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Carlos Enríquez: un hombre rebelde dentro de una coraza

La reconocida ensayista y crítica de arte Graziella Pogolotti tuvo el privilegio de gozar de la amistad de uno de los más famosos pintores cubanos

Autor:

Mario Cremata Ferrán

Esa mañana yo había roto la privacidad del refugio de la doctora Graziella Pogolotti, aunque no por eso ella hizo desdén de su buen trato y auténtica sencillez.

La reconocida ensayista y crítica de arte, nacida en París en 1932, aceptó sin reparos la petición de evocar, a 107 años de su nacimiento, —que se celebran hoy— al gran pintor Carlos Enríquez, uno de los representantes de la vanguardia pictórica del país en el pasado siglo, y de los que mejor plasmaron la cubanía, en lo que él definió como Romancero Guajiro.

Indagar sobre los años juveniles de Graziella es remontarse inevitablemente a un pasado de ilusiones y desilusiones y contar detalles bien guardados acerca de su relación con el mítico e indomable artista, creador de El rapto de las mulatas.

«Con Carlos me sucedió lo mismo que con Alejo (Carpentier): ellos me conocieron antes de que los conociera yo. Mi mamá contaba que cuando yo era bebita la familia atravesaba una difícil situación económica y, a veces, el dinero no les alcanzaba para comprarme un pomo de leche.

«Una noche en la capital francesa Carlos se fue a jugar billar con Eduardo Avilés Ramírez, un periodista nicaragüense muy amigo de los cubanos que ocupaba varias corresponsalías de diarios de la Isla en París. Era fanático y sin embargo muy mal jugador. Carlos le ganó unas cuantas partidas y con ese dinero se presentó por la mañana en nuestro departamento con un pomo de leche. Mi madre no olvidó nunca esa acción».

Dibujo que le hiciera el artista a Graziella con dedicatoria de palabras ininteligibles. Foto: Cortesía de María Grant —La amistad entre Carlos y Marcelo Pogolotti se remontaba a los años de niñez...

—A principios del siglo pasado compartieron clases en el Candler College de La Habana. Me contaba papá que a Carlos le decían Mosquito, porque era delgado e inquieto. Ambos jugaban pelota y varias veces escaparon juntos de la escuela. Después, se reencontraron en los años 20 con la pintura.

—¿Cuándo comenzó a visitarlo asiduamente?

—Desde nuestra llegada a La Habana, en noviembre de 1939, tuvimos contacto con él. De niña me llevaban los domingos al Hurón Azul, algunas veces porque no tenían donde dejarme.

—¿Qué recuerdos conserva de aquel lugar y de su dueño? ¿Platicaba con usted?

—Allí siempre preparaban el auténtico menú criollo: puerco asado, a veces en pincho, arroz y frijoles negros. Había una familia a la que él le permitió construir una casita al fondo del Hurón y ellos le ayudaban a mantener el jardín y atender los quehaceres hogareños.

«Recuerdo que una vez intenté coger el libro Les chants de Maldoror (Los cantos de Maldolor) en la biblioteca y vino José Antonio Fernández de Castro y me lo quitó. Yo había escuchado nombrar constantemente a su autor, el conde de Lautréamont (Isidore Ducasse), uno de los antecedentes del surrealismo. Me dijo que esa literatura no era para niños. Sin dudas fue un abuso del ejercicio de autoridad.

«Carlos era un hombre muy generoso, un tanto apasionado. Me decía Graziella o Graziellita. Conmigo fue muy afectuoso. Alguna vez, cuando todavía él y Eva Fréjaville (su segunda esposa) vivían juntos, pasé algunos días con ellos, durmiendo arriba en un sofá, en el estudio. Él era amable mientras estaba sobrio; aunque conversador solo con los adultos. Conmigo empezó a conversar más en la medida en que crecí».

—¿Era la única infante que visitaba aquellos parajes?

