Crónica de una muerte incierta - Cuba

Crónica de una muerte incierta

Hace 30 años, dos monteros de la central provincia cubana de Sancti Spiritus permanecieron dos noches y casi dos días con sus bestias en el fondo de un pozo

Autor:

Juventud Rebelde

Monteros del pozo. El más joven es Armando Acosta Camellón, y el más  viejo, Irelo Leiva Monzón Sancti Spíritus.— El día en que iban a morir, Irelio Leiva y Armando Acosta se levantaron a las cinco y treinta de la mañana para coger la carreta que los llevaría hasta El Purial. Nadie sabía que los esperaba otra vida. Ningún presagio anunciaba la fatalidad de tantas casualidades encadenadas para hacer posible el absurdo. Muchos jamás les creyeron y 30 años después todavía dudan de su renacimiento. 

Llegamos a este pueblo olvidado tratando de recomponer con astillas dispersas el espejo roto de la memoria de aquel 7 de enero de 1978. Hoy en Venegas, apenas un caserío extraviado en la geografía del norte espirituano, ya nadie habla del milagro. Dando tumbos atravesamos calles desvencijadas, casas discretas y jardines espléndidos hasta tropezar con los recuerdos.

Sábado de caída

Aquel día Irelio Leiva y Armando Acosta intentaron deshacer los estragos naturales de la parranda que se había prolongado después de la medianoche. El café amortigua, pero no cura el regusto de los tragos. Eran vecinos de toda la vida y a pesar de las distancias de edad —uno con 25 y el otro apenas en los 17— vivían bajo la afición a los caballos: Irelio como veterinario en la Pecuaria V Congreso, y el muchacho, que se le pegaba de ayudante.

Desde el viernes trabajaban en El Purial, comprando ganado en la finca de Wilfredo Rodríguez, y ese sábado querían regresar temprano porque en Pueblo Nuevo tocaba el combo de Víctor Parrado, el responsable de tanta fiesta memorable por toda la comarca con sus danzones de lujo al compás de un acordeón, fabricado antes, incluso, de María Castaña.

Todo el mundo los vio cuando se bajaron de la carreta para aplacar los reclamos del estómago en el bar de Iguará, otra población olvidada entre las nostalgias de sus trenes ausentes. A esa hora apenas consiguieron un pan con mantequilla que los sostendría durante las casi 48 horas que duró su infortunio.

A mediodía ya habían terminado con el ganado, pero no quisieron esperar la carreta por las urgencias de la fiesta. Entonces atravesaron por derecho, todavía sin almorzar, buscando salir a San José, por atajos desconocidos. Casi al llegar a la carretera se les cruzó en el camino, como una salación, la añoja que se les había escapado el día antes. Sin pensarlo sacaron el lazo y entraron tras ella al campo de millo, donde se abría fatal el pozo de la desgracia, cubierto por bejucos. Apenas pasaba del mediodía.

«Yo venía delante y caí primero —relataría Irelio—; mi yegua bajó de nalgas conmigo arriba, luego cayó al lado la bestia de Mandy, y él entre los dos animales. No nos hicimos ni un rasguño y eso nadie lo cree».

El pozo criollo —a ras de suelo, con más de dos metros de ancho y unos 11 de profundidad—, tenía un poco de agua y las paredes de arcilla amarillenta. Hasta unos tres metros de la superficie tranca con un cerco de piedra. Dicen que lo abrió muchos años antes el Mago Rodríguez, dueño entonces de aquellas tierras.

Con el choque violento el agua los empapó, la fuma se hizo inservible y los 12 pesos que traían se ahogaron en el naufragio. Les bastó una ojeada para comprender. Enseguida empezaron a exprimir la ropa y a orear las botas rusas que con las horas arrasarían sus pies. Nadie sabía el tiempo que duraría esta pesadilla, pero ellos jamás pensaron en la muerte. Esa fue su salvación.

Domingo de infierno

Caridad Camellón se levantó temprano. No había dormido bien. Su hijo Armando faltó toda la noche y la zozobra empezaba a rondarla. Para apagar la inquietud encendió Radio Reloj: «Reciben trabajadores de Siguaney carta de felicitación de Fidel. Tropas de Kampuchea siguen violando el territorio vietnamita. Los titulares continuarán en el próximo minuto». Apenas las seis y treinta y uno de la mañana.

En el pozo, solo la modorra del silencio. Ya les dolía la voz de pedir auxilio y nada. A las profundidades llegaban claritos los sonidos del amanecer: los carros por la carretera cercana, pasos de las bestias sobre el asfalto y el alboroto de los perros en la casa de Orestes Companioni, a unos 300 metros de allí, donde a esa hora llamaban a las gallinas para echarles maíz.

Nadie los escuchaba. Posiblemente sus gritos se confundían con la algazara de una escuela al campo cercana. Dicen que Orestes Companioni oyó algo en la madrugada, pero no salió porque le restó importancia o pensó en asuntos más escabrosos. Cuentan que los ya difuntos Lauriano Hernández y Macho Cabrera, vecinos de esa zona, también sintieron las voces y se quedaron sin comprenderlas.

