, la escena de carácter propositivo de aquel pueblo hoy vive un momento de lujo. Nombres como los de Rally Barrionuevo, Irupé Tarragó Ros, el trío Aca Seca, Claudio Sosa, Mariana Baraj, Sandra Aguirre, el Topo Encinar, el dúo de Tilín Orozco y Fernando Barrientos, los Presagio, Crisol, Vislumbre del Esteko, La Brasa, y el changuito power Franco Ramírez, por los niveles de calidad de sus propuestas debieran ser más conocidos entre los melómanos cubanos.
A estas alturas del siglo XXI, está claro para todos que las innovaciones tecnológicas transforman las culturas. Eso es algo que ya fue sobradamente explicado por Walter Benjamin en su célebre ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. A partir de cuestionamientos propios, Benjamin se enfrentó en su momento al importante problema de las transformaciones que se estaban produciendo en el espacio artístico, como consecuencia de los cambios que sobrevenían en la sociedad, en el ámbito político y en la introducción de innovaciones tecnológicas.
Hace pocas semanas tuve la oportunidad de asistir a la cuarta emisión del festival de pop rock Luna Llena, desarrollado en Guardalavaca desde 2003. El evento me posibilitó conocer nuevos proyectos que en fecha reciente se han sumado a quienes, entre nosotros, han apostado por defender el pop rock, sin discusión alguna un género que a nivel internacional mueve multitudes.
Ya se sabe la importancia que desde su aparición, por iniciativa del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, ha tenido el espacio A guitarra limpia, que en fecha reciente celebró su onceno aniversario. Si bien la calidad es una constante en cada una de tales funciones, las preparadas para festejar los cumpleaños de la inauguración de esta fiesta de la cancionística cubana, registran un particular significado en la memoria de quienes somos asiduos visitantes al patio de Muralla 63.
La madrugada va sola/ y con lloviznas/ por mi cabeza,/ por mi cabeza.
Aunque han transcurrido casi 20 años, me parece que fue ayer cuando los amantes del rock en este país nos enamoramos de aquella revolución sonora procedente de Seattle y que pusiera en circulación por el mundo entero términos como grunge y rock alternativo. Nombres como Nirvana, Soundgarden, Temple of the Dog, Alice in Chains y Pearl Jam fueron ídolos para una generación de cubanos, así como admirados por quienes —sin pertenecer al grupo etáreo de los hoy «treintiañeros»—captamos los valores esenciales de una movida que, entre nosotros, no solo repercutió en el ámbito de los roqueros sino también en el de los cantautores.
Hace poco más de cuatro lustros que en el lenguaje académico internacional empezó a utilizarse el término scholar-fan para referirse en general a los primeros sociólogos, musicólogos e historiadores europeos del decenio de los 80 del pasado siglo, interesados en abordar el estudio serio de la música popular y, en particular, aquellos géneros y estilos que los impactaron de adolescentes. Esta clase de exégetas, hoy procedentes del ámbito de todas las ciencias sociales, ha desarrollado lo que se conoce como estudios de música popular urbana.
Mi gran amigo Jesús (Lenny) Martell, alguien que sabe muchísimo de rock, fue la primera persona que hace unos años me recomendó escuchar con atención lo que estaban haciendo unos polacos nombrados Riverside. Ellos son parte de una muy llamativa escena roquera y metalera en Polonia, de la cual he podido conocer bandas como Behemoth, Vader, Howling Aliens y Kontraburger.
Hacía varios años que no iba a Ciego de Ávila, lugar del que guardo muy gratos recuerdos. Por eso, cuando la gente del Grupo de Gestión Cultural enrolarte producciones me invitó al IV Encuentro Nacional de Jóvenes Trovadores, no dudé en decirles que sí. Entre otros objetivos, el evento perseguía celebrar el cuarto aniversario de la peña Trovándote, surgida en 2005 por iniciativa del cantautor Yoan Zamora y del realizador audiovisual Jorge Luis Neyra, con miras a promover a los nuevos creadores avileños de diferentes manifestaciones artísticas, pero con el accionar de la trova como centro del espacio.
No sabría decir con exactitud dónde y cuándo conocí a Yordis Toledo. Quizá fue en una de mis idas y venidas por Pinar del Río. O tal vez sería en una que otra de las emisiones del festival Longina, en Santa Clara, evento en el que hemos coincidido en más de una ocasión. Incluso, pensándolo bien, a lo mejor todo se remonta a los años de su etapa como integrante de bandas de rock. El dato no importa, a no ser para que yo tome conciencia de que mis pobres neuronas empiezan a darme señales de agotamiento o de que ese alemán nombrado Alzheimer y que se ha vuelto tan popular en los últimos tiempos, pretende hacerme compañía.
En los últimos meses tengo destinadas las tardes de miércoles a encontrarme con viejas y nuevas amistades, que ya nos hemos vuelto habituales al pequeño patio de la EGREM, en San Miguel 410, entre Campanario y Lealtad, municipio de Centro Habana. Ese día, los amantes de la trova nos regocijamos con el hecho de que, aunque sea por unas pocas horas, en esta ciudad haya un espacio que remede el legado cultural de antiguos rincones de «bohemia intelectual» y que han sido parte de nuestras más auténticas tradiciones pero que, vaya uno a saber por qué, en un momento dado se les condenó a desaparecer.
Fue en la edición de 2008 del festival Longina —evento que me ha permitido estar al tanto de las más jóvenes promociones de trovadores y cantautores de nuestro país—, donde conocí del quehacer de los bejucaleños de Enfusión, que por entonces eran un trío. Recuerdo que previo a aquella ocasión, mi amigo Manuel Argudín me había hablado de la formación, pues una de sus hijas formaba parte del proyecto.