El delantal de Marcolina

El volumen Marcolina en la cocina, de la Editorial Gente Nueva, ofrece en 150 páginas, ocurrentes recetas para los más pequeños de casa

Autor:

Frank Padrón

Libros de cocina… ¿para niños? Pues sí, y los confecciona una escritora ducha en tal especialidad: la santiaguera Ivette Vian Altarriba (Cartas a Carmina, Una vieja redonda, Del abanico al zunzún…), quien a sus muchos textos por esa línea suma su condición de guionista de un popular programa televisual: La sombrilla amarilla, muy seguido y disfrutado no solo por sus principales destinatarios, los más pequeños de casa.

Justamente de esa experiencia nace Marcolina en la cocina (Editorial Gente Nueva, 2014), el cual ofrece en 150 páginas, ocurrentes recetas para esos miembros de la familia que normalmente no entran a ese «sagrado» lugar de la casa, al menos para hacerse cargo de lo que sus parientes van a consumir, pero que pueden y deben desde esas edades tempranas irse «entrenando» en una práctica tan útil como necesaria y placentera.

Ivette, en su libro, propone que lo sea a plenitud con un grupo de platos muy fáciles de elaborar y que «pintan» deliciosos, algo que también debemos a la notable cocinera que es la autora: espaguetis de mantequeso, ensalada de arroz, puré de bebé, frituritas de boniato, melcocha de Melchor, crema enamorada, harina de maíz en dulce, zanahorias glaseadas, vaca gorda, fresileche o merienda cósmica, son algunos de ellos.

Pero tan ingeniosas como esas recetas que recorren en su espectro comidas, meriendas, ensaladas y postres, resultan las escenas que las preceden e introducen; ahí entra plena la versada escritora de literatura infantil, quien imagina diálogos entre la anfitriona del programa televisivo y los niños que constituyen esos ideales destinatarios, cocineritos en potencia que sin dudas ejecutarán algunas de esas delicias.

Tras la exposición de ingredientes y maneras de prepararlos, habitual en este tipo de volúmenes, Marcolina realiza un breve comentario que regala información sobre ellos, que amplían la cultura gastronómica de los lectores de cualquier edad, pues huelga aclarar que este, como todo texto infantil, es también para adultos que no hayan extraviado el niño interior.

De ese modo podemos enterarnos de que el jugo de tomate no necesita agua, de todo lo aprovechable en las verduras o el maíz tierno, de la gran variedad de frutas ácidas o de las virtudes que tiene el jugo de naranja para comenzar el día, de la procedencia mexicana del chocolate y hasta de algún verso o tonada de otro prestigioso escritor, David Chericián, y de una instructiva adivinanza.

A propósito de estas, muchas y muy originales se agrupan en el capítulo Adivinanciero, que junto a Cancionero y Trabalengüero, enriquecen la perspectiva cognoscitiva del libro y amplían su radio literario, pues en unas y otras, de la cosecha autoral o simplemente extraídas del folclor y las tradiciones populares, hay no poco encanto y abundante belleza literaria, amén de ingenio para derrochar, y para extraer las muchas posibilidades lúdicas del idioma:

¿Cómo como?

Como como como.

Y como si todo eso fuera poco, se adiciona como «plato» de cierre el imprescindible capítulo Modales en la mesa (Consejos de Marcolina), que es un abreviado pero intenso curso de etiqueta doméstica que va desde el lavado de manos hasta los movimientos últimos al finalizar la comida.

Marcolina en la cocina ofrece a sus lectores, como todo un valor añadido, las preciosas y funcionales ilustraciones de Arístides Hernández «Ares» —también autor de la cubierta—, que con su habitual destreza para trazos y mezcla de colores, diseña lo mismo rostros humanos que los ingredientes de muchas de las recetas que protagonizan el libro: animales, frutas, vegetales o copas de helado que ponen en movimiento las papilas gustativas.

No menor mérito detenta el diseño y la composición de Marla Albo Quintana, dentro de un volumen donde la estrecha relación entre figuras y textos resultaba esencial, así como la edición y corrección de Aldo Gutiérrez Rivera.

No es la primera vez que Ivette Vian nos estimula con un libro de tan apreciable estatura, aunque, paradójicamente, sea sobre todo para esas personas que aún no han crecido mucho; hace algunos años nos sorprendía gratamente con El cocinaíto (Ediciones Unión, 2008) en el cual también ofrecía simpáticas recetas y consejos prácticos (que iban desde los Pasos para dejar la cocina limpia hasta Cómo hacer un cumpleaños o Recuerdos y curiosidades de Mamabuela, personaje este último que constituía el entrañable narrador), en este caso con preciosas ilustraciones de Iranidis Fundora.

De modo que la escritora va «cocinando» con ello una agradable pauta, todo un canon que la compromete a seguir en la cocina, y proyectando esta lo mismo a los niños —ya hemos visto, sus principales receptores— que al resto de la familia, pero nos hace esperar, con la boca hecha agua, nuevas delicias que lo mismo puedan salir del delantal de Marcolina que del sombrero encantado de cualquier mago, siempre que lo preparen y aderecen todo tan bien como esa mujer que está detrás de ellos, moviendo letras y sabores con análogas facilidad y felicidad.

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