Santa Clara le tendió la mano al guerrillero

Luego del susto inicial, la población apoyó a las tropas del Ejército Rebelde, que bajo el mando del Comandante Ernesto Che Guevara liberaron a la ciudad Santa Clara en diciembre de 1958

Autores:

Nelson García Santos
Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

SANTA CLARA, Villa Clara.— En las historias de las memorables batallas, como la acontecida para liberar a esta ciudad, suelen evocarse más el heroísmo de los combatientes, el gesto audaz y corajudo, que el drama vivido por la población. La de acá, en diciembre de 1958 pasó del susto por el fuego y la metralla, a tenderle la mano al guerrillero.

Antes la urbe se había sumido en una tensa calma. Las noticias llegaban de boca en boca sobre la cercanía del Ejército Rebelde. La victoria en Placetas reveló que era inminente el asalto a Santa Clara. Entonces la gente se refugió en sus casas. Y poco tiempo después la soldadesca batistiana huyó a sus madrigueras. La atmósfera era de intranquilidad, nerviosismo y de profecías guerreras.

Los disparos en el frío amanecer del domingo 28 de diciembre de 1958, desde la carretera a Camajuaní, anunciaron el comienzo de la Batalla de Santa Clara. En pocas horas desapareció el temor de la población y muchísimas personas ayudaron a los rebeldes: les brindaron comida, medicinas, recogieron botellas a fin de preparar cócteles molotov; construyeron barricadas y muchos también se unieron a la lucha armada.

De lo que ocurrió en las calles dan fe los combatientes, personas que vivían cerca de los escenarios donde se combatió, y en especial los integrantes de la Cruz Roja, sanitarios y camilleros que arriesgaron sus vidas para proteger a la población civil de los desmanes de la tiranía y socorrer a los heridos.

En edificios públicos, en las fachadas de casas, en sus interiores, en libros perforados por balas, permanecen huellas de la gesta, mientras que en la memoria numerosa se fijaron para siempre recuerdos dramáticos que tejieron la gloria y cambiaron la historia.

La buena mujer

La tragedia sobrevino, de súbito, en la cocina de la casa de Guillermina LLorens, cerca de la Estación de la Policía Motorizada, donde se combatía. Atenta y complaciente convenció a un grupo de rebeldes para que tomaran un poco de café. Estos aceptaron. En los trajines de la coladera andaba la buena mujer cuando fue alcanzada por una bala. De inmediato acuden a prestarle asistencia y comprueban con tristeza que estaba herida de muerte.

Un combatiente a quien ella había regalado una medallita religiosa, junto a otros, fabrica un ataúd para sepultarla. La idea era llevarla para el municipio villaclareño de Encrucijada, pero hubo que desistir de esta idea debido a que arreciaban los combates. Finalmente la sepultaron en el patio de la casa de Gustavo Rivalta Vizcaíno, médico pediatra de la ciudad.

Vivo por un tilín

Manuel De Feria confiesa hoy que está vivo de casualidad. «Aquel avión B-26 no me mató de milagro. Las balas me picaron muy cerquita. Nosotros recogíamos botellas que luego los rebeldes venían a buscar para fabricar cócteles molotov».

—¿Qué ocurrió?

—Vivíamos en la carretera de Camajuaní, en el kilómetro cinco y medio, una zona con pocas viviendas en aquella época. Recuerdo que al pasar los guerrilleros rumbo a la ciudad los vecinos los saludaban, mientras algunos jóvenes, más audaces, nos acercamos para darles la mano.

«Ellos respondían el saludo, aunque nos instaban a alejarnos; conocían el peligro a que nos exponíamos si aprecian los soldados o los aviones. Cuando aparecieron estos últimos la estampida de nosotros fue grande».

—¿Ahí casi te matan?

—No. Al llegar a mi casa me enteré que mi hermano menor se había ido para una finca próxima a nuestro domicilio, al otro lado de la carretera. Salí a buscarlo.

«En el instante en que voy llegando a la carretera veo un avión que venía ametrallando la vía. Corrí hasta un muro de piedra que había cerca y me tiré detrás de este. Las balas me picaron en los pies. Y la gente que estaba en los alrededores gritó: ¡Lo mataron! Al alejarse el avión levanté las manos para que vieran que estaba bien. ¡Qué susto!, estoy vivo de casualidad.

