Retadores del tiempo presente

Se les llama en sus entornos «condecorados», pero ellos prefieren que les digan los nombres de siempre porque no gustan de la pompa. Sus criterios, los agudos y los menos penetrantes, merecen escucharse

Autores:

Osviel Castro Medel
Hugo García
Yoelvis Lázaro Moreno Fernández
Melissa Cordero Novo
Mayra García Cardentey

No son la perfección hecha carne, pero se acercan porque cada día hacen muchísimo para sujetar la obra cimentada por muchos a lo largo de la nación. Unos manejan dragones que devoran las necesarias cañas de la economía cubana. Otros batallan en las colmenas para producir más que la miel, material de todas las fechas.

Unos se chiflan sanamente para que el arte consiga derribar tapias. Otros ponen a prueba sus gargantas —y sobre todo su paciencia— frente a miles de retozones que mañana aprenderán a escribir las palabras «lucha» y «amor».

A todos la pasión les «combustiona» el alma. A todos, a pesar de haber crecido en lugares dispares, los une el estambre de abril; ese que evoca el emblema de los tres héroes eternamente jóvenes.

Por eso piensan y obran parecido estos muchachos que merecieron la Medalla que recuerda a uno de los líderes de la Generación del Centenario, Abel Santamaría. Los más bisoños, aquellos que están todavía en las aulas, fueron acreedores de la José Antonio Echeverría.

«No hemos hecho nada del otro mundo; simplemente trabajar y trabajar», dice con naturalidad Alexei Vázquez Vázquez, un médico veterinario que se desempeña como especialista inspector de la apicultura en el municipio de Jiguaní, en Granma.

Él, que con frecuencia madruga para visitar decenas de colmenas y apicultores de diez consejos populares a su cargo, considera que en los tiempos actuales otros jóvenes pueden superarlos en ingresos y en comodidades; por eso ser merecedor de una condecoración estatal es un reto y también un reconocimiento al sacrificio, «aunque no se trabaje para alcanzar premios».

Y cree que los condecorados deberían no solo contemplar la medalla con orgullo sino, sobre todo, intercambiar con sus circundantes para que sean mejores. Es de los que piensan que los más nuevos necesitan «mucho diálogo», bastante orientación y unas cuantas tareas.

«No digo que haya que repetir etapas de trabajo como las de hace 50 años; pero los jóvenes de hoy necesitan foguearse más, pues algunos manejan el concepto siguiente: lo que nada nos cuesta hagámoslo fiesta», reflexiona este profesional de casi 31 abriles.

Sus observaciones —que se posan sin demasiada lisonja en la juventud— sirvieron de prefacio a algunos contemporáneos suyos, condecorados como él…

Salto y renovación

Lorena Estendell Varela, una cadete cienfueguera que se quema las pestañas en su formación como ingeniera en Telecomunicaciones en la Universidad Central de Las Villas, no suele tirar la puerta contra las narices de los problemas.

Por eso aprecia que la vanguardia de la juventud debe transformar ciertos métodos. «Sería bueno cambiar algunas cosas del funcionamiento de la UJC, siempre para mejorar, porque las épocas cambian y las generaciones son diferentes. La clave está en cómo encontrar la motivación de los jóvenes para que sigan sintiéndose orgullosos de pertenecer a la organización, que se sientan identificados, que vean resultados a partir de su desempeño».

Ella, condecorada con la José Antonio Echeverría, apunta que sería oportuno salvar la calidad de algunas reuniones, que fueran más amenas, seductoras; menos rígidas y en correspondencia con los intereses de los jóvenes.

Y sabe del papel que pudieran desempeñar aquellos que, como ella, van a la punta en la batalla: «El entusiasmo y el protagonismo de cada uno de nosotros y de los dirigentes resulta fundamental, sobre todo a la hora de mantener la credibilidad. Lo más importante radica en que cada quien tenga la oportunidad de participar y cambiar nuestra realidad según las necesidades».

Agrega una arista interesante: la UJC está obligada a hacerse notar en cualquier ámbito. «Tiene que ser más activa, entusiasta, sentirse como una parte medular dentro de la sociedad y no ser una organización más. Que todos seamos escuchados, que todos estemos representados», señala esta muchacha que con apenas 14 años decidió convertirse en soldado.