—Así es. Al principio, cuando aún estaban en Cuba el poeta español Manuel Altolaguirre y su esposa Concha Méndez, ellos llevaban a su hija Paloma, que era contemporánea conmigo.

Correteábamos por todo el paisaje campestre. La verdad es que me aburría bastante. Por los alrededores había vida, pero dentro yo no tenía qué hacer.

—¿Usted nunca posó o fue inspiración para el artista?

—Aquí en La Habana me hizo un dibujito una vez, a tinta, cuando yo tenía 11 o 12 años. Aún lo conservo con su dedicatoria de palabras ininteligibles. Años más tarde le mostré mi curiosidad preguntándole qué había anotado exactamente. Me contestó: «No lo sé, en verdad yo estaba borracho en ese momento». Fue la única vez que me pintó.

—¿Cuándo comenzó esa actitud desenfrenada hacia la bebida?

—Tengo entendido que empezó de muy jovencito. Mi padre me decía que uno de sus hermanos era también alcohólico, y un día se quedó dormido, borracho, con un cigarro encendido en los labios y murió a consecuencia de las quemaduras.

«El padre de ellos era un médico muy bien situado, al que regalaban muchas botellas de vino y rones que se acumulaban en la casa, porque él era abstemio. Ellos se las robaban y ahí comenzó el drama».

—¿Qué postura mantenía con las mujeres?

Carlos Enríquez como lo viera su primera esposa Alice Neel en 1926 (técnica aceite sobre lona). —Carlos era muy machista. Su modelo era Tilín García. Durante la primera etapa de su relación con Eva Fréjaville, prácticamente la mantenía presa en el Hurón Azul. Poco a poco ella sintió la necesidad de poner fin a ese encierro y salir a la ciudad, donde impartía clases de francés en la Hispanoamericana de Cultura. La tenía siempre bajo control. Por lo menos se había construido un personaje así. En realidad no era tan fiero.

—¿Y con su propia familia...?

—Asumía una actitud desafiante ante todo lo que le parecía burgués, tanto la moral pequeñoburguesa como los valores establecidos. Entonces tenía una relación difícil con su familia. Ellos eran varios hermanos, y una de las hembras lo visitaba cada domingo, porque su marido compartía las aficiones alcohólicas.

«Otras dos hermanas, que vivían juntas y solitarias, se hicieron cargo de la hija de Carlos con su primera esposa, la escritora y pintora estadounidense Alice Neel. Isabel se llamaba, y era mayor que yo. Era muy linda y él le hizo un bello retrato. La conocí realmente poco, porque las tías fueron quienes la educaron y ella tenía escasa relación con él.

«Algunas veces, cuando Carlos venía a la ciudad a comprar pinturas y resolver sus asuntos, se llegaba a mi casa en Peña Pobre. Recuerdo que no más entraba decía: “Bueno, aquí vengo de la casa de las putas de mis hermanas”. Se burlaba de ellas. Decía que Silvia se había divorciado por causas higiénicas; que cuando uno se levantaba del asiento venía corriendo a pasar un paño húmedo, y así con todo...

«De cualquier forma, a su manera estaba más o menos al tanto de lo que le sucedía a su hija. Ella se hizo novia de Ulises, un hijo de Sergio Carbó, el periodista director de Prensa Libre. Casi en vísperas del matrimonio, la dejó para casarse con una muchacha de dinero. Él mismo nos contó la historia; era su única hija. Aquello fue un verdadero drama y después de eso Isabel se marchó a Estados Unidos. No supe más de ella hasta el año 2000 cuando, con motivo del centenario de Carlos Enríquez, me encontré con un cubano-americano que me contó de su suicidio».

—¿Cómo era el Carlos de su juventud?

