Un tipo llamado Orestes Suárez

Quería hacer dibujo humorístico y lo convencieron para que se dedicara al dibujo dramático. Los cuadros de sus historietas, verdaderas fotografías que se mueven, y su dedicación por entero a este oficio lo colocaron entre los grandes historietistas cubanos

Autor:

Julieta García Ríos

Su ausencia en los medios de prensa nacionales en las últimas décadas no ha impedido que se conozca su obra. Quienes se interesan en la historieta reconocen en él a uno de los mejores cultores del género.

«Él es un ícono para los jóvenes. Muchos lo copian y todos desean un original suyo», asegura el dibujante y realizador de audiovisuales Jorge Oliver, quien fue testigo del nacimiento de Orestes como ilustrador, dibujante e historietista.

Nos trasladamos entonces a los finales de la década de los 70, cuando Orestes se incorporó al equipo de Propaganda de Pioneros junto a Ernesto Padrón, Jorge Oliver y Alexis Cánovas. Esa fue una escuela donde incursionó en el diseño de vallas, plegables, distintivos carteles, emplanó textos y hasta participó en la creación de la infografía de los Campamentos de Pioneros de Tarará y el Internacional de Varadero.

Oliver, padre del capitán Plin, revela un dato curioso de sus inicios: «Él quería hacer dibujo humorístico y lo convencimos para que se dedicara al dibujo dramático, por su extraordinaria mano».

Y qué bueno que el artista aceptó el consejo, pues su obra hizo historia.

Entre los grandes historietistas cubanos, como Virgilio Martínez y Roberto Alfonso, cuenta también Orestes Suárez quien, al decir de Oliver, es «hoy por hoy el único cubano que se ha mantenido publicando en una plaza tan difícil como Italia», donde está próximo a cumplir 20 años.

Cerca de los Estudios de Animación del Icaic, alejado de la farándula, en un apartamento del Vedado vive Orestes. Dedicado por entero al dibujo, el artista calienta su prodigiosa mano cada día. En sus bocetos se repite la figura de Máximo Gómez, José Martí… y ahora ve un filme de época y toma nota del vestuario, de los automóviles, de detalles que pueden ser útiles para el siguiente «encargo». En su estudio abundan los libros, y un afiche diseñado por él para el XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes (Cuba, 1978) decora la habitación. Sobre la mesa de dibujo están los originales de su más reciente trabajo: una historieta de alrededor de 250 páginas para la editorial Sergio Bonelli de Milán, Italia.

Entinta directamente sobre el boceto a lápiz. Con plumilla traza la línea del dibujo... A veces en ese momento se le ocurren cambios, y modifica. Luego con pincel dará los contrastes, el volumen...

Es este un trabajo que lleva mucho tiempo y cuidado, dice. «Antes de plasmar lo que llevas en mente, tienes que haber estudiado a profundidad y alcanzar una seguridad en la investigación de los hechos».

No usa fondo ni efectos de Photoshop en sus dibujos.

El niño Orestes

En una inmensa y antigua maleta atesoraba los cómics. Cargar aquello era tremendo, porque estaba repleta de dibujos que él miraba y miraba tanto que se fijaba hasta en la narrativa, y luego copiaba. Al principio los suyos eran muñequitos muy sencillos, bolitas y rayitas con las que contaba una historia.

Al padre le preocupaba esa fascinación del niño y por eso se lo llevaba al taller de carpintería donde trabajaba. Allí el hijo debía ayudarlo a lijar los muebles para que se fuera «espabilando».

Tardaría un tiempo en encauzar su vida en las artes plásticas. Primero estudió Electricidad en el Instituto Tecnológico José Ramón Rodríguez. Después trabajó como electricista en la construcción y la Industria Ligera.

En esa etapa estudió algo afín a su vocación, cuando en 1971 matriculó en la escuela de Diseño Gráfico. Después de trabajar diez horas iba a la escuela. «A veces me mandaban a hacer un dibujo y no podía ni controlar el pulso. Me temblaba mucho la mano; me dolía porque estaba dañada por el concreto y los alambres».

Un accidente de trabajo en 1976 marcó un cambio en su vida. El médico le aconsejó que no debía hacer esfuerzo físico, y un año más tarde —para fortuna suya y de las artes plásticas cubanas— comienza a trabajar como dibujante-ilustrador en el equipo de divulgación de Pioneros.

Pásalo, revista de distribución gratuita para niños y jóvenes, es su primera publicación. Todavía es recordada la tira Inés, Aldo y Beto, sus primeros personajes.

«Los tres representaban el crecimiento de la organización de Pioneros de Cuba. Beto representaba a los niños de hasta cuarto grado, Inés hasta el sexto y Aldo abarcaba hasta la Secundaria», recuerda.

El guión era de Ernesto Padrón. Cuenta que se lo propuso en una época cuando aún no había incursionado en la historieta.

En la revista Zunzún, de la Editora Abril, entró en 1983 y allí vio cómo trabajaban consagrados artistas gráficos como Roberto Alfonso, Luis Lorenzo Sosa y Virgilio Martínez. De ellos sacó lo que se ajustaba más a su línea de trabajo y trató de manejarlo con mayor frescura y limpieza.

Allí publicó también La pañoleta encantada, con guión de Ernesto Padrón. Mientras, con la tira humorística Blito y Pupi incursionaría como único autor.

Colabora en los años 80 y 90 con las principales revistas de la Editorial Pablo de la Torriente de la Unión de Periodistas de Cuba. Son de esta etapa sus más conocidas historietas. Para Cómicos trabaja con Manolo Pérez como guionista en Las aventuras de Camila. En la editorial Pablo publica la serie fantástica Yakro —son suyos el guión y la ilustración— y la serie humorística de corte social Vitralitos, en coautoría con Jorge L. Guerra, entre otros.

Sus ilustraciones aparecen en los libros Zoia y Shura y Por los caminos de la Edad de Oro, Editorial Gente Nueva, Hola, jóvenes; Canción para una sonrisa (sobre Camilo Cienfuegos) y Cuando Che era Ernestito de la Casa Editora Abril, Mayores generales del Ejército Libertador (Retratos) en el Minfar, y Gregorio y el mar, Editorial Alfaguara, España, 1997.

¿Qué hace especial la obra de Orestes Suárez?, indago.

El caricaturista Lázaro Miranda hace énfasis en su capacidad para reflejar la sicología de los personajes.

Jorge Oliver habla de su técnica: «Puede que parezca naturalista o demasiado tradicional, y aunque él respeta los cánones de la figura humana y sus composiciones no  son atrevidas, su mayor virtud está en que todo lo resuelve dibujando.

«Es buenísimo usando el blanco y el negro, y con el uso del pincel sus imágenes pueden ser atractivas, y hasta agresivas, con solo estos dos colores.

«Los cuadros de sus historietas —concluye Oliver— son fotografías que se mueven».

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