Martí y Fidel, árboles que crecen

No se puede olvidar que Fidel fue a asaltar el cielo con las doctrinas del Maestro en su corazón, que fructificó en él, en todas sus luchas, por nuestro pueblo, por nuestra América y por el mundo

Autor:

Katiuska Blanco

Por las páginas leídas en diarios de ese tiempo, recuerdo cuando el Comandante, con un buldócer, destruyó las aspilleras de una posta en el Cuartel Moncada para iniciar los trabajos de construcción de la Ciudad Escolar 26 de Julio, allá en Santiago. Era enero de 1960.

Uno piensa en Camilo dando mandarriazos a los muros del cuartel de Columbia en La Habana, pero existe también ese otro momento histórico, cuando Fidel derribó cortafuegos de aquel oprobioso Cuartel Moncada para comenzar los trabajos que lo convertirían en escuela, y ahí hay una continuidad extraordinaria entre Martí y Fidel.

Pero si no bastara ese gesto, de aquel lugar, de aquella jornada memorable, Fidel partió a Playitas de Cajobabo, fue la primera vez en su vida que visitó el lugar por donde nuestro Apóstol arribó en abril de 1895 a Cuba, para incorporarse al campo insurrecto, a la vida en campaña. ¡Cuán presente tendría Fidel a José Martí!

En el viaje que hicieron por Oriente en enero de 1960, combatientes del Ejército Rebelde habían sido acompañados por jóvenes universitarios en un recorrido por los escenarios de la guerra y en el ascenso, una vez más, al Pico Turquino. Por cierto, en aquel trayecto, Raúl se cortó la melena rebelde de la Sierra. Después de visitar Playitas de Cajobabo, Fidel se fue a Los Cayuelos, a unos dos kilómetros de Las Coloradas y por primera vez también, después del triunfo de la Revolución, puso sus pies de nuevo en la zona por donde desembarcó el yate Granma en diciembre de 1956.

Mientras Abel Prieto conversaba recordé —porque él hablaba de Martí en la Generación del Centenario, de los jóvenes que integraron las fuerzas que revolucionaron a Cuba— que en Artemisa, el lugar de donde mayor cantidad de jóvenes partieron hacia el Moncada, un maestro humilde, el primer biógrafo de José Martí, el asturiano Manuel Isidro Méndez, enseñaba en la biblioteca municipal, y siempre he pensado a partir también de la intuición del periodista Guillermo Cabrera Álvarez, quien lo conoció y me habló de él, que no por casualidad, de ese lugar de Cuba salieron tantos jóvenes al Moncada, que las enseñanzas de aquel bibliotecario debieron influir en la formación de los jóvenes de Artemisa, valiosa cantera con que pudo contar Fidel.

En estos días les confieso que, emocionada, en mi pensamiento se agolpaban en tropel las ideas y los recuerdos de los numerosos encuentros con el Comandante, de las innumerables conversaciones con él.

Deseaba evocar algo que me sucedió en el año 2012, cuando visitaba República Dominicana para presentar el libro Guerrillero del Tiempo. Conocer la geografía y a los pobladores de la hermana nación caribeña, y vivir otras proximidades, me emocionaba y sobrecogía en aquella ruta, sobre todo cuando nos dirigíamos hacia Montecristi, donde José Martí y Máximo Gómez firmaron un manifiesto que mucho tiempo después podría decirse fue inspiración del alegato La Historia me absolverá, este último pronunciado vehementemente por Fidel en el juicio que se le siguió por el asalto al cuartel Moncada. Una de las razones era la certeza de que transitaba los ámbitos soñados de la historia: siempre anhelé poner el pie, seguir la ruta martiana hasta la contienda; otra, la cercanía al Haití generoso que le abrazó en sus días de ansiedad por llegar a Cuba.

