Hellen Keller, desafío de paciencia - Cultura

Hellen Keller, desafío de paciencia

Esta increíble mujer, muda, ciega y sorda, simboliza la perseverancia y la voluntad para vencer las limitaciones físicas

Autor:

Juventud Rebelde

Helen Keller a los siete años. «Iry Green», la casa de los Keller. «Los grandes poetas son intérpretes de las cosas eternas. Es verdad que no puedo ver la luna, pero sé que está ahí».

Esto llegó a pensar y a escribir en su libro La historia de mi vida (Edamex, México, 12ma. edición, 28 noviembre, 2002) la infatigable y sabia mujer que hace muchos años era una niñita ciega y sordomuda que se debatía en la desesperación, buscando inútilmente una manera que le permitiera comunicarse con sus angustiados padres.

Helen Keller creció en medio de una infancia muy difícil y atemorizaba a sus familiares y amistades de la casa con gritos y alteraciones constantes, pero cuando cumplió seis años, su progenitora leyó un libro de Charles Dickens que contaba el increíble trabajo hecho con la niña Laura Bridman, también sordo-ciega.

Los padres de Helen solicitaron la ayuda de Michael Anagnos, director del Asilo para Ciegos de Massachusetts y del célebre Alexander Graham Bell. Con la ayuda de este encontraron a la profesora Anne Sullivan, quien con gran dedicación alcanzara la vital rehabilitación de la niña.

Helen nació en la desconocida localidad norteamericana de Tuscumbia, al norte de Alabama, el 27 de junio de 1880; se convirtió en la primera sordo-ciega-muda del mundo que se graduó en una Universidad y, además, fue autora de un best-seller y renombrada fundadora de campañas por los derechos de la mujer.

El misterio de su enfermedad

La niña con su maestra Anne Sullivan. Helen nació saludable, pero a los 19 meses le sorprendió una calentura rara que los doctores de entonces llamaron «fiebre cerebral» y que probablemente fuera fiebre escarlata o meningitis.

Pronto su madre notó que mientras bañaba a la niña, esta no cerraba sus ojos. Llamó al doctor, quien descubrió que la niña era ciega. Días después también la progenitora comprobó que la pequeña parecía no oír el ruido fuerte de una campana. Por todo eso quedó muda también.

Cuando por primera vez la profesora Anne Sullivan visitó la casa de Helen, la niña puso sus manos en la cara y el vestido de la maestra, y trataba de abrir su bolsa. Costó mucho trabajo quitársela, pues luchaba caprichosamente por tenerla. La señorita Sullivan le dio entonces una muñeca y ella se sentó a jugar con ella.

La primera evidencia del esfuerzo que hizo Anne Sullivan para que Hellen Keller pudiera ser feliz, está unida a ese juguete, cuando la pequeña ciega, sorda y muda lo acunaba en sus brazos, porque fue justamente «muñeca» la primera palabra que la niña aprendió.

Cuando Helen llevaba unos minutos realizando esa maniobra, la profesora tomó una de sus manos y deletreó la palabra «m-u-ñ-e-c-a» escribiendo cada letra en la palma de la mano de la niña, que se mostró interesada en los extraños movimientos y trató de imitar el recorrido de los dedos de la maestra. Esa fue la primera vez que alguien intentara enseñar a Helen Keller.

La señorita Sullivan hizo con la palabra «agua» lo mismo que con la palabra «muñeca» en la palma de la mano de Hellen, mientras derramaba en ella el líquido, junto al pozo del jardín de la casa.

Y años después de que conociera la palabra «agua» mediante la sensación del agua fresca en su mano, la propia Helen comentaría:

«De alguna manera en aquel momento comprendí de repente el misterio del lenguaje. Supe entonces la maravilla que era la frialdad del agua que impetuosamente cayó sobre mi mano. Aquella palabra “viva” tocó mi espíritu, dándole luz, esperanza y regocijo».

En apenas unas horas Helen había aprendido 30 nuevos vocablos y desde entonces su progreso fue realmente asombroso. Aprendió a leer «tocando», primero usando letras a relieve, luego con el sistema Braille.

A los 20 años ingresó en el Colegio Radcliff, de Harvard, donde aprendió francés, alemán, griego y latín, abriendo así un gran potencial al mundo de las personas ciegas y sordas.

Anne Sullivan murió en 1936, pero Hellen continuó viajando por el planeta, acopiando fondos para los ciegos. Su historia fue contada en 1962 en la película The Miracle Worker (La trabajadora milagrosa), protagonizada por Anne Bancroft y Patty Duke, quienes fueron ganadores del Oscar por sus formidables actuaciones.

Hablar y  «Escuchar»

La señorita Sullivan la llevó a una famosa profesora de sordos llamada Sarah Fuller y le indicó qué tenía que hacer. Helen movió su mano sobre los labios de la señora Fuller. Puso sus dedos dentro de la boca de la nueva profesora para aprender la posición de la lengua, los labios y los dientes. Luego emitió los sonidos que hizo la señora Fuller.

Después de eso, la profesora emitió otros sonidos y Helen los imitó todos. Luego la señora Fuller pronunció algunas palabras aisladas, moviendo sus dedos a través de la mano de Helen para mostrarle la extensión de las sílabas.

Regresó a su casa a la altura de la séptima lección, se viró hacia la señorita Sullivan y le dijo con una extraña y vacía voz: «Puedo hablar ahora». Esa fue realmente la primera vez que hizo uso del lenguaje humano.

Helen tomó solo siete lecciones de la señora Fuller, pero eso fue solo el principio de su larga lucha para aprender a hablar. Semana tras semana... año tras año, trató de hablar cada vez más claramente. Repitió palabras y oraciones durante horas, empleando el sentido del tacto de sus dedos para aprender las vibraciones de la garganta de la señorita Sullivan, el movimiento de su lengua y la expresión de su cara mientras hablaba.

Rápidamente aprendió a leer los labios por medio de la vibración. Ponía un dedo en la nariz de su interlocutor, otro en los labios y otro en la garganta. De esa manera aprendió a «oír» lo que le decían los demás, especialmente si estos hablaban claro, alto y despacio.

Al cabo de algunos años Helen fue capaz de «oír» mediante la vibración los mejores chistes de Mark Twain. Con sus dedos en los labios, el tenor italiano Enrico Caruso «vertió su dorada voz» en su mano y el violinista Jascha Heifetz tocó para ella mientras Helen apoyaba ligeramente sus dedos en el violín.

Las victorias de Helen Keller sobre sus desventajas o discapacidades rápidamente la hicieron famosa. Comenzó a mantener correspondencia con mucha gente célebre, escribiendo en inglés y en francés. Asistió al colegio, al lado de su profesora Sullivan, quien le escribía en su mano las lecciones de los maestros. Se graduó en 1904, con 24 años. De inmediato escribió artículos para algunas revistas y habló para ciegos en muchas partes del mundo. Recibió honores en distintos países, y muchachas y muchachos corrían a conocerla. Mientras otros nombres serán olvidados, el de Helen Keller será recordado por mucho tiempo.

En 1964 recibió la Medalla de la Libertad, la más alta condecoración dada en Estados Unidos a un civil, y un año más tarde fue elegida para figurar en el Paseo de la Fama de las Mujeres en la Feria Mundial de Nueva York.

Murió tranquilamente el 1ro. de junio de 1968. Algunos años antes había perdido su muñeca en uno de sus viajes humanitarios.

 

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