Frank País: ideas que son semillas

A 75 años de su nacimiento, el ejemplo de coraje y virtud y la profundidad del pensamiento de Frank País, ofrece espadas de magnífico filo

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

SANTIAGO DE CUBA.— Vivió cada minuto de su corta existencia desde la acción y el riesgo, pero su afán de conocimiento, interés por estudiar, su amor por la obra martiana y el contacto con las corrientes filosóficas de su tiempo, le permitieron desarrollar tempranamente su pensamiento.

La intrepidez, profundidad y dialéctica evolución de las ideas del mayor de los País García asombraba tanto como su sensibilidad humana, sus elevados valores éticos y estéticos, sus dotes de organizador, su valentía y brillantes cualidades de jefe militar.

Los conceptos de Frank sobre la justicia, la libertad, la vida y la política, reflejos de una anticipada madurez ideológica, no solo le permitieron fundamentar su accionar fecundo en el camino por reivindicar el honor de su nación, sino que legaron para la posteridad un valioso, modélico y abarcador arsenal conceptual, que parece pensado para hoy, al calor de los retos y transformaciones del proyecto social por el que ofrendó su magnífica vida.

Al decir de su amigo y compañero de luchas Armando Hart, la muerte de Frank lo sembró en el corazón de Cuba, pero su vida lo hubiera hecho más grande.

Líder, dirigente

«Hay que ayudar a ese muchacho, que tiene una ideas tremendas», fue el comentario que hizo a su esposa el hoy veterano combatiente de la clandestinidad Luis Felipe Rosell, cuando conoció a Frank País.

A pesar de la diferencia de edad, de más de cinco años, que existía entre ambos, el también integrante del grupo de dirección de las acciones del 30 de noviembre, ha dicho más de una vez que todos quedaron sorprendidos ante la forma de dirigir, de tomar decisiones, de hacerse sentir como dirigente, del líder de la clandestinidad.

«Frank se fue convirtiendo poco a poco en el líder que todos queríamos y respetábamos. Jamás en la vida nos dijo “Yo soy el jefe”. Se fue imponiendo de una manera espontánea mediante sus hechos.

«Tenía un carácter sereno, sangre fría y, aun siendo el jefe del movimiento en el llano, era capaz de ir tres veces a Guantánamo y regresar con una máquina llena de armas, era un ejemplo para quienes estábamos subordinados a él».

La solidez de sus principios, sus hondas convicciones revolucionarias, sus conceptos de organización, autodisciplina y exigencia justa, su clara conciencia de las responsabilidades que conlleva dirigir —escribió su cercana compañera de luchas Vilma Espín—, nos hacen pensar cuán magnífico cuadro tendría en él la Revolución hoy, de haber vivido.

Para encabezar un grupo dispuesto a llevar hasta la victoria una causa como la revolucionaria, demostró con hechos, el hombre más temido y odiado por la tiranía batistiana en las calles cubanas, que es imprescindible tener altos referentes morales, conciencia del deber, temple de carácter, hábito de estudiar y meditar cada día para actuar mejor.

La diafanidad de los planteamientos de Frank sobre los objetivos de la lucha y la firmeza con que actuaba y exigía disciplina —han relatado sus compañeros—, ganaba de inmediato la confianza y admiración de los luchadores y personas honestas y el respeto temeroso de quienes no actuaban limpiamente.

Contó Vilma que, decidido como estaba a salvar la afrenta que significó para Cuba el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, Frank tuvo fe infinita en la victoria y una extraordinaria capacidad para crecerse ante las dificultades y duras pruebas que debió enfrentar en su breve quehacer revolucionario.

Las acciones de más riesgo para conseguir armas y parque, como el asalto al polvorín, al Club de Cazadores y otras, las dirigía personalmente.

Era capaz e íntegro. Con marcada habilidad política logró atraer hacia el Movimiento a diferentes grupos y sectores de la sociedad opuestos al régimen. Día a día se desarrollaba su sabiduría política y definía las diferencias entre estos grupos, consciente del papel que debían desempeñar los obreros, los trabajadores humildes, fuerza en la que reconocía el principal motor de la Revolución.

El 18 de mayo de 1957, al ser absuelto en el juicio por los sucesos del 30 de noviembre, Frank dirigió una circular a sus compañeros del Movimiento 26 de Julio en la que recalcaba:

«… ocurre que nos olvidamos de la importancia de los obreros, sin analizar que estos son los que, bien administrados, organizados y dirigidos, derrocarán al régimen. Parece mentira lo liviano y superfluo de nuestra actuación en este sector…».

