Hombre de ciencia

Eumelio Espino, quien se desempeña en el Instituto de Investigaciones del Tabaco, atesora entre sus mayores logros haber sido uno de los «salvadores» del cultivo de ese rubro en Cuba

Autor:

Adianez Fernández Izquierdo

ARTEMISA.— Podrían hasta llevar su nombre. No exagero. Es una manera de resaltar el aporte de Eumelio Espino al cultivo del tabaco. Cuando parecía que el moho azul dejaría a los fumadores sin degustar un Habano más, este hombre de ciencia, cual mago, sacó a la luz dos variedades de tabaco negro cubano, resistentes a la plaga, que permitieron perpetuar la fuerte tradición del país en este rubro.

Inició sus estudios solo, leyendo mucho. «Empecé a trabajar como tecnólogo químico en la industria del fósforo en el año 1967. Me gustaba leer y, en la pequeña biblioteca de la fábrica de Fósforos de Bauta descubrí un libro con las leyes de la herencia que me apasionó».

Fue entonces que Daniel Solano, entonces director de la Industria del Tabaco, lo convidó a trabajar en esa rama. «Me proporcionó algunos libros y, pese a no ser universitario, matriculé en tres cursos de posgrado en la Escuela de Biología, y cursé Ingeniería Agrónoma hasta graduarme en 1983».

En esta época era, además, jefe del Programa de Mejoramiento Genético del Tabaco, dirigido a la obtención de variedades resistentes al moho azul.

Reconocido por muchos como uno de los que salvó ese cultivo en Cuba, explica el porqué de tal afirmación. «En 1979 reapareció el moho azul y dañó el 95 por ciento de las plantaciones. Desde entonces el Programa se propuso obtener variedades resistentes que, además, preservaran la calidad del tabaco negro cubano.

«Por algunos años se pudo frenar la plaga con la aplicación del producto químico Ridomil, pero en el año 1994 la estirpe resistente se propagó por el país y dañó la cosecha.

«Afortunadamente ese año estábamos probando en extensión agrícola las variedades Habana 97 y Habana 2000, las cuales resultaron resistentes. Su plantación se generalizó en 1996 a todas las áreas tabacaleras de Cuba y, gracias a eso, se mantuvo el cultivo.

«En un inicio teníamos más de 200 variedades, pero solo esas dos pasaron la prueba de la comisión de degustación, a la que yo jocosamente llamo el Tribunal de la Inquisición, que determina si cumplen con los requisitos propios del tabaco negro cubano: aroma, sabor, consistencia, combustión y color de la ceniza».

A partir de estas pruebas, cuenta, surgieron el Criollo 98 y Corojo 99; el Sancti Spíritus 96, para el cultivo en la zona central y oriental, y en San Juan y Martínez, el Corojo 2006.

Una familia unida

Cuando Eumelio y María del Carmen coincidieron por primera vez, ya él era una personalidad en su campo de estudio y ella, una ferviente admiradora de su trabajo. Se conocieron un día por casualidad. Él le dio «botella» cuando viajaba para la Universidad y desde entonces fue su tutor, su maestro y compañero en el trabajo y en la vida. Han formado durante 21 años un hogar con dos hijos.

«Es difícil, siempre estás fuera de casa, dedicas años a un proyecto que puede dar frutos o no. Saber que tienes una familia apoyándote, da fuerzas para seguir», nos dice él.

Una mañana de intercambio dejó entrever pinceladas de su matrimonio, marcado por el amor del uno al otro, y el de ambos por el trabajo. María del Carmen, sin vacilación, lo reconoce como su mayor crítico: «Mi esposo me ayuda a superarme como profesional, siempre tiene una recomendación y no duda en transmitirme sus conocimientos». A lo que Eumelio añade: «Nos hemos ayudado».

También su hija Maribel, fruto de un matrimonio anterior, acogió el camino de la ciencia. Es actualmente directora de la división de Biología del Instituto de Investigaciones del Tabaco.

Proyectos

Retirarse y dejar en manos de su esposa la dirección científica del Instituto de Investigaciones del Tabaco, cargo que desempeñó por 14 años, no lo hicieron abandonar el centro. Regresó como investigador, con muchos bríos y ganas de hacer ciencia. Junto a María del Carmen obtuvo la variedad Criollo 2010, que se prueba por segundo año en extensión agrícola.

«La Criollo 2010 resulta efectiva en la producción de capa de exportación y plantación en las vegas finas de Vuelta Abajo, para la obtención de tripa y capote para los Habanos. Es altamente resistente a las principales plagas y la única variedad androestéril obtenida en Cuba. Como la planta no produce semillas de forma natural, solo nosotros podemos obtenerla mediante la polinización artificial. Así no pueden robárnosla. Esperamos se convierta en una de las principales para la producción de capa, tripa y capote».

En el campo

«Durante mucho tiempo, los resultados de los científicos no tenían aceptación entre los productores. El cultivo del tabaco es muy tradicional, de mucha historia empírica, generalmente los conocimientos pasan de una generación a otra y llegar a ellos era difícil. A raíz de la aparición del moho azul, la mayoría entendió que debía sembrar las nuevas variedades.

«El Habano, con gran prestigio a nivel mundial, está diseñado para satisfacer a un público muy exigente. Muchos de ellos no confiaban en el éxito y dudaban que fuera tabaco tradicional cubano, pero lo logramos y rompimos la barrera entre científicos y productores. Hoy son ellos quienes nos presionan para que les demos nuevas cosas.

«Durante los años que dirigí en el Instituto de Investigaciones del Tabaco, con el extensionismo agrícola logramos establecer un chequeo sistemático, con visitas a las vegas, control de la disciplina tecnológica y capacitación de los productores. Cada resultado llega de inmediato a la producción, mediante los productores líderes, a quienes el resto respeta por los resultados».

De esta relación directa con ellos guarda anécdotas y gratos recuerdos. «En una ocasión, cuando probábamos en Pinar del Río una de las nuevas variedades, llegué a casa de un productor en Viñales, en el mismo instante en que él estaba maldiciendo a la madre del inventor de la variedad, pues todo el tabaco se le caía al piso. Entonces entré y le dije: “¿Qué culpa tiene mi mamá?” Aquel hombre no sabía qué hacer.

«Pero gracias a aquel primer acercamiento pude superar una deficiencia. Esa variedad tenía como defecto que no permitía hacer el corte de mancuerna (cortar la hoja conservando parte del tallo) y yo no lo sabía, de ahí la importancia de interactuar con quienes están directamente en el campo».

Por la relevancia de sus investigaciones, Eumelio ostenta las medallas Carlos Juan Finlay —que otorga el Consejo de Estado—, Jesús Menéndez y Lázaro Peña. Es además el único científico merecedor del galardón Hombre Habano en producción en 2005 y autor de varias publicaciones cubanas y extranjeras, así como de instructivos técnicos y de guías para el productor.

A sus 65 años no piensa abandonar la ciencia. Sigue trabajando en el tabaco, sin obviar su otra pasión, pues también las aves de su patio forman parte de esa gran familia que ha creado.

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