Cuba, siempre llevando luz a lo oscuro

Tres integrantes de la brigada médica del Contingente Henry Reeve que ayer partió hacia Perú, compartieron, en exclusiva para JR, impresiones de la despedida y expectativas sobre esta nueva misión

Autor:

Yunet López Ricardo

La mochila está en alerta. De un momento a otro puede llenarla de cosas e irse a cualquier parte del mundo. Melissa lo sabe bien, pues desde que nació, hace siete años, la está viendo en los hombros de su papá mientras él sale o llega de uno de sus muchos viajes.

Para Enmanuel Vigil Fonseca, especialista en Medicina General Integral y miembro del Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastre y Graves Epidemias Henry Reeve, no hay día ni hora cuando se junta deber con adiós, y sale a salvar vidas al país donde se necesite la ayuda de Cuba.

Por eso, cada vez que hay movimiento en casa la niña hace la misma pregunta: «Papito, ¿por qué tienes que irte tan lejos?». Y a él los ojos se le mojan y el corazón se le estruja, pero como los hombres que cargan un tesoro, la pone sobre sus piernas y le explica una vez más por qué pasarán días sin verse.

«Trato de que sepa todo, para dónde voy, qué haré, aunque le quede ese poquito de tristeza por dentro. Le digo: “Papito, con otros médicos, tiene que ir a cumplir una misión y va a darles a otros niños eso que a ti te sobra en Cuba, que es la salud”».

Y Melissa entiende, mueve la cabeza y dice que sí, porque incluso cuando aún no sabía hablar sintió por primera vez ese beso de despedida. «Mi hija nació, y a los dos meses yo partí cuatro años para Venezuela. La veía una vez cada 11 meses, cuando venía de vacaciones. Luego tuve que ir a Sierra Leona y fueron seis meses más sin estar juntos. A los tres de mi llegada fui para la República Árabe Saharahui, después vino el terremoto en Ecuador, el huracán Matthew en Haití y ahora de nuevo debo irme», cuenta Enmanuel.

Esta vez el destino es Perú, específicamente la zona de Piura, donde desde las últimas semanas se reportan las peores lluvias de la década en esa región costera. Ya aproximadamente cien personas han muerto, hay alrededor de 124 000 damnificados, casi 184 000 casas destruidas y más de 813 000 personas afectadas que agravan la situación epidemiológica allí.

Por eso, en la madrugada del jueves Enmanuel se despidió de su hija, de su esposa, que también es doctora y lo entiende como nadie, y de toda la familia, que son sus «héroes», para junto a otros profesionales de la salud, 11 médicos y 11 licenciados en distintas especialidades, partir rumbo a esa tierra que los necesita.

«Allá nos esperan inundaciones, enfermedades respiratorias, de transmisión por vectores, leptospirosis, rabia, dengue, que hay bastante, chikungunya, zika; cualesquiera de esas nos podremos encontrar o padecer si no nos cuidamos bien. Por eso hay que cumplir disciplinadamente las medidas de seguridad. La protección primera es la de uno, para poder brindarles a ellos la atención que merecen», explica.

Y hasta allá llegan los médicos del Contingente que fundó Fidel en febrero de 2005, a auxiliar a los peruanos dañados por las lluvias causadas por «el Niño costero».  Seguramente ya Enmanuel le explicó a Melissa lo que significa ese fenómeno climático, que provoca altas temperaturas de las aguas costeras, y la evaporación elevada propicia fuertes lluvias que desbordan ríos y ocasionan avalanchas de lodo y piedras.

En su sexta misión, lo que más desea este doctor es que «mi niña, mi esposa, mi mamá y toda la familia se sientan orgullosos de mí y, sobre todo, poder mostrar mi bata blanca donde sea, que es de Cuba y lo dice bien grande, para que sepan que estamos ahí, en medio de las catástrofes, tendiendo siempre la mano», dice.

Cuando pase este mes y regrese el doctor a su casa habanera, lo esperará el regalo más lindo. «La sonrisa de mi hija. Siempre llego con la barba crecida y es como un rito entre los dos, pues ella busca la maquinita y me la quita. Sabe que es la única que puede hacerlo, nadie más», cuenta.

Melissa está feliz, aunque sabe que pasarán un tiempo sin verse, pues «pertenecer al Contingente Henry Reeve significa tener una mochila preparada y estar listo para cualquier tipo de contingencia. A eso nos enseñó Fidel».

