Somos una fuerza muy poderosa

La quinta joya del Ballet Nacional de Cuba no se arrepiente de haber dejado de bailar para dedicarse a la formación de varias generaciones de bailarines que han prestigiado el nombre de la Compañía y de Cuba

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Acababa casi de comenzar el año 1962, cuando Fernando Alonso la mandó a buscar. El maestro había realizado una selección de primeras bailarinas y solistas de la compañía, con el objetivo de formar el claustro para la especialidad de Ballet de la naciente Escuela Nacional de Arte. Medio siglo después, la quinta joya del Ballet Nacional de Cuba, Ramona de Saá, confiesa que la sorpresa le duró un buen tiempo. «No me lo esperaba», reconoce Cheri, como la llaman, a la altura de medio siglo.

«Fernando nos habló de aquel proyecto tan bello que estaba a punto de surgir como un complejo de escuelas de arte, en el Country Club de La Habana. Y nosotros nos quedamos un poco atónitos, a pesar de, que por indicaciones suyas, con anterioridad ya habíamos impartido algunas clases en la Academia Alicia Alonso. Todo se planificó para iniciar en febrero», explica en exclusiva con JR la premio nacional de Danza, de Enseñanza Artística y Maestro de Juventudes, directora de la afamada Escuela Nacional de Ballet (ENB).

«Por aquellos tiempos, Fernando puso en función de nosotros un “pisicorre” que nos llevaba muy temprano a Cubanacán, y luego nos recogía y trasladaba a la sede del Ballet para nuestros entrenamientos, ensayos y la preparación de las presentaciones. Así empezamos.

«¿Qué sucedió conmigo? Salí embarazada y Fernando decidió ponerme a su lado con funciones como de vicedirectora. “Cheri, tú me  ayudarás en esto y en lo otro”, me decía. Y yo solo abría lo ojos. De eso modo me fue introduciendo en el mundo de la dirección de la escuela. También ocurrió que me había lesionado el menisco y ello, junto al embarazo, condujeron a que me fuera apartando de a poco de la danza. Hasta que en 1967 Fernando me solicitó que me convirtiera en la directora de la ENB. Muy joven entonces empezó mi andar en la enseñanza, no solo al frente del plantel y como profesora, sino también como metodóloga, como miembro de la comisión que trabajó en el perfeccionamiento de la enseñanza artística y creó el Instituto Superior de Arte... En estos 50 años me he mantenido como una fundadora activa de un proyecto realmente increíble y bello».

—¿Le resultó muy complicado pararse delante de sus primeros alumnos?

—Al inicio, cuando empezamos con el primer grupo, cometimos muchos errores que luego los bailarines nos los hacían notar. «Profe, ¿usted no se daba cuenta de que solo miraba a fulana de tal, y a mí no me corregía?». Era natural. No teníamos apenas experiencia, ni una pedagogía en las manos. Fuimos aprendiendo paso a paso, siempre bebiendo de Fernando y Alicia, quienes nos supervisaban las clases, nos adentraban en las características del cubano a la hora de bailar... lo que a partir del 64 comenzó a conocerse como Escuela Cubana de Ballet, después del descubrimiento de Arnold Haskell. El crítico in-glés notó que había surgido una nueva escuela.

«Y este notable acontecimiento, además de una gran felicidad, vino a traernos mayores responsabilidades, porque nos preguntábamos de qué manera íbamos a transmitir esa esencia. Y lo logramos gracias a que recibimos una rigurosa formación. Desde Fernando y Alicia hasta José Parés, Magda González Mora... Recuerdo que en los veranos Fernando nos traía figuras como Alexandra Fedorova... Pero, por supuesto, resultó fundamental ver siempre a Alicia como nuestro principal paradigma, y contar con el maestro, con su eterno sentido de perfección».

—Muy pronto Cuba pudo contar con una compañía nacional...

—En efecto, muy rápido, porque no hay que olvidar que en 1961 se creó la Escuela Provincial de Ballet y un año después surgió la ENB. Sin embargo, en 1967 ya los estudiantes salieron de gira artística con el Ballet Nacional de Cuba (BNC), y en 1968 nuestra compañía era auténticamente cubana, con una forma estilística única y de movimiento, con esa virilidad en los varones y la femineidad en las muchachas que nos distinguen; aspectos que se han ido afinando con el tiempo hasta convertirse en características de nuestra escuela junto al ataque, la dinámica, la proyección, la batería, el equilibro, los giros, el en dehors de pie... Y todo como resultado de que nuestros maestros fueron geniales, dueños de una pasión y un amor que luego nosotros hemos ido depositando en los muchachos a lo largo de todos estos años.

«Es innegable que cuando conformaron el plan de estudio en el año 62 —el mismo que teníamos en la Academia Alicia Alonso—, tanto Fernando como Alicia fueron muy inteligentes y previsores. Y no podemos perder de vista que luego todo ha sido posible gracias al apoyo de la Revolución, que estimuló el desarrollo del ballet en Cuba y consiguió que la danza se viera como una profesión. Realmente es un privilegio estar en nuestro país, único en América Latina, que ofrece estas posibilidades. Nosotros damos asesoría en el continente, y si bien existe mucho talento, esas naciones no cuentan con una estructura y un sistema de enseñanza sólidos que formen al bailarín con las perspectivas que lo hacemos acá. Eso solo se da en Cuba. Claro, también es una fortuna que los fundadores estén vivos, escoltados por la continuidad que propiciaron. Somos una fuerza muy poderosa».