Sus esfuerzos para materializar la concepción de que el trabajo clandestino no podía circunscribirse únicamente a un grupo de hombres audaces y capaces de sacrificios supremos, sino que debía vincularse y apoyarse en las masas, especialmente los trabajadores, se vieron coronados con la participación de los obreros en acciones revolucionarias como la huelga general que selló el triunfo del 1ro. de enero de 1959 e hizo realidad sus anhelos libertarios.

Semilla de ideales

Nacido en Santiago de Cuba el 7 de diciembre de 1934, en el humilde hogar del reverendo Francisco País y Rosario García, Frank País tuvo que abrirse a la vida entre los rigores de la supervivencia.

Cinco años tenía cuando falleció su padre. Desde entonces, entre la austeridad de recursos económicos y la responsabilidad de sostener la familia y ayudar a la madre en la formación de sus dos hermanos, desarrolló cualidades y virtudes especiales que marcarían su manera de ver la vida.

Creció entre el cariño, la exigencia y sensibilidad, y bajo los sólidos principios de disciplina, amor al estudio y al trabajo de una esmerada educación. Cuentan que Doña Rosario acostumbraba a afirmar solemnemente: «¡En esta casa hay orden!».

Así fue forjándose su sentido de la responsabilidad, su apego a los detalles más esenciales, el respeto a la familia, a la mujer, a la belleza de la naturaleza y las artes.

Con ternura contaba Vilma del encargo que le hiciera el héroe de comprar una orquídea para Doña Rosario en el Día de las Madres, delicada muestra de la admiración que sentía por su mamá, que aunque era una mujer fuerte de carácter, había tenido una existencia dura.

Encomiaba la Heroína de la Sierra y el llano la alta concepción que tenía el primogénito de la familia País García sobre el papel de la mujer y su participación en la lucha por cambiar los destinos de su tierra.

Sus ideas al respecto, escribió años más tarde Vilma, nos posibilitó que pudiéramos trabajar exactamente igual que los hombres en el Movimiento. Aunque tendía a protegerlas del peligro, no hacía diferencias en cuanto a las tareas que debían realizar, a menos que fueran muy duras físicamente.

En el barrio de Los Hoyos, del roce con sus vecinos —gente franca y sincera, imbuida de una conciencia patriótica— empezó a germinar ese patriotismo excelso, puro y sincero del joven, que se estremeció en aquel amanecer de tiroteo y ametralladoras del 26 de julio de 1953 y después trabó contacto con las ideas de La Historia me absolverá.

«Estábamos fascinados, se hablaba un lenguaje nuevo en el que se clarificaba un programa alrededor del cual podíamos todos aglutinarnos y era un programa avanzado y atractivo (…) Nos identificábamos completamente con él y sus objetivos», relataría Vilma luego.

Sin dudas, en aquellas tardes de su hogar modesto pero cálido, en las que Doña Rosario interpretaba al piano marchas e himnos, y en su temprano descubrimiento del legado martiano estaba también la semilla del hombre espiritual y sencillo que cantaba, tocaba el piano, gustaba de pintar y expresaba sus más hondos sentimientos en versos.

«Que solo me dejas/rumiando mis penas sordas/llorando tu eterna ausencia». Solo después de permanecer largo rato en silencio y de impartir las indicaciones pertinentes, Frank dio riendas sueltas al dolor por la muerte del más pequeño de sus hermanos: Josué. Y plasmó su dolor en versos.

Historia y magisterio

Maestro de profunda raíz martiana y ricos recursos pedagógicos, dejó también en sus alumnos una huella inolvidable. «No hay nada para mí como preparar un curso de Historia de Cuba y luego irlo a explicar hasta entusiasmar a mis alumnos de cuarto grado…». Así, transformado por la emoción hablaba el maestro Frank a su compañero de luchas Armando Hart Dávalos.

Graduado de la escuela Normal para Maestros de Oriente, impartió clases en la escuela El Salvador. Un día tuvo que dejar de dar lecciones de Historia, pues había llegado la hora de hacerla. «Porque Cuba me necesita», respondió al director del colegio que inquiría sobre su actitud.

Un año después, lleno de dolor, en carta privada tras el asesinato de Josué, también escribió: «Tenemos que llegar para hacer justicia».

Para ayudarnos a hacer la historia nueva, como su mejor clase, nos dejó sus ideas, profundas e intrépidas, a la altura de cualquier tiempo.

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