Perforado el pentagrama

«Este libro ha estado guardado como una reliquia desde hace 50 años. La bala que lo atravesó pudo matar a alguien de la familia», afirma Omar Vilches de León, quien muestra con orgullo el ejemplar titulado La mejor música del mundo.

Su casa estaba en el Callejón del Carmen, situada diagonalmente a poco más de cien metros de la Estación de Policía.

Allí vivía su padre, Fausto Vilches, bien conocido por los medios represivos del régimen batistiano por su militancia revolucionaria.

¡Terrible!

La octogenaria María Esperanza del Sol Martínez no rebasa la impresión y el sobresalto que le dejaron para siempre aquellos días. Ella vive aún en la calle Conyedo, en un domicilio cercano a la antigua Estación de Policía, de esta ciudad.

«Fue terrible; jamás había vivido algo igual. Ni a las ventanas podíamos casi asomarnos, pues recuerdo que a uno de mis vecinos lo hirieron en un dedo en el momento en que abrió la puerta de su casa. Desde que se conoció la noticia de que los rebeldes ya estaban en las inmediaciones, una tanqueta comenzó a recorrer todas las zonas aledañas a la iglesia de El Carmen.

—¿Estaba sola en la casa?

—Días antes hice algunas compras para no tener que coger la calle durante todo el fin de año. No había agua ni electricidad. Aquí en la casa estábamos mis dos hermanas y tres de mis cuatro hijos. Teníamos mucho miedo; nos acuartelamos en la misma habitación.

—¿Ni a su propio patio salían?

—Mira, entrada la tarde y en medio de mi desesperación, se me ocurrió asomarme a la puerta de la cocina, porque sentí un ruido que me puso nerviosa. Salgo, echo la puerta pa’lante; pero cuando me paro en el extremo del portal y miro para arriba, veo unos pies colgando. Inicialmente pensé que eran guardias de la Policía.

«Imagínate cómo me habré puesto que enseguida entré y tiré la puerta temblando. Al momento, comenzaron a tocarme con insistencia hasta que por fin yo decidí abrirles».

—¿Quiénes eran?

—Unos 20 rebeldes; muchos de ellos andaban barbudos y con el pelo largo. Buscaban refugio para continuar avanzando por los patios interiores de estas casas hasta penetrar en la iglesia de El Carmen, al frente de la Estación de Policía, desde donde tenían planeado tomar posiciones para llegar a la Estación.

—¿Qué sucedió después?

—Al poco rato de estar aquí, rompieron una parte de la tapia que colindaba con una casa que era una especie de fonda, a la que venían a comer y a tomar con mucha frecuencia los guardias de la Policía. Trajeron a los cocineros de ese lugar para la cocina de mi casa, y planearon pasar para el domicilio del doctor Berenguer que estaba frente a la sacristía de la iglesia.

«Todo el tiempo nos trataron de una manera muy respetuosa. Con el propósito de protegernos, ellos mismos corrieron los escaparates y los bastidores de las camas para separar la parte de atrás de la casa del segundo cuarto, en el cual permanecimos nosotros».

A pesar de esa actuación que distinguió al Ejército Rebelde a fin de proteger a la población, en la Batalla de Santa Clara murieron varios civiles. Hubo que sepultar cadáveres en patios y solares yermos, debido a que la vía de acceso al cementerio de la ciudad se encontraba dentro de la línea de fuego del regimiento Leoncio Vidal, del ejército batistiano.

Ecos de una batalla

A fines de diciembre de 1958, las condiciones estaban creadas para asaltar el principal baluarte de la dictadura en el centro de la Isla.

El Comandante Ernesto Che Guevara concibió la Toma de Santa Clara en estrecha coordinación con todas las fuerzas revolucionarias.

La Batalla comenzó el 28 de diciembre de 1958 y concluyó el día primero de enero con la rendición del Regimiento Leoncio Vidal.

El total de efectivos de las fuerzas de la dictadura, uno de los más importantes del país, ascendía a más de 3 000 soldados, diez tanques y 12 tanquetas T-17 y un efectivo apoyo de aviones modelos B-26, F-47, T-33 y Seafury, con base en el campamento militar de Columbia y en Camagüey.

La táctica del Che y sus hombres consistió en aprovechar todos los deslices de un ejército desmoralizado y corrupto que solo se interesó en aquel momento por masacrar a los más indefensos.

El descarrilamiento y toma del Tren Blindado fue la primera victoria dentro de aquella gran acción militar, en la que se obtuvieron numerosas armas para continuar el combate.

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