Sultanas entre aerosoles

El virus de la Influenza A (H1N1): la experiencia desde una reportera de Juventud Rebelde

Autor:

Marianela Martín González

Hay nombres que parecen inocuas fórmulas químicas, hasta que nos amenazan. Entonces se parecen al azufre de los versículos apocalípticos.

Una de esas palabras es el A (H1N1), la pandemia que ha sacudido a personas de todos los estratos sociales y de casi todas las naciones del mundo. Esa rara combinación con olor a infierno ronda también por esta Isla.

Hace poco la pisada fuerte de esas letras y números me asustó. Creí que se trataba de una alevosa gripe contraída en algún recodo donde suelo recalar como reportera.

Me noquearon las fiebres, los dolores articulares y la falta de aire. Durante unas horas me automediqué el colchón y la almohada, y hasta algún que otro cocimiento —todo lo contrario a lo que debía hacer—, pero por ventura el mismo día que aparecieron los síntomas me rescató de la casa el hombre que, sin jamás extraviar «la suprema», nos exige diariamente trabajar duro y profundo.

Aquella noche, el amigo y jefe me ayudó a trasegar radiografías y análisis del laboratorio a la consulta de urgencia del Hospital Nacional. Junto a mí, como el hermano que ese día no pude tener cerca, escuchó el dictamen médico que me declaró sospechosa de portar la pandemia. Se apartó de mí solo cuando me monté en la ambulancia que debía conducirme a buen puerto, con mis achaques y temores.

A las tres de la madrugada, una mujer que solo se volvía mirada maternal me recibió en el Hostal de Tulipán, como si fuera pleno día. Mientras me preparaba un aerosol cantaba una canción que jamás identifiqué, pero me pareció la más hermosa del mundo.

Debajo del nasobuco salía una cadencia entrecortada, y que casi estoy segura la improvisó para sacarme del susto aquella madrugada. Al día siguiente supe que la llamaban Charito, al igual que a la otra seño que alternaba con ella las jornadas laborales.

Las Charito acumulan más de cuatro lustros como enfermeras. Han trabajado en campañas tan riesgosas e intensas como la batalla contra el dengue y han asistido a pacientes que han viajado desde otros países a operarse a Cuba, gracias a los convenios del ALBA.

Por aquellos días los medios internacionales reiteraban en las noticias sobre el efecto Dubai, el cual dejó varados a muchos acreedores por la burbuja inmobiliaria del país árabe. Clara, mi compañera de cuarto, perseguía los musicales, sin que aquello le importara mucho. «Cambiemos el canal, que eso no es para nosotros», decía. Estaba segura que aquello no llegaría a la habitación que compartíamos. Durante casi una semana fuimos sultanas de un reino de pastillas, aerosoles y termómetros, sin que nada nos faltara. Nuestro séquito eran personas muy profesionales, entre ellas la doctora Victoria Oliva, quien nos controlaba los signos vitales como si fueran los suyos.

Con la buena nueva de que ni Clara ni yo padecíamos la pandemia estoy de vuelta a la cuartilla, para también ponderar el valor curativo de los amigos que me siguieron con sus cartas, llamadas y acompañaron a mi hijo en estos días enigmáticos.

A veces rememoro la canción de Charito, los ojos de Viky, las carcajadas de la otra Charo y la dulzura de Melba. Aunque conversábamos con los rostros casi cubiertos, de alguna manera todas «se quedaron» en sus pacientes, para inmunizarnos contra la amnesia de los desagradecidos.

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