Yo no soy un «pobrecito»

Tuvo que superar diferencias y hacerse brillo cuando algunos lo miraban con pena o creían que la naturaleza le había opacado la luz. Ahora sorprende y asombra con su historia, contada a pedazos para JR

Autor:

Osviel Castro Medel

Hoy la calle sí estaba complicada y los choferes más apurados que nunca; menos mal que siempre aparece alguien que te brinda un hombro. Pero yo no resisto que me hagan un favor por lástima. A veces la gente dice: «Pobrecito, es un cieguito». Y así más que ayudar, destruyen… porque te ponen como un inútil.

Tuve un día tremendo en el hospital. No he parado. Cuántas historias se descubren detrás de cada paciente, ¡cuántas cosas! Por eso hay que luchar por salvarle el ánimo a la gente.

Qué calor… voy a escuchar un poco de deportes y sentarme aquí a esperar al periodista. Me dijo que era a las 2:00 de la tarde, pero no llega. Oye, ahí viene…

II

Sí, he tenido que enfrentar cosas muy difíciles en mi camino, aunque todavía no creo en imposibles. Nací invidente el 6 de marzo de 1987, con atrofia en el nervio óptico, fue algo de la naturaleza. En la familia no se conocen casos semejantes. Mi nombre completo es Alejandro Tornés Conde.

Empecé las clases a los cuatro años; tuve que adaptarme a la vida interna desde esa edad porque la escuela especial estaba en El Caney de Las Mercedes, en Bartolomé Masó, y yo vivía entonces en el municipio de Río Cauto.

Claro que lloré bastante en esa época, unas veces  desconsoladamente y casi siempre escondido. No podía demostrárselo a mi familia, que estaba haciendo un esfuerzo extraordinario por mi educación en pleno período especial.

Ahora que el periodista me pregunta eso, recuerdo que mis padres tuvieron que caminar una noche entera para alcanzar la casa, porque habían ido a verme y al retorno solo pudieron llegar hasta Cauto Embarcadero y anduvieron a pie más de 20 kilómetros; los cogió el sol en el camino. Fue ahí cuando decidieron mudarse para Bayamo. Entonces todavía no había nacido mi hermanita Sucel.

Bueno, en esa escuela, Mártires de Pino III, aprendí ejercicios de orientación y movilidad, a amarrarme los zapatos, tender la cama, bajar y subir escaleras. Y, sobre todo, a relacionarme con los demás. En sexto grado terminé siendo el jefe del colectivo.

III

Eso fue otro gran problema. Mi decisión de hacer la secundaria en la ESBU 30 Aniversario, de Bayamo, causó un revuelo tremendo, al punto que no querían aceptarme. Es que allí jamás había estudiado un ciego y decían que no estaban preparados para darme clases. Me vi en la necesidad de acudir a diferentes instancias y se formó el show; mas a mí nunca me ha gustado llamar la atención.

Resultó muy duro al principio; después le fui cogiendo la vuelta. Yo grababa las clases en una grabadora viejita que me acompaña hace años y a la hora de estudiar escuchaba las cosas dos o tres veces. Hacía todas las pruebas orales. La Matemática me resultaba la materia más complicada, pero la sacaba.

Pensando en esa grabadora, si no fuera por mi primo Yandi, quien tantas veces me la ha arreglado, no sé qué hubiera sido de mí, porque cuando tenía la grabadora rota mi vida cambiaba.

No, periodista, no es que sea famoso. Sucede que en esa etapa me dio por participar todos los días en el programa de radio Te propongo, de Radio Bayamo, en el que hacían varias preguntas de cultura general y casi siempre acerté. Ya los oyentes y los conductores me conocían cuando escuchaban mi voz; jamás lo hice para darme publicidad, sino para comprobar mis conocimientos.

Concluí la secundaria con 99,86 de índice académico. En noveno ingresé a la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), que fue otro de los episodios hermosos. Por los resultados académicos me gané el derecho de ingresar al Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Silberto Álvarez Aroche. Esa es otra película; también era el primer estudiante ciego en el IPVCE de la provincia y al principio no me aceptaban, pero lo logré.

Qué tiempos aquellos. Aquella sala de Historia que me encargaron. Allí me hice «museólogo e historiador». Qué bonito, caramba.

El preuniversitario no estuvo exento de sacrificios, aunque fue más suave. Cuando llegué me propusieron que durmiera en la Enfermería y yo dije que no estaba enfermo y que iba a hacer la vida normal en el albergue. Por supuesto, siempre me ayudaban; también para el estudio, que en muchas ocasiones hacíamos en grupo.

Ja, ja, ja… Hasta hice Educación Física por interés personal, corría guiado por un profesor.

También terminé con un promedio superior a 99 puntos y me llegó Psicología. Esa también es otra historia.

IV

Cuando entré a la Universidad de Granma me pasó algo muy bueno. Los profesores me dijeron que no porque llevara un bastón en la mano me iban a aprobar. Me recalcaron que jamás me iban a regalar un punto. Eso fue positivo, pues aprecié que no había esa cierta compasión que sentí en algún momento anterior.

Nunca los voy a olvidar, amigos míos. Sí, ustedes dos,  Amed Torrés y Yusleidi Olivera, fueron mis guías para los estudios y para todo. Les voy a agradecer toda la vida.

No, la Universidad no fue tan complicada, periodista. Sí de mucho estudio y entrega. Pero la cursé de manera normal. Finalicé quinto año con 4,80 de promedio general, con Título de Oro y con una grata sorpresa: mis compañeros me eligieron el alumno más integral de la carrera.

Aquel día de la graduación, cuando todos de pie me aplaudieron… Uh, todavía me emociono. Es imposible olvidar el gesto de todos esos buenos compañeros que estudiaron conmigo.

Después vino la etapa laboral. Mi ubicación fue en la sala de Neurocirugía del hospital provincial Carlos Manuel de Céspedes, aquí en Bayamo. Mi labor fundamental es mantener la estabilidad emocional de los pacientes, evitarles depresión y darles seguimiento. Me siento útil y respetado, porque veo que los médicos discuten los casos conmigo.

Claro, nosotros podemos ejercer en distintas profesiones; todo está en proponérselo y atemperarse a las situaciones, sin pensar en los obstáculos. El Sol sale para todos, pero desdichadamente algunos no lo han comprendido todavía.

La familia es lo más grande. Sin mis padres, Catalina y Luis, y mi hermanita, no sería nada.

Sí. He apreciado cierta discriminación hacia los invidentes; no institucionalmente, sino en determinadas personas que nos miran con pena o como si fuéramos inferiores. Y así nos hacen mucho daño, porque nos ven en otro rango, en otro nivel. Escuché a algunos decir: «No sé para qué estudia si al final es ciego». Hay que seguir luchando contra eso, desde todas las tribunas. Tenemos una limitación natural, pero pensamos, sentimos, actuamos…

En lo personal, amigo, he logrado lo que me he propuesto. Creo que aporto modestamente a la sociedad, no solo en el hospital. En nuestra organización, la Asociación Nacional de Ciegos y Débiles Visuales, pertenezco al secretariado provincial. Atiendo el frente de Relaciones Públicas.  Desde allí también puedo contribuir a la lucha por nuestra reivindicación total.

Bueno, me falta algo: casarme, tener hijos y vencer esta timidez. Sí, no te creas, la disimulo bastante.

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