El «pararrayos» de San Manuel - Cuba

El «pararrayos» de San Manuel

En un poblado tunero de Puerto Padre, un humilde campesino ha sido impactado seis veces por rayos… y continúa ahí, vivito y coleando

Autor:

Juan Morales Agüero

PUERTO PADRE, Las Tunas.— La mala fortuna que hostigó toda la vida al comandante inglés James Summerford es como para persignarse. En febrero de 1918, en plena Primera Guerra Mundial, peleaba él junto a sus hombres en Flandes cuando, de súbito, un rayo lo derribó de su cabalgadura. Se salvó en tablitas. Pero sus piernas no volvieron jamás a ser las mismas.

Retirado por tal motivo de los combates y los cuarteles, Summerford decidió radicarse en la ciudad de Vancouver. Una plácida tarde de 1924, mientras pescaba con su caña desde la orilla de un río, un rayo despedazó el árbol bajo cuya sombra había buscado cobija. La descarga eléctrica no tuvo piedad: le paralizó el lado derecho del cuerpo.

Seis años después, el otrora oficial estaba tan mejorado que hasta se permitía dar cortos paseos por un parque contiguo a su casa, siempre con ayuda de un bastón. Andaba una mañana en ese menester cuando la luz de un relámpago le puso la carne de gallina. Un rayo bramó a su lado. Summerford lo sintió zarandearle el cuerpo y el alma. Quedó con vida, pero solo para eternizarse sobre una silla de ruedas.

La muerte —ineludible y categórica— resolvió llamarlo definitivamente a filas en 1932. Si el antiguo comandante del ejército de la «pérfida Albión» creía que con el descanso eterno los meteoros lo dejarían en paz, se equivocaba de plano. Cuatro almanaques después —¡ay!—, una centella hizo explosión sobre el camposanto. ¿A que no adivinan qué hizo trizas allí? ¡Pues el panteón del comandante Summerford!

Relámpago introductorio

Historias como la anterior parecen absurdas. ¡Pero son reales! Varios sitios en Internet registran otras igualmente inauditas. Como la del rayo que fulminó a un hombre en el jardín de su casa italiana, en 1899. Su hijo murió de la misma forma y lugar 30 años después. En 1949, el nieto de la primera víctima e hijo de la segunda, también pereció en idénticas circunstancias. Sencillamente desconcertante.

En todos los casos, los afectados se hallaban en áreas abiertas. El mayor desastre causado por un rayo ocurrió, precisamente, al aire libre, durante una tormenta en Egipto. Cayó sobre un enorme depósito de petróleo, situado en la parte más alta de una colina, y lo incendió. La explosión generó un torrente de fuego que alcanzó el pueblo de Asiut. Murieron 265 de sus habitantes.

Un sondeo de Protección Civil Internacional definió la distribución de víctimas por rayos en el mundo así: al aire libre, 40 por ciento; dentro de las casas, 30; bajo los árboles, 11; chozas y cabañas, 9; y ciudades, 10. Las cifras indican que las posibilidades de morir por un rayo bajo techos e inmuebles bien construidos son sumamente remotas. Claro, el lugar más seguro sería la fría Antártica, único territorio sobre la superficie del planeta donde no ocurren rayos.

Los expertos aseguran que la cifra global de víctimas ocasionadas por tales elementos atmosféricos no parece exagerada: apenas mil al año. Eso a pesar de que, según el sitio web Afinidad Eléctrica, «cada día se generan más de ocho millones de rayos». La probabilidad de que uno impacte a alguien es de una por 600 000. Y eso puede suceder mientras barre su patio, habla por teléfono, viaja en tren, toma una ducha o practica deportes. Por cierto, desde 1959, los rayos han matado en Estados Unidos a 2 550 jugadores de golf quienes, con sus palos «pararrayos», son propensos a ser alcanzados por sus descargas.