—Te contaré dos anécdotas. Él tenía una mezcla de machismo y caballerosidad española. Cuando estudiaba en la universidad, una vez un par de amigas y yo debíamos regalarle a cierta persona con mucho dinero, para la cual se nos hacía difícil escoger un presente. A mí se me ocurrió pedirle una acuarela a Carlos Enríquez, considerándola un buen obsequio. Así, María Elena Jubrías (hoy profesora Emérita de la Universidad de La Habana), otra joven que ya murió y yo, nos dirigimos al Hurón Azul.

«Mi padre se preocupó mucho al enterarse de nuestro propósito, alegando que éramos tres muchachas jóvenes, y como Carlos abusaba del alcohol no sabía cómo se iba a comportar. Llamó enseguida a su amigo “Guerrita” para que fuera y controlara la situación.

«Carlos nos hizo escoger entre varias acuarelas de caballos que tenía terminadas. Decidió ser un caballero con todas las de la ley; extremó la cortesía, y mis amigas quedaron un tanto defraudadas, pues no se toparon con aquel fiero animal que se imaginaban.

«Más tarde, en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, programaron una exposición de Carlos Enríquez y me pidieron que la inaugurara. Yo no sabía qué pensaría o cómo reaccionaría; si haría algún desplante, porque me seguía viendo como una niña. Pero no, me trató como una persona adulta y respetable. Todo transcurrió de maravilla».

—¿Podría intentar describirlo?

—Tenía un bigotico, los ojos un poquito saltones y su pelo negro. Era de talla mediana; siempre se mantuvo delgado y después de todos los problemas que tuvo con los pies, se le rebajó un poco la estatura.

—¿Qué problemas?

—Se fue alcoholizando progresivamente. Al parecer se emborrachaba solo, se caía y se quedaba rendido con el sopor de la bebida. Empezó a padecer dolores de cabeza muy fuertes. Carlos Ramírez-Corría, cuñado del pintor Domingo Ravenet y eminente neurocirujano, lo ingresó en el Hospital Calixto García para intentar descubrir las causas de sus dolencias.

«Resultó que esas caídas sucesivas le produjeron fuertes traumas en la cabeza y múltiples fracturas en los pies, que se le iban resolviendo espontáneamente. Tuvieron que refracturarle todos aquellos huesos que estaban mal consolidados para que soldaran bien.

«Estuvo largo tiempo internado en un sitio verdaderamente espantoso, que fue lo mejor que pudieron conseguirle. En su misma sala había enfermos mentales, miseria y seres en harapos que daban muy mala noche. Cuando yo iba a verlo me confesaba que no podía descansar ni de día ni de noche. De algún modo esa tragedia está reflejada en su novela La vuelta de Chencho, con algunos componentes fantásticos. En parte describe la atmósfera del hospital».

—¿Luego qué sucedió con él?

—Carlos había cobrado años antes la herencia de sus padres y con eso compró el Hurón Azul y vivió mientras le alcanzó el dinero. Cuando le dieron el alta volvió a la soledad de su casa. Esto fue en los 50. Tenía que usar bastón, pues caminaba con dificultad, y como se le había agotado todo su dinero, tampoco podía dar las fiestas de antaño.

—¿Nunca comercializó sus obras?

—En esa época no había mercado. Vendería algo de vez en cuando, pero lo recaudado no le daba para vivir.

—¿Cuándo supo de su fallecimiento?

—Hacía algún tiempo que no lo veíamos. Las circunstancias de su muerte fueron dramáticas. Ese día (2 de mayo de 1957) él debía inaugurar una exposición en la galería de la Editorial Lex, en La Habana. Amaneció muerto, tendido en el portal del Hurón, con su perro Calibán echado junto a él. Estaba ebrio y al parecer sufrió un trastorno cardíaco. En el entierro solo nos encontrábamos los amigos más cercanos.

—Si tuviera que definirlo...

—Pienso que fue un rebelde en todos los planos de la vida y... al mismo tiempo fue una persona muy tierna, que trataba de protegerse, de hacerse una coraza. Sin embargo, esta no lo hizo invulnerable.

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