Retrato justo de los pinos nuevos

El Presidente de la República de Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez alegó que las nuevas generaciones de nuestro país tienen firmeza y van a dar continuidad a la Revolución

Autor:

Alina Perera Robbio

En voz del Presidente de la República de Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, las generaciones nuevas, las nuestras, emergían dibujadas en sus propósitos más auténticos y en una virtud que no pocos en este mundo intentan negar.

De corazón, en lo más profundo, sentí orgullo mientras el mandatario, ante el ágil e inquieto cuestionario de la presidenta de Telesur, Patricia Villegas, hacía justicia y vindicaba a esas oleadas de muchachos para las que algunos suelen reservar un patriotismo descolorido, como agotado por el paso de las décadas; a las que ciertos agoreros de la traición suelen destinar actitudes como el desentendimiento de la suerte nacional, o el deslumbramiento ante culturas extrañas.

Díaz-Canel, quien no se alejó en ninguna de sus ideas de los legados de Fidel y de Raúl, en cuyas expresiones podía sentirse la ascendencia sensible y unitaria de José Martí, reconoció ante la aguda periodista la naturaleza aportadora de las juventudes, esas que «refrescan tanto…». No se trató de un juicio festinado sino de un largo bregar que incluye su temporada de joven marcado por la Revolución; sus vivencias como dirigente juvenil, después como dirigente partidista, y luego como ministro del universo de la Educación Superior.

Por su trayectoria, el Jefe de Estado ha tocado muy de cerca la naturaleza de quienes se lo cuestionan todo, de los arrestados, los hiperactivos, los soñadores, los que se supone sean revolucionarios hasta por razones biológicas. Por eso hay que prestar atención al retrato que ha hecho él de nuestros hijos, hermanos menores o sobrinos, incluso de quienes ya estamos en la madurez, pero fuimos los jóvenes de los años iniciales del período especial, los que anduvimos en bicicleta para llegar a las aulas universitarias y estudiábamos junto a velas soñolientas, que a veces terminaban extinguiéndose.

«Esa juventud —le dijo Díaz-Canel a Villegas— tiene esperanzas de que el país se desarrolle más rápido. Es una generación culta, educada, activa, que participa, y no creo que su principal deseo sea estar contra el Partido y la Revolución. Sus deseos se concentran en que haya más desarrollo, más avances, que los tengan en cuenta, más participación, y que tiene aspiraciones de desarrollo tecnológico y sobre la comunicación social. Es una generación que tiene elementos de diversidad y que tiene los beneficios de la Revolución. Es una generación que tiene firmeza y que no es anexionista, que quiere la independencia, que va a dar continuidad a la Revolución».

Ahí están, sin dudas, todos los que han obrado la heroica resistencia. Y especialmente están quienes parecen hechos para manejar las nuevas tecnologías de las comunicaciones y la información del siglo XXI; los que respiran impregnados de una avalancha audiovisual que parece diseñada en el planeta para la anestesia del espíritu original; los que van a otras latitudes pero vuelven como el hijo que no olvida y agradece y sueña la prosperidad al tiempo de estar unido umbilicalmente a los olores y la luz del suelo patrio.

Ahí están los que dicen «Papi se me ha puesto viejo», pero que saltan como fieras si alguien intenta burlarse de sus «viejos». Están los del buen gusto, los emprendedores, los que tienen como motivación raigal el crecimiento material y espiritual de la Isla; son las oleadas de juventud, sensitivas por excelencia, aspirantes a lo óptimo pero       —ojo— suspicaces para adivinar cuándo el diablo pasa queriendo comprar almas. En esencia, como certeramente definía el Presidente cubano, son los que veneran a sus héroes y detestan la anexión.

Decir con naturalidad y transparencia que nuestra juventud no es anexionista, que es independentista, y que en ella habita una continuidad de compromiso que mirando al futuro no podrá ser mancillada, es, a mi modo de ver, un acto de reafirmación y confianza que merecemos escuchar a menudo, como una gran familia en sobremesa, donde sopesar logros y desafíos —estos últimos incluyen a los jóvenes o a los viejos que, siendo también nuestros, como advirtió un día el maestro Cintio Vitier, son el reverso, no mayoritario, de nuestras virtudes y fidelidades.

Lo que llaman cambio de época puede implicar más velocidad, múltiples y hasta nuevos modos de comunicar, incluso desgastes espirituales nacidos de la propia resistencia, pero en el subsuelo de todo lo que aparentemente amenaza con negarnos o extraviarnos siguen estando las herencias verdaderas que cada ola de juventud cuida y que, llegado el momento de circunstancias de definición, aflorarían sin reparar en moda o ligereza alguna, como expresión de eso intocado que llamamos Patria y que, como también nos dijo Cintio, nadie podría ultrajar.

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