Otros portales aseguran que, como norma, el diez por ciento de los impactos por rayo resulta fatal. Y a 90 de cada cien sobrevivientes les transfiere corolarios funestos, como parálisis variada, pérdida de la memoria, trastornos psicológicos, rotura del tímpano, cambios de personalidad, lesiones en la retina, estrés postraumático, paros cardiorrespiratorios, aumento de la temperatura corporal…

De cualquier forma, salir con vida luego de recibir la acometida de un rayo es algo como para contar a los nietos. Máxime cuando se sabe que, además de desplazarse a unos 140 000 kilómetros por segundo, puede alcanzar una temperatura de 28 000 grados centígrados y descargar una potencia eléctrica suficiente como para iluminar toda una ciudad de mediano tamaño.

Un campesino tunero es uno de esos afortunados mortales. Sobrevivió al impacto de seis rayos y su casa ha sido blanco de 15 de ellos en los últimos dos años. Los invito a conocer su pasmosa biografía.

Relatoría del espanto

Fui a buscar a Jorge Márquez a su lugar de residencia, en el diminuto poblado de La Julia, al lado del puertopadrense San Manuel. «Anda para el trabajo —me respondió desde la puerta su mujer cuando le pregunté por él—. No, no tengo idea de cuándo vendrá. A veces llega tarde. Si quiere esperarlo…». Y me ofreció un sillón en la sala.

Como no andaba abundante de tiempo, opté por volver sobre mis pasos. «Será en otra ocasión», me dije, resignado. Pero era mi día de suerte. En una curva del camino, nuestro vehículo se cruzó con un tractor que venía en dirección contraria. «¡Ehh, Márquez, pare un momento!», grité al divisar al timón a un hombre mediano y canoso, tal y como me lo habían descrito. Se detuvo y echó pie a tierra.

Nos saludamos como viejos conocidos. «Bueno, usted dirá», expresó. Le comuniqué, en pocas palabras, mi pretensión. «Me lo imaginaba —dijo—. Viene a que le hable de los rayos. ¡Pues para luego es tarde!». Y ambos nos sentamos sobre la hierba fresca, a la vera del camino.

—Me llamo Jorge Márquez y eché los dientes en esta zona de San Manuel, que está cerca de la ciudad de Puerto Padre —precisa—. Nací el 10 de julio de 1947. Ahora tengo 64 años de edad. Soy pequeño agricultor, socio de una cooperativa de crédito y servicios. Aquí fui una vez Vanguardia Nacional. Estoy casado y tengo tres hijos.

«El primer rayo fue como a las dos de la tarde del 5 de junio de 1982, en el poblado de Santa Bárbara, aquí cerca —recuerda mientras su mirada se extravía en el cielo-. Parecía un hilo colora´o del gordo de un cable. Se metió por el tubo de escape del tractor. Sentí enseguida en el cuerpo una frialdad como cuando entras a un lugar con aire acondicionado. Íbamos tres, pero nada más me afectó a mí.

«Caí redondito al suelo. Los otros gritaban: “¡Corran, que el trueno jodió a Márquez!” Al ver que me estaba poniendo morado, uno de ellos, Tato, hijo del doctor Guillén, picó un trozo de caña, mandó a que me abrieran a la fuerza la boca y me atravesó el canuto entre los dientes. Así logró sacarme la lengua para que respirara. Me llevaron para el hospital de Puerto Padre. Estuve un día sin conocimiento.

«Ese rayo me perforó los tímpanos y durante un tiempo no pude mover la mano derecha. Además, me quemó la espalda desde el huesito de la alegría hasta el cuello. El pelo me cogió candela como si lo hubieran prendido con alcohol y fósforos. Ahhh, ¡y no me dejó un empaste sano! Al tractor le fastidió la tapa del block, los espárragos»

Lo que quizá Jorge Márquez tomó como una jugarreta de la fatalidad, se repitió el 2 de junio de 1987, de nuevo en Santa Bárbara.

