Huellas de la tierra más hermosa

Once reconocidos fotógrafos españoles muestran en el Museo Nacional de Bellas Artes su amor incondicional por Cuba

Autores:

Kaloian Santos Cabrera
Nyliam Vázquez García

«Cuba deja huellas en el alma sensible», expresó, a pocas horas de la inauguración, el fotógrafo español José María Mellado, y cargó el aire de presagios sobre luces y sombras de la exposición fotográfica La tierra más hermosa, Cuba, exhibida en el Museo de Bellas Artes y dispuesta hasta el 23 de enero a la caricia escudriñadora del público cubano. Con Mellado son 11 los reconocidos artistas españoles del lente que…, mejor dicho, son 11 las miradas de un grupo de enamorados de nuestro archipiélago y su gente que, con esta muestra de 53 piezas, se han puesto de acuerdo para devolver «algo de lo mucho que Cuba nos ha dado a todos».

La nómina la componen el mítico fotoperiodista Enrique Meneses (1929), José Ramón Bas (1964), Juan Manuel Castro Prieto (1957), Tony Catany (1942), Juan Manuel Díaz Burgos (1951), José María Díaz Maroto (1957), Alberto García-Álix (1956), Cristina García Rodero (1949), Ángel Marcos (1955), José María Mellado (1966) e Isabel Muñoz (1951).

Los separan, y a su vez enriquecen esta expo, estéticas diversas y miradas particularísimas. Y, en común, no esconden, sino manifiestan esas huellas indelebles que les han dejado sus pasos por esta tierra. Son historias llenas de matices, cuya preciosidad trasciende los objetos y personas congelados en las escenas. Cada uno, en sus diferentes visitas, a lo largo de más de medio siglo, enfoca la diversidad sociocultural del país con respeto y veneración. Logran detenerse en detalles que desnudan el alma nacional. Miran la Isla sin dejar de ser forasteros, pero se despojan de la casaca de esos turistas que van tras la postal facilista de «playas, mojitos y mulatas».

«Cada uno de estos 11 exploradores de la luz, buscadores de sensaciones, o simplemente locos por la fotografía, se ha atrevido, como lo hicieron Marco Polo o Darwin, a ser embajadores de lo cotidiano, ladrones de instantes irrepetibles, usurpadores de almas, o incluso, ocupas de la memoria colectiva de aquellos apasionados observadores que se han dejado cautivar por sus excepcionales trabajos», escribió Juan Carlos Moya, comisario de la exposición, en el completo y hermoso catálogo que acompaña al proyecto.

Cinco de los autores estuvieron presentes en La Habana para la inauguración. Entonces, aunque el trabajo de cada uno es absolutamente más expresivo, ellos hablaron sobre los ángeles que los habitan a la hora de apretar el obturador. Tener a José Ramón Bas, Juan Manuel Díaz Burgos, José María Díaz Maroto, Ángel Marcos y José María Mellado en La Habana fue un privilegio porque contaron sus evocaciones en cada uno de aquellos instantes.

De esta forma las fotos de Mellado, maestro de la era digital y popular en el gremio de fotógrafos y diseñadores por ser el autor del célebre libro Fotografía de alta calidad, buscan, según él, evocar sentimientos, compartir lo sentido. Jugar con la luz y con la sombra.

Para Bas, quien tiene como tema central de sus obras a los niños y el juego, que ha estado en Brasil y el Congo, luego de su primera experiencia como fotógrafo en Cuba en 1996, la Isla es una suerte de talismán. Aquí hizo sus primeros trabajos, esos que le abrieron las puertas, tan distintos a todos, por su trabajo con el collage, la pintura sobre fotografía, escritura, el uso de resinas para conformar su mundo onírico dentro del encuadre.

«Mi fotografía es como yo: directa, sencilla. Me reconozco en mis fotos», expresa por su parte Díaz Maroto, quien trabaja con un lente fijo de 35 milímetros.

Sin embargo, Díaz Burgos, después de tanto camino recorrido, con tres libros de fotografías sobre Cuba, pretende seguir gozando la que considera su Habana y se deja ver a través de sus encuadres citadinos cargados de sensualidad.

El representante del arte conceptual es Ángel Marcos, quien propone con sus obras una realidad con palabras que van quedando o van siendo puestas a lo largo del camino en los más insospechados rincones. Una «pieza de documentación no fría, sino basada en el NO lugar, que podría ser SÍ lugar… a golpe de palabra», asegura.

El resto de los autores hablan por cada una de sus obras.

Es un «lujazo» abrir con el testimonio gráfico de Enrique Meneses, que narra su convivencia de ocho meses en la Sierra Maestra con los barbudos; Catany, con sus retratos sobre la racialidad e idiosincrasia religiosa; García-Álix y sus obras inéditas sobre ancianos españoles, llegados en otro siglo a Cuba, que no quisieron cambiar su nacionalidad pero decidieron morir en nuestro archipiélago; Cristina, maestra de la luz ambiente y las escenas cotidianas; Isabel Muñoz y sus instantáneas sobre el universo de la danza completan el viaje por la sensibilidad de estos artistas sobre Cuba, esa Isla del Caribe a la que Colón bautizara como la tierra más hermosa.

La fotografía, como escribiera nuestro Eusebio Leal en palabras recogidas en el catálogo de la exposición, capta el espíritu invisible de las cosas.

«Gracias al lente de estos testigos privilegiados emerge el pueblo cubano en su fusión de la cultura y de la sangre, porque somos hijos de la migración, del soldado que arrinconó el fusil y el uniforme al enamorarse de la guajira, ya fuese una muchacha blanca, mestiza o negra. Es el proceso que poetizó con iluminada transparencia Nicolás Guillén en su Balada de los dos abuelos. Por esa herida aún sangramos; es la flor escondida en los rasgos más íntimos del carácter cubano: ser pobres, pero hidalgos; descalzos, pero caballeros», expresa el Historiador de La Ciudad de La Habana.

Habrá entonces que seguir el guiño inicial que estas fotografías nos hacen, para luego poder quedarnos con bellezas como esa lumbre levantada por la campesina por encima de la cabeza de Fidel, mientras este escribe; o el baile de la pareja al pie del Chevy azul en plena calle y por puro gusto; o la prisa de la muchacha por cruzar una calle habanera bajo la lluvia, o esa mano poderosa que toma una cintura de mujer…

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