Mi «diablillo»

«Cuando una sabe que hace falta en otro lugar, aunque esté muy lejos, tiene que ir», dice Suleidy González Lima, la miembro más joven de la brigada que salió hacía Perú, y su voz baja, pero decidida, asegura que enfrentará «enfermedades o calles que parecen ríos crecidos para ayudar a los demás. Porque los cubanos somos así. Siempre salimos adelante», expresa.

Pero hoy, cuando le preguntan por su hijo, a esta cienfueguera de 31 años, doctora en Medicina General Integral, la voz se le quiebra como si fuera un cristal a punto de romperse. «Jorge Airán tiene cinco años. Le digo “diablillo”, pues es muy inteligente y avispado», afirma la joven.

Cuando el pequeño apenas sabía correr, bailaba con alguna canción o hacía caras y sonidos graciosos, su mamá se despidió de él. «Tenía solo un año y cinco meses, y yo decidí pasar dos años en Venezuela. Fue una decisión difícil, pero por una idea justa, por los pueblos y niños como él que necesitaban ayuda médica en ese país. Siempre que lo llamaba por teléfono me preguntaba lo mismo: “Mamita, ¿cuándo tú vienes?”», narra.

El día que Suleidy regresó ya su diablillo había crecido bastante, pero ahora será por menos tiempo. «Anoche conversamos un rato y me decía: “Mamá, pórtate bien”. Es difícil que un niño de esa edad comprenda que luego de dos años lejos tiene que volver a separarse de su mamá. Sin embargo, él me responde con cariño, y eso es lo más importante».

Suleidy afirma que a la Revolución debemos ayudarla todos,  porque «los jóvenes somos su ejército más fuerte, y aunque la situación en Perú esté crítica, nos sobrepondremos y trabajaremos cada hora que sea necesaria.

«Esta es una Brigada con mucha juventud. Nosotros nos apoyaremos en los más experimentados, pues hay médicos que tienen hasta seis misiones anteriores y nos darán mucho aliento a las nuevas generaciones».

La muchacha sonríe, está confiada en el empeño que pondrá en cada paciente peruano. «Y ahí estará Cuba otra vez, echando luz en lo oscuro, como siempre, trabajando y recordando todos los consejos y la fuerza que dio el Comandante Fidel a los médicos del Contingente cada vez que salían del país. Esa será la alegría de mi regreso, saber que ayudé a mantener viva su memoria e hice lo que debía por Cuba».

Yo llevo conmigo un faro

«Cuídate mucho, mami. No importa el tiempo que demores,  pero hazlo bien», le dijeron sus hijos cuando se despedían; y por su cabeza pasaron un montón de cosas: la casa, ellos, la distancia... y hasta la voz de su amiga aquella tarde en el hospital mientras veían las noticias sobre las inundaciones causadas por el «Niño»: «Magda, a lo mejor te mandan para Perú».

El último abrazo se apresuró, y la guantanamera Magda Enis Noblet Pérez, licenciada en Enfermería, salió rumbo a La Habana y de ahí hacia el país que le presagiaran para cumplir su primera misión como una de las diez mujeres que integran la Brigada 23 del Contingente Henry Reeve, en el cual hay epidemiólogas, enfermeras y doctoras.

«Siempre añoré ir a ayudar haciendo lo que me gusta; pero también siento tristeza, porque dejo una parte de mí allá, en el oriente de Cuba. Me avisaron y todo fue muy rápido. En tres horas mis hijos hicieron mi maleta.

«Ya están grandes, pero nunca nos habíamos separado; uno tiene 20 años, estudia Medicina; y mi hija, de 18, este curso se gradúa de licenciada en Educación Preescolar. Lloraron y me recordaron que estas son cosas que solamente se ven en Cuba, pues los cubanos dejamos todo: casa, hijos, amistades, familia, trabajo, y vamos para donde más nos necesiten».

Ya en Perú está la guantanamera, donde, según dijo, la prioridad es tratar de controlar las epidemias; «mantenernos junto a los peruanos aunque no haya agua, aunque no haya luz, pero que sobren estos deseos de salvar sus vidas».

Luego de 30 días, regresará a Guantánamo la enfermera, quien trabaja desde hace muchos años en el Hospital Pediátrico de esa ciudad, para seguir haciendo eso que tanto le llena el alma: curar.

«Ya imagino cómo me recibirán allá cuando cumpla la misión, con mucha alegría. Espero sentirme satisfecha por mi trabajo y que mis hijos estén orgullosos, pues como lo hice hoy, ellos tendrán que hacerlo mañana», dice, y asegura que el legado de Fidel no se puede perder nunca. «Lo llevo siempre conmigo. Ese es nuestro faro, un faro aun más grande que el de la Punta de Maisí».

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