Mi bitácora era el diario de viaje hacia la guerra, escrito por el Apóstol, donde apuntó todo lo que percibió y sintió en ese recorrido de República Dominicana hacia Haití, para salir luego de Cabo Haitiano hacia las costas de Cuba, hasta desembarcar en la noche brumosa de Playitas de Cajobabo. Ya se conoce que la navegación la hicieron primero a bordo del carguero alemán Nordstrand y luego, las últimas tres millas, en un bote de remos que descolgaron de la embarcación mayor a las aguas tempestuosas del Caribe, al sur de la Isla. Fue en la ida a Montecristi que yo leí en voz alta, en el auto donde viajábamos, las anotaciones de Martí de los días de 1895 —realmente estaba disfrutándolo mucho—, primero cuando nos aproximábamos al Montecristi de entonces, y después a Dajabón o a Ouanaminthe y de allí a Fort-Liberté, para luego adentrarnos aún más y llegar a Cabo Haitiano. Fue entonces que el Cónsul cubano sugirió algo impensado: «¿Deseas ir al otro lado de la frontera?». Pregunté: «¿Pero eso se puede?». El Cónsul respondió que para los cubanos no había imposibles. El compañero que otorgaba los permisos —y esto no es realismo mágico ni real maravilloso, sino pura verdad— en el borde fronterizo para pasar el puente sobre el río, tenía un hijo estudiando Medicina en Cuba y ayudaría al trámite de conceder la autorización para cruzar por unas horas al otro lado. De súbito, el hilo, la conexión entre José Martí y Fidel Castro en pensamiento y acción, emergía de modo natural, con el mismo esplendor de las florestas que impresionaban a José Martí en su viaje. Ambos reconocieron en el pueblo haitiano a los primeros irredentos del continente y esa realidad, contrastante con sus fragilidades y necesidades al paso del tiempo, puede decirse que estremeció a ambos con igual intensidad.

Yo recordaba cuanto había conversado con el Comandante Fidel tras el terremoto en Haití, cuando él demostraba un desvelo conmovedor por apoyar en todo lo que fuera asistencia médica; pero además, propiciar el desarrollo de un sistema integrado y de excelente nivel en salud en la hermana República sufrida. Para Fidel, los cubanos tenemos en Martí la idea del bien que él describió, y el compromiso de pensarlo y desarrollarlo, de poner en práctica el bien: el bien de la justicia, el de la libertad, el de la independencia, todos los días.

Una tarde le comenté al Comandante todo lo que en su vida lo conectaba con Haití: los humildes braceros en el batey de Birán donde nació, los amigos de la infancia, las clases con las profesoras en Santiago de Cuba —ellas hablaban o susurraban el francés y eran descendientes de haitianos—; el hecho de que fue precisamente Luis Hibbert, el cónsul haitiano en Santiago de Cuba, quien le bautizó en la Catedral de la ciudad oriental; la inolvidable tristeza que le provocara la expulsión de los haitianos, como frágil eslabón de la cadena, cuando se proclamó en Cuba en los años 30 la nacionalización del trabajo; la idea de avanzar por tierra haitiana cuando vieron en peligro la expedición de Cayo Confites, y así una lista casi inagotable de cercanías de espíritu que se aunaban a la admiración por un pueblo que se había insurreccionado ante la explotación colonialista y la esclavitud.

El Comandante, enfáticamente, asentía: «Sí, sí» —me decía—. Luego me comentó exultante todo cuanto había logrado para que, en colaboración con Brasil, se implementara un programa integral de salud que salvaría vidas allá, donde el dolor se había empozado en la vida de las personas a la manera de un verso rotundo de César Vallejo.

Mi ansia por llegar del otro lado de la frontera en 2012 se cumplió, pude recorrer los caminos de José Martí y visitar a las brigadas médicas cubanas que en Ounaminthe y Fort-Liberté, hacían el bien a la manera martiana y fidelista.

Ese es el tránsito por una geografía coincidente entre ambos seres. Recientemente, rememoraba también al Martí que recibí a la sombra del despacho del Comandante, y lo digo porque la primera vez que conversé con Fidel en el Palacio de la Revolución, hablamos largamente de José Martí: de los hechos y conductas humanas en el Apóstol, de las polémicas sobre su vida y descendencia, de los amores que profesó, de sus ímpetus de lucha. Recuerdo que esa noche llamó por teléfono al Leal Spengler, a Eusebio, después de preguntarme mi opinión sobre muchos asuntos cotidianos de Martí, sobre la guerra y su caída en combate, que no fue suicidio pero sí, por la temeridad de su empuje, de su arranque vehemente, una acción suicida en el fragor de sus ansias libertarias y de combate. Hablamos del luto, de la sencillez, del sentir de Martí y de su atuendo, de la fineza de su alma en todo, de las noticias que le llegaban a la manigua, de la convicción expresada por el Héroe de que sabría desaparecer, pero refiriéndose no a la cuestión física, sino a los cargos y a los nombramientos.

Me habló el Comandante de un obrero que dedicaba sus noches de todos los días a estudiar e investigar a Martí, me habló con respeto y admiración de Luis García Pascual y me obsequió su libro anotado, los tomos del Epistolario. Luego, en otros encuentros, me entregó lo que es para mí una reliquia: la colección que guardo de las Obras Completas de José Martí.

