Babel reitera, supera y consagra

La más reciente película del mexicano Alejandro González Iñárritu actualmente circula por las salas de estreno cubanas

Autor:

Joel del Río

En esta película coral, destacan las interpretaciones de actores tan populares como Brad Pitt. Algunos colegas, cuyo criterio respeto enormemente, han visto señales de repetición y agotamiento en la más reciente película del mexicano Alejandro González Iñárritu, quien debutara en Amores perros, y continuara su exitosa filmografía con 21 gramos (2003), suerte de melodrama existencialista de complicada narración y electrizante efectismo. Luego, el director, ya consagrado, realizó un corto para el filme colectivo 11-9-01, hasta arribar a su más ambicioso, maduro y multidimensional empeño, Babel (2006), que actualmente circula por las salas de estreno cubanas, y supongo que pronto será exhibida en televisión, en La séptima puerta o El espectador crítico.

Para entrar en la polémica, personalmente considero que sí se repiten los modos de presentar la historia y algunos motivos generales, del mismo modo en que reiteraban estilo y concepto Orson Welles, Ingmar Bergman o Humberto Solás en todas las películas posteriores a sus primeras obras maestras, solo que debemos hacer la siguiente salvedad: Babel supera y desborda en escala y propósito los dos filmes anteriores de González Iñárritu, pues la historia está hablada en cuatro idiomas, fue rodada en igual número de países, y se supone cierra con especiales giros filosóficos y formales la trilogía realizada por él, en estrecha colaboración con el guionista Guillermo Arriaga.

Al igual que en los largometrajes anteriores del tándem González Iñárritu-Arriaga, tal vez el dueto creativo más exitoso que ha tenido el cine latinoamericano en los últimos 30 años, se apela a la multiplicidad de historias protagónicas (entre Marruecos, Japón, México y Estados Unidos se mueve la devastadora e inquietante acción, donde no hay buenos ni malos, sino víctimas del destino, de los prejuicios y las circunstancias) e igualmente salta a la vista la recurrencia de los creadores a ofrecernos una sucesión de incidentes desvinculados, puesto que al avanzar la trama se ofrecerán las pistas suficientes para que cada espectador arme en su mente este crucigrama de aparente dispersión temática y espacial. El conjunto fragmentario adquiere coherencia solo cuando se comprende la intención primera y última de González Iñárritu y su equipo: convencer y conmover al público con su alegato transnacional y multiétnico en contra de la intolerancia, la incomunicación, la violencia, los prejuicios raciales y nacionalistas, dondequiera que ellos habiten.

Aunque Babel renuncia, para su mayor prestigio y distinción, a la forma narrativa y al diseño de personajes convencionales, buena parte de la eficacia del filme descansa en un panel de actuaciones extraordinarias, como ocurría con otra película similar y también polémica, la norteamericana Crash. Aquí los intérpretes lucen sus capacidades para evocar las agudas crisis afectivas, el dolor físico o lo que es peor, el cisma espiritual de difícil alivio, la desesperación de encontrarse solo y perdido en un lugar donde, al parecer, nadie te escucha y a nadie le importas. Advierto al lector que me veo precisado a estropear algunas de las principales sorpresas de la admirable y angustiosa historia (así que si odia que le cuenten una película, deberá saltar al siguiente párrafo). En el mismo nivel muy alto de prodigiosa organicidad y absoluta entrega a sus personajes se encuentran Brad Pitt y Cate Blanchett (la pareja de arqueólogos o turistas estadounidenses afectados por una bala perdida), mano a mano con las muy notables Adriana Barraza (la nodriza de los hijos del matrimonio norteamericano, que un mal día se le ocurre llevar a los niños consigo a una boda luego de cruzar la frontera con México) y Rinko Kikuchi (la hija del potentado japonés que, en uno de sus viajes por Marruecos, le regala a un pastor de ovejas el rifle ocasionador del disparo accidental y fatídico, aquel que afectará el destino de los norteamericanos).

Drama psicológico y sociopolítico, inmensamente apto para ilustrar el mundo contemporáneo, la aldea global que habitamos, Babel se sumerge en su intrincada urdimbre de casualidades (algunos críticos hablan de situaciones forzadas y soluciones dramáticas artificiosas, efectistas) y como queriendo sin querer, apunta abismales desigualdades, informa de las ofuscaciones raciales, nacionalistas y clasistas que continúan rigiendo el mundo contemporáneo al igual que en los tiempos de Atila, Genghis Khan, los samurais y los sanguinarios guerreros aztecas, destruidos en masa por los aún más sanguinarios conquistadores españoles. Al escepticismo dominante se le aflojan las tintas hacia al final de la película, cuando se percibe la intención obvia de abrir un resquicio a la esperanza, a informar sobre las tenues posibilidades de mejoramiento y armonía para los personajes en juego. Y está bien el atisbo de luminosidad a última hora. ¿Por qué la visión del artista, para ser creíble, tiene que claudicar obligatoriamente con la desesperación, la amargura y el escepticismo?

A pesar de la voluntad reveladora que asiste a los creadores de este filme monumental, no hay atisbos de panfleto en ninguna de sus secuencias. Los creadores solo intentaron restituirle al cine algo de sus virtudes tradicionales, o mejor dicho, únicamente trataron de recuperar cierta voluntad que asiste a las mayores películas de la historia del cine: entregar aproximadamente dos horas de extraordinarias experiencias en el orden emocional e intelectual. En fin, que ojalá todas las repeticiones del cine actual sintonizaran en grandiosidad y altura de miras con Babel, una película más que mexicana, universal, obra demasiado compleja, desmesurada y reflexiva como para que le entregaran el Oscar como la mejor del año. Pero nada de eso importa mucho cuando se ilumina la pantalla y aparece el semidesierto marroquí y dos niños pastores jugando con un rifle, justo al principio de esta película que nos compulsa de mil maneras, esencialmente cinematográficas todas ellas, a compartir las angustias humanas, que son las mismas, o parecidas, en cualquier lugar de la Tierra. Esta película le permite al espectador sentirse, de una manera muy especial e intensa, parte doliente de esa gran familia errática, grandiosa, quejumbrosa y desconsolada que puebla el tercer planeta.

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