Por esa misma cuerda anda el pensamiento de otro de los condecorados con la medalla Abel Santamaría, Léster Rodríguez Domínguez, de Guane (Pinar del Río), de 29 años, graduado desde 2007 en Licenciatura en Educación Primaria. Para este secretario de comité de base durante cinco años, docente en el centro mixto Carlos Manuel de Céspedes, en la comunidad de Sábalo, hay que salir de los marcos de las reuniones repetitivas y estimular actividades interesantes, provechosas y dinámicas en aras de movilizar a los integrantes de la organización.

No es casual entonces que enfatizara —más allá de la militancia— en la necesidad de mejorar la preparación político-ideológica de la juventud, predicar con el ejemplo personal y lograr perfeccionar la enseñanza de la Historia.

«Es lo que nos identifica, representa, muestra los valores y sacrificios de los proyectos independentistas para llegar hasta aquí. Nos dice quiénes somos, de dónde venimos», explica este maestro, líder natural de su comunidad y conocido en su escuela como «el profe de la primaria».

Mientras Gloria Martín Martínez, jefa de la Oficina de  Información, Control y Documentación del Comité Provincial de la UJC en Villa Clara, otra de las condecoradas con la Abel Santamaría, estima que a los bisoños «hay que darles la posibilidad de que creen y se entusiasmen por ellos mismos, sin dejar jamás de atenderlos».

Para ella, si se quiere una comprensión cabal de cómo debe ser el trabajo con los más nuevos, en primer lugar hay que abrir con ellos senderos que vinculen desde el pensamiento, desde aquellas ideas que se comparten y defienden en común.

Humanos y cultos

Jesús Grasso Zamora, de 22 años, instructor de Arte de la Casa de cultura Bonifacio Byrne, de Matanzas, entiende que desde su profesión puede ser muy útil a ese movimiento de ideas que requiere la juventud en la etapa actual.

«Me esfuerzo por cultivar valores en las nuevas generaciones y hasta en los adultos, porque al sembrar arte instruimos, unimos a las familias y nos convertimos en el sol de los cubanos», admite este estudiante de la Licenciatura en Educación, en la Universidad de Ciencias Pedagógicas Juan Marinello y quien mereció por sus logros la medalla Abel Santamaría.

Y no deja de mencionar el influjo de sus padres, Hortensia y Gonzalo, sin los que no hubiera podido dedicarle tiempo al buen arte.

Un compatriota suyo que mereció igual reconocimiento, Edel Alberto Medina Trujillo, del municipio Jovellanos, ingeniero automático en la empresa Jovel, y secretario de su comité de base, sostuvo que él tiene un ideal de joven revolucionario que presupone, entre otras cosas, asumir tareas en cargos dirección, aportar desde todas las trincheras, identificarse con el pensamiento de Fidel y Raúl, poseer responsabilidad y afán constante de superación.

«Los jóvenes debemos ser humanos, cultos, revolucionarios, para estar más preparados y entender el presente y el futuro», concluye él, quien en sus tres años de trabajo ha obtenido resultados relevantes.

Los pies en la tierra

Otro de los condecorados, Luis Emilio Álvarez Cárdenas, habla poco y produce mucho en la cooperativa de producción agropecuaria (CPA) Abel Santamaría Cuadrado, ubicada precisamente en el villaclareño municipio de Encrucijada.

Entre sus ritos cotidianos durante los meses de zafra está el de levantarse casi con los gallos. Hasta bien tarde, casi con la caída del Sol, se despide del campo, luego de permanecer con la vista fija entre botones y sentado en la misma posición por más de ocho horas, tras el volante de un aparato de dimensiones impresionantes.

Sin contradicciones ni espejismos en lo que piensa, con la visión moderada y característica de un muchacho de campo, este hombre humilde de 38 años prefiere servir como sostén de su país desde esa dimensión comprometida en la que no abundan los verbos, pero sí las acciones constantes, los modos sostenidos de hacer, el interés por producir y poner a buen recaudo el fruto de su trabajo.

Por ello refiere que a los jóvenes, más allá de donde trabajen o vivan, lo que no puede faltarles es la motivación. Y esa, según él, se va encontrando cotidianamente, se gesta mientras uno va dándole el mejor sentido a sus deberes, mientras se encauzan por buen camino las ideas; y se actúa sin dejar de soñar, pero con los pies en la tierra.

 

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