—Estaba de visita en casa de un amigo cuando de pronto, sin ninguna amenaza de lluvia, se desató tremendo aguacero —evoca—. Me asomé a la puerta para ver si escampaba. Y en eso, el fogonazo. Sentí que me recorría un cosquilleo raro. Y un sonido como el del hierro caliente al mojarse en el agua. Me tumbó y de nuevo tuvieron que acomodarme la lengua. Recuperé el sentido en el hospital de Puerto Padre.

Márquez comenzó a preocuparse. «¿Tendrá algo mi cuerpo que atrae a los rayos», se preguntó. Andaba todavía a la caza de la respuesta cuando una llamarada celeste lo llevó a la «lona» por tercera vez, ahora en el círculo social de San Manuel. Era el 23 de junio de 1987.

—Parece que solo me cogió de refilón porque, aunque me tiró, no perdí el sentido como las otras veces —dice—. Aunque luego tuve dolor de articulaciones y dificultades para respirar. Lo raro es que no había ni una nube por allí. El rayo cayó así no más, sin avisar. Y no se fue en blanco… Quemó uno de los transformadores de la zona.

«El cuarto rayo me tomó de sorpresa sembrando maíz en mi finquita, el 8 de julio de 1998 —recuerda—. Y el quinto, en 1991, mientras caminaba por el patio de la casa. Fueron los más débiles, pues casi no me afectaron. Y no porque cayeran lejos, sino porque parece que ya mi cuerpo se iba adaptando, si es que eso puede ser posible».

Márquez se acuerda como si fuera hoy de las consecuencias del sexto y ¿último? rayo inscripto en su insólito currículo. Se le abalanzó el 13 de junio de 2005, dentro de su propia vivienda en La Julia.

—Aquello fue el acabóse —afirma—. Fíjese que achicharró el televisor, el mando y toda la «cablería» de la casa.  También fundió los bombillos de 220 voltios. En el patio mató una palma real y una guásima enorme. A mí me dejó abierta una mano y me resintió el tímpano derecho.

Revelaciones de un afortunado

Luego de que Márquez me hiciera la relatoría de los seis rayos y sus correspondientes consecuencias en su cuerpo y en su mente, el diálogo tomó por otros derroteros, aunque sin abandonar nunca el tema. Para mi sorpresa, mi entrevistado resultó un excelente conversador, capaz de combinar muy bien en sus parlamentos la seriedad con el humor.

—¿Médicos? He visto a unos cuantos —atestigua—. Ninguno me ha dado una explicación que me convenza. Unos dicen que los rayos me caen por culpa de mi pelo. Otros le echan la culpa a mi sangre… Pero, en definitiva, nada concreto que me dé tranquilidad o, por lo menos, me permita saber qué tengo para que esos diablos colora’os me persigan. Quisiera que alguien hiciera una investigación rigurosa, y que antes de morirme yo sepa por qué mi cuerpo ha soportado seis rayos.

«¿Miedo? ¡Pues claro que siento miedo! ¡Estoy acobardado! Siempre que comienza a llover me encomiendo a Dios. Oiga, yo siento los truenos antes de que caigan. Ustedes no, pero yo sí. ¡La carne me vibra! Se lo digo a otras personas y casi nunca me creen. Muchos piensan que estoy loco. Entonces, cuando caen, dicen: “Márquez tenía razón”.

«Si estoy dentro de la casa y comienza a tronar, no hay quien me haga salir de allí —comenta—. ¡Quieto en base, como los corredores en la pelota! Algunas veces me han cogido de sorpresa en pleno descampado. Pero no es por mi voluntad. Enseguida trato de protegerme bajo techo. Ya sabe, por si acaso. Porque tengo dulce para esos malandrines.

«La sensación que uno siente cuando le cae rayo es distinta a cuando lo coge la corriente. Una vez estaba arando con el tractor. Me bajé un momento a levantar el arado. Y en eso sentí un ruido. Era que el arado había caído sobre un cable de la 440 que estaba en el suelo. El “fututazo” reventó el radiador por la junta del agua. A mí no me hizo absolutamente nada, porque me aislé. No puedo explicármelo.

