Historias de una profesora ambulatoria cubana

Con una perenne sonrisa y muchas ganas de enseñar, la holguinera Odalis Peláez Campaña acude lo mismo a la sala de una casa, que a la de un hospital, para encontrarse con sus alumnos

Autor:

Héctor Carballo Hechavarría

HOLGUÍN.— Sumergirse en la vida de la educadora holguinera Odalis Peláez Campaña es como leerse un poema de amor. Sus vivencias podrían servir de argumento a una serie televisiva, o tal vez ser el destello inspirador de una melodía.

«Gracias “profe” Odalis, por habernos enseñado tanto…», podría deslizarse la letra, y entre quienes la entonen con mayor gozo habrían de contarse, en larga fila, los alumnos que durante casi 50 años han aprendido a leer, a escribir y a pensar frente a su pizarra.

«Me incorporé a la Campaña de Alfabetización en el año 1961, con solo 12 años de edad. Recuerdo que papá era quien más se deleitaba con aquello. Él, Ignacio Peláez, era un gran autodidacta. Le encantaban las décimas y la música. Llegó a ser reconocido en Holguín, gracias a la radio, como el “Guajiro repentista”», evoca la sexagenaria profesora.

«Me inicié en el magisterio casi como un juego. Comencé por mis propios amigos del barrio: Julio César y Bernardo, quienes, aquí mismo en Holguín, no habían conocido nunca lo que era un aula.

«He trabajado en casi todas las escuelas secundarias del municipio y en varios preuniversitarios, incluyendo al IPVC José Martí. Entre mis alumnos, me tropiezo en la calle con abogados, médicos, guagüeros… Algunos me recuerdan, otros no. Pero no es eso lo más importante. Lo que me place es haberles enseñado algo», afirma.

Como otros colegas suyos en el país, es una profesora ambulatoria de la enseñanza preuniversitaria. Con su sempiterna sonrisa y unas ganas de enseñar que parecen salidas de alguna mágica energía, esta abuela se llega lo mismo hasta la sala de una casa, que a la de un hospital, para encontrarse con sus alumnos.

Las historias de Yailén Cid, Manuel Losada, Gabriel Escutoris y Armando Feria, sus actuales discípulos, podrían ser similares a las de otros adolescentes, quienes, de repente se vieron imposibilitados de seguir asistiendo normalmente a las aulas.

En general padecen algún impedimento físico o motor severo. Una resolución del Ministerio de Educación, de mutuo compromiso con las asociaciones de discapacitados del país, les garantiza atención pedagógica, de forma individualizada.

La virtud, compartida por cada uno de ellos y sus familiares, está en no darse por vencidos ante las celadas de la vida, y la clase de Odalis es fragua de espíritus.

Licenciada en la Enseñanza Primaria y luego de la General, se decidió por trabajar en la educación especial por sugerencia de un compañero que visitó una de sus clases: «Tienes mucho amor para dar y ellos lo necesitan», la convenció.

Entonces se dedicó, primero, a la atención de menores con problemas de conducta. Luego, durante unos diez años, laboró en la escuela especial para sordos e hipoacúsicos Le Thi Ring, de la ciudad de Holguín.

«Siempre me atrajeron más los alumnos adolescentes, por sus características. Son más exigentes y hay que llegar al aula, siempre, con algo nuevo, que les sacuda el pensamiento, los ánimos.

«Sin embargo, al principio no me sentía cómoda. Por más que me sobreponía, me afectaban las situaciones de mis alumnos. Un día tuve que afrontar el fallecimiento de uno de ellos. Padecía de una enfermedad muy grave. Carlitos me dejó gratos recuerdos y una gran enseñanza.

«Nuestra misión es darles las clases donde mejor se sientan. En este caso escogimos la casa de Manolito, quien es todo un apasionado de la música. Es la más cercana para todos.

«¿Métodos? Corazón, paciencia y ternura. En mi clase no se habla ni de enfermedades ni de pesimismos. Al contrario, hay tantas cualidades positivas, tanto talento y deseos de aprender, que solo cabe el estímulo, para volar hasta donde se quiera».

Es esta una labor en la cual se vinculan en equipo desde el Centro de Diagnóstico y Orientación (CDO), perteneciente a Educación, hasta médicos, familiares e integrantes de las organizaciones de masas en la comunidad.

Pero no todo ha sido color de rosa. Hace solo unos años Odalis tuvo que ingeniárselas para manejar una lamentable situación con uno de sus estudiantes, cuyos familiares, inconscientemente, influían en contra de sus deseos de estudiar. «Y basta apenas una palabra, un gesto, para cortar alas», sentencia.

«Yo “casi” me jubilé dos veces», continúa diciendo ella, mientras sus alumnos aguzan los oídos. La primera fue cuando el accidente. Se bajó despistada de una guagua, frente a la vocacional, y un camión por poco la mata.

«Cuando me recuperé, la comisión encargada me sugirió que yo no podría volver a enfrentarme a un aula. Les dije: búsquenme al tribunal que me lo demuestre».

Lo cierto es que, cuando el día de defender su postura llegó, alguien sentenció: «Esta es la clase más linda que he visto». Aquel sería el mejor dictamen.

La otra ocasión fue cuando arribó a los 55 años de edad y se jubiló. «Pero cuando llevaba como tres meses sin trabajar creí que me volvía loca. No se trataba de razones económicas. Sencillamente no podía resistir la casa, y me reincorporé», rememora entre risas.

Otras de sus anécdotas tocan los frecuentes viajes que realiza al IPUEC Pedro Véliz, en los campos de San Andrés, adonde pertenecen sus alumnos. Entonces, dice, se convierte en una «botellera» cuando de llevar los registros, recibir orientaciones o materiales de estudio se trata.

«¿Sueños? Volver a tener 20 años, para entregarme nuevamente a mis alumnos», respondió acicalada y bella la «profe» Odalis.

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