—¿Qué recuerda de aquellos primeros tiempos?

—Muy difíciles. Sobre todo la captación de varones. Porque las mamás querían que sus niñas fueran bailarinas como Alicia Alonso, y las pequeñas estaban encantadas con ello. Pero el ballet para los hombres entraba en un campo totalmente vetado. De ahí que los primeros varones que tuvimos vinieran de la Casa de Beneficencia, donde encontramos a Jorge Esquivel, Pablo Moré, Edmundo Ronquillo, Nicolás Izquierdo, Raúl Barroso... Y ellos nos preguntaban: «¿A dónde nos llevan? ¿Nos van a vacunar?»... Pero Fernando creó un plan de estudio donde incluyó esgrima, acrobacia... con el objetivo de atraerlos con todas las otras cosas, y, claro, no podía faltar la clase de ballet. En ocasiones había que bajarlos de las matas de mango, porque no entendían, y no estaban muy decididos. Pero luego Joaquín Banegas, quien supo hacerlo muy bien, los conquistó.

«Ahora, te digo algo: incluso en la actualidad, cuando contamos con una cantera extraordinaria de varones, el interés de ser bailarines viene a despertar después del nivel medio. Antes es muy complicado, pues les cuesta adaptarse a la disciplina del entrenamiento..., no porque no les guste, sino porque se desconcentran con facilidad.

«No ocurre como con las muchachas, quienes desde que entran a la escuela saben que quieren ser bailarinas. Sin embargo, luego nos cuesta más formarlas porque se desarrollan de una manera vertiginosa, cambia su biotipo y comienzan a titubear..., mientras el varón se siente más seguro porque sabe que va a bailar: no engordó, creció, aumentó su musculatura, es capaz de hacer un double tour y no sé cuántos pirouettes, porque practican incansablemente... Esas cosas pasan, pero no hay mayor satisfacción al final que verlos convertidos en grandes artistas. Me enorgullece haber sido maestra de Ofelia González, Rosario Suárez, Carlos Acosta... Con todos he aprendido, todos me han ayudado a llegar hasta este punto. Estoy convencida de que en el momento en que el maestro piense que lo sabe todo ahí mismo se detuvo su evolución».

—¿Cuáles son los mayores dolores de cabeza de Cheri como directora de la ENB?

—Mira, nosotros pasamos 40 años sin tener una escuela física. Estábamos, como ahora, deambulando. Y es que el lugar que nos dieron en el Country Club estaba atravesado por el río Kibú y se desbordaba. Nunca pudimos utilizarlo en nuestro trabajo. La Facultad de Arte Danzario nos prestaba sus salones, dábamos clases en el Gran Teatro de La Habana, en la sede de la compañía... Esas fueron etapas muy difíciles, como la que estamos viviendo ahora.

«Después que en el 2001 se inauguró en la fabulosa edificación de 1903 que nos acoge, con sus 20 salones, la única preocupación que teníamos era alcanzar altos resultados técnicos, artísticos, académicos, humanos. Pero en las condiciones de ahora nos sentimos muy atormentados. Se extraña la sede de Prado, porque allí la enseñanza fluye. Ese es uno de mis dolores de cabeza. El otro: la formación de los maestros para no hipotecar por ninguna razón el futuro, a pesar de que hoy al lado de los que ya no somos tan jóvenes, hay una generación que sí lo es y lo está dando todo, pero debemos pensar en el relevo, en el futuro.

—¿Qué le sucede a la maestra cuando entrada la noche llega a su casa?

—Descanso muy poco. Cuando estoy en la casa me pongo a idear coreografías, preparar las clases, a ponerme al día con las otras compañías, veo videos... Y sin dejar a un lado las tareas normales de un hogar. Conmigo está ahora un nieto que estoy criando y me está costando más que cuando tuve a mis hijos, porque ya uno no tiene la edad ni la paciencia de entonces. Pero es un niño muy lindo y bueno, que terminó su duodécimo grado y quiere ser médico. Me siento feliz con mi vida.

—Después de trabajar tanto tiempo con sus alumnos...

—Ocho años. Los conozco desde primer año, sobre todo ahora que tengo nivel elemental y medio en la escuela...

—¿Cómo se siente Cheri cuando aquellos niños convertidos en jóvenes terminan sus estudios?

—Una felicidad y una satisfacción inmensas. Porque nunca nos abandonan: visitan la escuela, nos llaman, nos mantienen al tanto de sus carreras. Mira, siempre les agradeceré a Alicia y a Fernando  que no nos formaron para ser buenos maestros o buenos directivos, sino para tener una visión de la vida, con ese amor que nos entregaron como si fueran nuestros padres. Mientras en otros lugares la relación maestro-alumno es muy fría, aquí se da una compenetración muy grande. Y esa es una herencia, una práctica que permanece con total vigencia. Nuestros alumnos sienten la escuela como suya, saben que esta es su casa.

—¿Se arrepiente de haber entregado tantos años a la enseñanza?

—No, nunca me he arrepentido ni me arrepentiré. Jamás resultó traumático para mí dejar de bailar para ponerme a enseñar, quizá porque Fernando me preparó y porque de cierta manera podía sentir un poco de culpa si no lo hacía.

«Pero además te confieso que si uno ha podido seguir adelante cuando se le han presentado situaciones difíciles en la vida, ha sido, en gran medida, por la escuela, por el trabajo, por lo que uno hace diariamente, y porque se ve reflejado en sus bailarines».

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