En todos esos tránsitos y noches, cuando pensaba sobre esa línea que une en la vida y el pensamiento a Martí y a Fidel, recordé que como periodista había tenido la extraordinaria oportunidad de cubrir como reportera del diario Granma, el centenario de la caída en combate del Apóstol. Estuve allí, en Dos Ríos, adonde acudió Fidel aquel día, y después también, en el viaje que emprendimos más tarde, hacia el Cementerio de Santa Ifigenia. Allí, por la palabra de Fidel, conocí a José Martí como «un árbol que crece».

Fidel colocó rosas blancas en el Mausoleo en Santa Ifigenia. Confesó que había sentido una emoción grande poco antes, en Dos Ríos; aseveró que habría deseado que el lugar se pareciera mucho más a como era el día en que Martí cayó, sin construcciones cercanas y más verde en el paisaje.

Fue también entonces que, de una manera muy especial, conocí cómo el mundo es uno solo y que todos los saberes y desafíos de la civilización humana se interconectan, se entrecruzan. En Dos Ríos había cambiado el bosque y era que, como vivíamos en período especial, la falta de combustible para poner en marcha regadíos había obligado a los sembradores a cultivar en las riberas de los ríos Cauto y Contramaestre; pero para eso había que desmontar manigua; llovía, llovía y las aguas arrastraban los suelos de las laderas; iba el lodo al lecho del río que a su vez iba secándose; se degradaba el entorno y el monumento edificado en homenaje al Maestro podía perderse. El sitio ya no era monte espeso. Aquel día memorable surgió un programa promovido por Fidel para restablecer la floresta del lugar y para salvar, por supuesto, el cauce, pudiéramos decir en avalancha, del Cauto y del Contramaestre, para que no se perdiera el lugar donde Martí cayó en combate.

De allí salimos hacia Santa Ifigenia. Recuerdo siempre que yo creí que él iba a tributarle el silencio, porque no había discursado en Dos Ríos; pero fue todo lo contrario. Fidel empezó a hablar de una manera, pudiéramos decir, como en desahogo. Contaba a los compañeros que el 19 de mayo no era día de luto sino de fiesta, como el día cuando se siembra una semilla que fructificó para los próximos siglos, para siempre, y que por eso no había sentido tristeza, ni había sentido sensación de duelo, sino un cierto sentido y una sensación de alegría, no una emoción triste, sino una emoción alegre, profunda, la emoción de pensar todo lo que significaba y significa José Martí. Dijo: «El Martí cien años después no es el mismo Martí de hace cien años cuando cayó; muchas de sus obras no se conocían, ni muchos de sus escritos. Todo se supo después, aquella carta a Mercado, su profundo sentido antimperialista y latinoamericanista, solo cuando los historiadores han recogido sus papeles —todavía puede haber papeles que aparezcan— es que Martí adquiere esa talla universal, ese prestigio enorme, esa personalidad extraordinaria como lo vemos hoy, porque en aquel momento —sigue hablando Fidel— tenía enorme mérito, pero no se le conocía suficientemente; lo conocían aquellos que escucharon sus discursos, algunos de los que leyeron sus escritos. El Martí de hoy —decía Fidel— es mucho más gigante ante los ojos de los cubanos. Sus compañeros tienen que haber sufrido mucho con la muerte de Martí, algunos no sabían todavía toda la magnitud de su gloria, de su talento, de su proyección, de sus sentimientos, de eso hace cien años y por eso digo que crece, que es un árbol que crece».

Ernesto Rancaño, 2007

Fidel habló entonces de una semilla que se sembró ese día, «no desapareció ese día —afirmó—, una semilla que se sembró y comenzó a germinar, a crecer, a fructificar en el pueblo. Y vemos hoy lo que es nuestro pueblo, no solo en lo que ha hecho, que ha hecho mucho, sino en lo que siente, en su espíritu, en esa capacidad de luchar vemos el fruto de ese gran árbol que crece».

Pero tendríamos que recordar aquello que, cuando niña, escuchaba en unos versos: «Te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió». Diríamos hoy una semilla que germinó en Fidel, no se puede olvidar que fue a asaltar el cielo con las doctrinas del Maestro en su corazón, que fructificó en él, en todas sus luchas, por nuestro pueblo, por nuestra América y por el mundo.