«¿Mi salud? Bueno, estoy durmiendo muy poco. Tal vez tenga que ver con todo esto de los rayos. Ya llevo mucho tiempo así. Y padezco de un calor horrible. A veces, acabado de bañar, me empapo en sudor. De momento me sale un vapor del cuerpo como si tuviera una temperatura de 39 o 40 grados. Sin embargo, me ponen el termómetro y la tengo normal. Ya le digo, mi caso hay que investigarlo profundamente.

«Por aquí por San Manuel la gente me conoce por “Pararrayos”. Me llaman así y yo respondo. ¿Entrevistas? Me han hecho varias. Los periodistas se van sorprendidos de mi buena suerte. También es mala suerte, ¿sabe?, porque no es agradable estar siempre expuesto a que una centella te parta la crisma.

«Cuando salgo por ahí me identifican enseguida, incluso personas que no tienen nada que ver conmigo. ¡Y hasta extranjeros! Sí, esos seis rayos me han hecho famoso. Pero le diré algo: yo no hubiera querido serlo por esa causa. Me hubiera gustado más por ser un gran jonronero en la pelota, o por tener mucho dinero, o por gozar de buena salud…

«Todo lo que le he contado es cierto. Alguien puede pensar que soy un fantasioso, pero se equivoca. Pregúntele a la gente de la zona para que compruebe que lo que digo es verdad.

«¿Anécdotas? Tengo muchas. Algunas no las cuento por pena. Pero nada, allá voy. Mire, varias mujeres con las que tengo confianza para jaranear me preguntan, pícaramente, que si los rayos no me han afectado aquello, ¿usted entiende…? Es decir, quieren saber… ¡si el caballo relincha! Yo les respondo que sí, que el caballo relincha y que está entero, listo para cabalgar. La gente es muy maliciosa y chivadora. No lo hacen por nada malo, sino por divertirse un rato.

«No tengo referencias de que en Cuba a alguien más le haya ocurrido lo mismo que a mí con los rayos. Sé que en el mundo han existido otros casos. Lo he leído en los periódicos. Lo que sí le puedo asegurar es que conmigo no funciona esa maldición que dice: “¡Ojalá que te parta un rayo!” Seis lo han intentado y no lo han conseguido».

Epílogo entre centellas

Y ahora préstenle atención a esta extraordinario historia:

A Cleveland Sullivan, guardabosque nacido en Estados Unidos, lo conocieron en su país con el seudónimo de El Pararrayos Humano, por haber sido alcanzado siete veces en 36 años por esos fenómenos atmosféricos.

El primer rayo lo impactó en 1942. Por su causa perdió el dedo gordo de un pie. Pasados 27 años, un segundo rayo le chamuscó las cejas. El año siguiente, 1970, un tercer rayo le abrasó el hombro izquierdo.

En 1972, el cuarto rayo le incendió a Sullivan el cabello y le dejó la cabeza como una bola de billar. Desde entonces el hombre comenzó a llevar una gran vasija con agua en el interior de su automóvil.

El 7 de agosto de 1973, el pelo ya crecido del guardabosque volvió a ser pasto de las llamas: un rayo le atravesó el sombrero, lo lanzó tres metros fuera del coche y le arrancó de cuajo los zapatos.

Sullivan fue alcanzado por sexta vez el 5 de junio de 1976. Salió con un tobillo lastimado. El séptimo rayo data del 25 de junio de 1977, mientras pescaba. Tuvo quemaduras en el estómago y el pecho.

El infortunado hombre nunca pudo explicar la obsesión de los rayos con su persona. Murió el 28 de septiembre de 1983, a los 71 años de edad. Dos de sus sombreros, carbonizados en la copa por los rayos, se exhiben en un museo de los récords Guinness, en Nueva York.

Antes de retornar a su tractor, Jorge Márquez espeta: «Le puedo asegurar que conmigo no funciona eso que dice: “¡ojalá que te parta un rayo!” Seis lo intentaron. Y nada».

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