Dos amigos felices

En vestimenta deportiva, joviales, los vimos comentando el amplio espectro noticioso de los diarios Granma y Juventud Rebelde del martes 28 de junio, día del encuentro

Autor:

Gustavo Becerra

Los que vimos las imágenes transmitidas ayer sobre el encuentro de Fidel y Chávez, asistimos a una amena conversación propia de dos sinceros amigos, matizada por el humor, la reflexión profunda, anécdotas y recuerdos compartidos, que nuevamente nos dejó el sabor vivo de la historia.

Ahí estaban, en vestimenta deportiva, joviales, comentando el amplio espectro noticioso de los diarios Granma y Juventud Rebelde del martes 28 de junio, día del encuentro.

“Más de mil jóvenes guantanameros iniciarán estudios como obreros de la construcción”.

— ¿Cuántos? —pregunta Chávez admirado.

— Más de mil —ratifica Fidel, y más adelante lee: “Rechazan demanda contra torturadores de Abu Ghraib”.

— Mira, esto es lo que prometió el caballero que…

— Ah, el Premio Nobel… —puntualiza el líder bolivariano en referencia a Barack Obama, “el Nobel de la guerra”.

Se ríen, están acompañados de Rosita, Rosinés y Gabriela que escuchan atentas.

Chávez recuerda entonces el inolvidable viaje de ambos a Canaima, en el 2001, coincidiendo con los 75 años del Comandante en Jefe.

“Yo voy manejando un yipi militar y Fidel va al lado, y la seguridad pues atrás, ¿tú sabes?, es un pueblo indígena, puro bosque, selvas, la catarata, el lago, y el camino de tierra…”, rememora.

Comparten la complicidad de la intrépida aventura, cuando el venezolano le dice al cubano: “Fidel, tú y yo nunca hemos caminado por la selva, de verdad, caminemos…”. Y caminaron, desafiando las advertencias de la seguridad personal, por “un caminito de selva, con bejucos, árboles muy altos… y “Fidel al frente, en la vanguardia…” saltando la piedra verde, mohosa, demostrando que “no me resbalo”, por la que después pasaron todos los demás.

“Y después la catarata grande de El Sapo… Era pleno invierno, 15 de agosto…”, y Fidel, otra vez con sus incorregibles ansias de saber: “¿Qué velocidad tendrá el agua ahí al caer?”.

Chávez recuerda, orgulloso, de la geografía de su Patria que Fidel afirmó entonces: “Ese es el lugar más bello del mundo”.

El buen estado de ánimo es evidente. Le piden a una de las niñas que lea en voz alta en Granma un reporte sobre la clausura del Encuentro de solidaridad  con Cuba en Brasil. Rosinés lee visiblemente nerviosa, hasta que es interrumpida en el dinámico intercambio por su padre, que a propósito de escuchar sobre las luchas contra la dictadura brasileña, recuerda “como un rayo”:

— Hace 40 años yo estaba empezando a ser cadete…

— A qué edad te iniciaste —pregunta Fidel.

— Tengo 56, tenía 16 cuando ya estaba en esos días, terminando el quinto año, y haciendo los últimos arreglos para ir a la escuela militar…

Y luego cuenta que en aquel momento no le gustaba la escuela militar:

— Yo quería ser pelotero de Grandes Ligas…

Entró con esas aspiraciones pero de inmediato le gustó la escuela y entonces: “Llegué a lo mío: soldado”.

Allí conoce buenos maestros que lo iluminan, y “me topé con Bolívar”… y comenzó a gestarse el líder político.

El panorama nacional en Venezuela y el internacional marcan al joven cadete: “Aquí la Revolución Cubana, Fidel, Raúl y todos; el Che había muerto hacía poco, lo habían asesinado; y las dictaduras en Suramérica…”.

“Éramos tres o cuatro, pero ya identificados con Bolívar…”.

Chávez recuerda un hecho como marcando un hito: cuando “un grupito de cadetes, violando el reglamento, porque a las 9:00 había que estar durmiendo”, escucharon por Radio Habana Cuba un discurso de Fidel, aquel discurso que terminó diciendo: “Si cada trabajador —hablando del golpe en Chile y de la muerte de Allende—, si cada obrero hubiera tenido un fusil en sus manos el golpe fascista chileno no se da.”

“Y a nosotros eso nos estimuló mucho, oír a Fidel”, expresa el Presidente venezolano con voz firme profunda.

El diálogo continuaba cargado de esas anécdotas que concentran la realidad, de cuando Chávez se inauguró de paracaidista, sin ocultar que se “pegó” un susto muy grande, doble, porque era la primera vez que saltaba y también la primera que montaba en un avión, pero saltó “por Venezuela”.

Terminó de comandante de un batallón de paracaidistas, aunque no tenía carrera como tal, pero aceptó sin dudarlo un segundo, porque “hay que poner siempre por encima a la Revolución”, como dices tú, Fidel.

Y cuenta que “a los ocho o diez días yo estaba en la puerta del avión, y como era el comandante tenía que ser el primero”.

Y a los cadetes les daba clases en el aula, en el patio, jugaba pelota, corría, cantaba con ellos. Les explicaba la historia de Bolívar.

Quedaron conversando y compartiendo recuerdos de cuando Fidel estuvo en aquel nombramiento de Chávez el 2 de febrero de 1989, en el cual también se encontraba Daniel; de la Revolución sandinista y del sabotaje económico, la guerra armada que le impuso el imperio, sin la cual hubiera continuado exitosa.

Así terminaron las imágenes, pero evidentemente el diálogo con dimensiones de historia continúa entre Fidel y Chávez.

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