Entonces, en otro aspecto que considero existe una conexión muy grande entre Fidel y José Martí es en la visión que ambos tienen de Estados Unidos, y es un tema, además, muy actual y por eso quería apenas leerles unos fragmentos del libro Todo el tiempo de los cedros, donde se aborda esa manera de confluir que ambos tienen. Estoy refiriéndome en el libro a una de las visitas de Fidel a Estados Unidos, dice: «Esa mañana recordó la historia de la nación visitada y sintió un sobrecogimiento grave al pensar cuánto tenía de noble y de fusta como para infundir a una misma vez en un ilustre sensible y preclaro como José Martí, la admiración y el desprecio. En el Comandante se definían con nitidez esas dos posturas ante los Estados Unidos. Una era de amor y respeto. Admiraba al pueblo generoso, su tradición libertaria y progresista, su historia, artes y tradiciones; agradecía al mambí Henry Reeve su lucha en el Ejército Libertador de Cuba lejos de su natal Brooklyn, y su adhesión a un principio altruista «soy de allí de donde se muere»; Fidel apreciaba la literatura de filósofos, economistas, científicos; distinguía a numerosos intelectuales y artistas, a políticos como Abraham Lincoln y Franklin Delano Roosevelt y más recientemente, a luchadores por los derechos civiles de los negros como Malcom X; veneraba a seres majestuosos y nobles como el viejo Hemingway. Otro sentimiento era de rechazo al expansionismo, la prepotencia imperial, la usurpación continua, las invasiones militares, el injerencismo y el desconocimiento de la voluntad soberana y del ansia de justicia de los pueblos de nuestra América y del mundo».

Otro fragmento dice: «Poco antes de partir por ferrocarril en viaje de Washington hacia Princeton, en Nueva Jersey, lo animaba un fraterno apego a quienes dejaba atrás, algo que sus palabras traslucían al declarar en conferencia de prensa a la que asistían 600 reporteros: “Me ha complacido mucho el pueblo de Washington. Todos se portaron muy bien conmigo. Voy a salir de Washington realmente con sentimientos, porque en los pocos días que pasé en esta ciudad, llegué a conocer a mucha gente buena”».

También recordaba en ese mismo libro la llegada de Fidel a Nueva York, que es el lugar donde por más tiempo vivió José Martí en Estados Unidos. Dice: «Nueva York apareció vertiginosa y altiva en la mirada, la mañana de sol en que Fidel arribó por tren a la Estación de Pennsylvania, en la calle 34, en el mismo centro de Manhattan. ¿Cuánto tiempo y cuánto vivido habían transcurrido desde la última visita en 1955? Parecía un siglo la distancia.

«La ciudad era un torrente de evocaciones y concurrencias. Hospedado en el piso 17 del Hotel Statler Hilton, en la calle 34 y 7ma., próximo al Empire State, presagiaba que en las citas con impresores y reporteros, con bomberos, políticos y obreros, con patriotas cubanos, poetas o caminantes por la Quinta Avenida, por Broadway, siempre le parecería que José Martí lo acompañaba. ¿No estaba próximo su despacho en el No. 20 de Front Street? ¿No eran aquellas calles las de sus pasos? ¿No eran los mismos el puente de Brooklyn, los muelles del East River, los demócratas y los republicanos, la Estatua de la Libertad, los ferrocarriles elevados, los banqueros de Wall Street, las lidias de boxeo, el desamparo de los negros, las ejecuciones y los convictos, los adoquines, las nevadas, los últimos Sioux, las orquídeas y las olas de calor?

«Llevaba a Nueva York otra vez las doctrinas del Maestro y la verdad de Cuba: nueva y rebelde, para decir a su vez, “el sentimiento y el dolor de nuestra América”».

Deseaba, por último, decirles que siempre he considerado que la Revolución Cubana se edificó sobre dos pilares o dos horcones importantes: uno fue la promulgación de la Ley de Reforma Agraria, porque esta nos devolvió el territorio de Cuba. Las tierras en Cuba no eran cubanas, eran extranjeras, y todo lo que hagamos hoy y para mañana será porque estamos en posesión de nuestra geografía.

El otro pilar de la Revolución Cubana fue la Campaña de Alfabetización, que es darles la libertad en todos los sentidos a los seres humanos, porque sin visión, sin conocimiento no es posible obrar en la vida por voluntad propia.

Fidel tuvo siempre como José Martí, una visión humanista de todo; él explicaba que antes le enseñaban en la escuela, la geografía, pudiéramos decir el relieve, los ríos, las montañas, pero que nunca le habían enseñado que en la geografía de la Isla también existían pantanos sociales, que había cumbres y declives sociales, y que esas grandes diferencias tendrían que resolverse. Y es la vocación, pudiéramos decir, humanista y social de José Martí que pervive en Fidel.

(…)Yo quería decir finalmente que Martí es la idea del bien y la idea también de la ética, y como Bolívar, como Martí, como Zamora; Fidel es, al decir de Hugo Chávez, de los últimos «hombres de a caballo», es la ética y la dignidad a galope.

*Fragmentos de la intervención de Katiuska Blanco en la Conferencia Internacional Con todos y para el bien de todos. Panel: «José Martí y Fidel Castro: continuidad de pensamiento y acción». Palacio de Convenciones, 27 de enero de 2016, «Año 58 de la Revolución».

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