Todo el tiempo seguían sobre sus monturas, con los pies en alto para no mojarse. El agua daba a la altura de los bastos. Para estar en invierno no hizo tanto frío, pero la humedad los hacía tiritar. Ya estaban cansados de tirar los lazos, hasta con las espuelas amarradas y no se enganchaban arriba. Mandy se había subido a los hombros de su compañero. Y nada.

Aguante. Espera. Apenas un trillo intranscendente pasaba cerca. Otro día que pasa. El estómago refunfuña. Intentan dormir recostados y solo consiguen algún pestañazo. Estropeo. Las bestias comienzan a impacientarse, muerden las paredes y hasta buscan un bocado en la bota de sus dueños. Otra noche que llega.

«Nosotros no nacimos aquí, ya saldremos», intentó Armando otro consuelo para Irelio, quien por madurez comenzaba a asustarse en serio. Con el agua encharcada y pestilente no daba gusto ni enjuagarse la boca. Entonces empezaron a cantar los gallos en la segunda madrugada bajo tierra y ellos se miraron con el aire pasmado de los amanecidos.

Lunes de resurrección

Caridad Camellón se despertó el lunes del otro lado del miedo. Los hombres del pueblo se acostaron tarde comentando la nueva victoria del ya campeón olímpico Teófilo Stevenson y alguien disertó sobre la película checoslovaca de esa noche en el televisor: Las estrellas caen hacia arriba. Instintivamente miró al cielo pensando en su hijo, que llevaba dos noches y dos días fuera de casa.

Algunos intentaron detenerla con el consuelo de que los muchachos se habían ido de parranda o dormían bajo el calor de sábanas prohibidas. Con las urgencias de una madre en ascuas tocó a la puerta de Pedrito Arteaga, un amigo de monterías que tampoco entendía la demora. Por sus apremios, él salió a caballo preguntando, hasta que llegó a Meneses, para ver si los tenían presos.

Pero a esa hora ellos habían vuelto a nacer. Como a las siete de la mañana escucharon a un hombre cantando aquel estribillo memorable del grupo Mocedades: Échame a mí la culpa de lo que pase, cúbrete tú la espalda con mi dolor y allá en el otro mundo... Y como del otro mundo empezó a escuchar aquellas voces.

A Severino Álvarez, al que muchos conocían por El Zorro, se le fue la carreta e iba cortando camino para llegar temprano al cañaveral. Primero se puso un poco nervioso con el misterio de aquel reclamo, pero al menos tuvo el valor de acercarse y preguntar. Luego les tiró un pedazo de pan tostado, que al principio las mandíbulas pasmadas no pudieron domesticar. Probó a sacarlos solo y no pudo. Por prudencia, ellos le recomendaron ir por ayuda.

«Busca gente, nosotros estábamos apurados, pero ya nos encontraste y ahora podemos esperar», le gritó Irelio. Luego los nervios le destrozaron ese aparente sentido común en los 40 minutos de la espera.

La comarca entera vino a ver el suceso. Llegaban a pie o a caballo. Los de más lejos, en tractor y hasta en camiones. Marina Morejón, que vivía cerquita, no se amarró ni los zapatos y le dio una voz a su vecina Erundina Borrego para que la acompañara, pero esta sintió el pavor de la muerte y se negó a asistir al desentierro.

Los sacaron los trabajadores de la empresa Valle del Caonao. Amarrados por la cintura y apoyando los pies en las paredes subieron en cuestión de minutos. Los revisaron en busca de algún golpe y ni un rasguño para atajar el asombro. Tomaron café con leche en casa de los Companioni y otra merienda en la escuela cercana, pero se negaron a marcharse sin sus bestias.

Pasado el mediodía fue que llegó la grúa Kato del Curro de Perea, y como para completar el misterio al sacar la yegua esta se volvió a caer para salir otra vez ilesa.

Recorrieron sobre sus bestias temblorosas los 12 kilómetros de distancia. En el pueblo, los más allegados lloraban y otros aprovechaban para brindar. Se bañaron como Dios manda, pero no pudieron descansar hasta la medianoche, cuando alguien con juicio mandó a parar el laberinto de unos cumplidos que no acababan nunca. A su salvador, que se marchó en la confusión, lo conocieron luego con algunos rones y un chilindrón de chivo.

El tiempo no congeló estos días irreparables en los baúles del olvido. Irelio Leiva y Armando Acosta conservan intacta la memoria sin las fantasías de los aparecidos. Ellos jamás quisieron regresar al lugar que se los tragó vivos, al pozo que sigue allí, oyendo el cuento entre los matorrales, apenas solapado por unos raíles de línea y bajo el mal augurio de dos auras pelonas que lo sobrevuelan día y noche.

Nota:

Hoy Irelio Leiva vive en Bamburanao y trabaja en la cooperativa Camilo Cienfuegos. Armando Acosta se mudó para Dalia, donde se mantiene en la empresa pecuaria de entonces.

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