Toda la luz de Armando Reverón

Armando Reverón, el mejor artista plástico de Venezuela del siglo XX, es reconocido como «el Pintor de la luz». La luminosidad de su obra aterrizó recientemente en La Habana, a los espacios de la Casa de las Américas, justo cuando se cumple el 125 aniversario de su nacimiento y 60 años de la partida de este creador

Autor:

Jaisy Izquierdo

Cuentan que para apresar la luz en sus cuadros se recluía varios días a la más profunda oscuridad de su Castillete. Con los oídos tapados para que el silencio le aguzara los sentidos visuales, abría la puerta de golpe, después de su largo encierro, para mirar directamente al sol cegador. Así, encandiladas las pupilas, comenzaba a destilar en sus telas, cartones y hasta cartuchos, toda aquella luz tropical que su mirada había aprisionado de una vez.

No en balde Armando Reverón, el mejor artista plástico de Venezuela del siglo XX, es reconocido como «el Pintor de la luz». Él, como pocos, la dibujó al desnudo como a sus modelos, y como quien pinta un paisaje delineó sus caminos. La prueba evidente emana de sus cuadros que, inexplicablemente, encarcelan entre el marco los destellos enceguecidos que se cuelan en cada resquicio de la mirada del espectador.

La luminosidad de su obra aterrizó recientemente en La Habana, a los espacios de la Casa de las Américas, justo cuando se cumple el 125 aniversario de su nacimiento y 60 años de la partida de este creador. Varias reproducciones de su obra nos llegan a través del proyecto Arte en valija, concebido por el Instituto de las Artes de la Imagen y el Espacio (Iartes) de Venezuela, para ser exhibido durante el presente año en 50 embajadas venezolanas en los cinco continentes.

En la Sala Manuel Galich pueden verse 14 piezas de cartulina, entre las que figuran Desnudo en el paisaje (1933), El playón (1942), Cocotero (1944), Desnudo acostado (1947) y Autorretrato con muñecas (1949), piezas emblemáticas que nos convidan a recorrer los caminos de la loca lucidez de este genio de la plástica latinoamericana, atormentado con la idea de lograr «una pintura auténticamente nacional» —como él mismo afirmara—, y con el empeño perenne de apresar el centelleo refulgente de su tierra natal.

En esas pinturas se revelan dos constantes temáticas que atravesaron hasta el final toda su obra: los desnudos y el paisaje. Y no faltan sus famosos cocoteros que incorporan el elemento autóctono del litoral de La Guaira, sitio que prefería para conversar con otros pintores, más que los círculos académicos de Caracas.

Especialmente resaltan sus tonalidades ocres, oxidadas, y los colores de la tierra que caracterizaron ese llamado Periodo Sepia que comenzó a desarrollar a finales del año 1937, luego de transitar por un Periodo Blanco y otro Azul en el que pintara obras como Fiesta en Caraballeda y La cueva.

Con la llegada de las coloraciones marronas, aparece un Reverón delirante en su exuberante experimentación creativa. Ni la pobreza pudo contener su necesidad expresiva y a falta de lienzos utilizó el coleto. Precisamente esas telas toscas, que en la época eran usadas para ensacar café, él las ha de aprovechar para componer obras como Maja, Paisaje con uveros y El playón.

Reverón toma todo lo que está al alcance de su mano para continuar pintando. Combina sobre el cartón y hasta sobre el papel los colores de la tierra confeccionados por él mismo,   a los que llegó a añadir su propio excremento en la búsqueda del matiz  deseado. Con los tonos del suelo nos dejaría los paisajes costeros donde arena y palmeras se funden iluminados y también los espléndidos retratos de Juanita, su modelo y esposa, entre los que destaca, Desnudo acostado (1947), por el que ganara el Premio Nacional de Artes Plásticas.

Sus muñecas de trapo, parte esencial del entorno onírico que recreó en su casa del Castillete, también se aprecian en esta muestra. Solía ponerle nombre a cada una,  las confeccionaba a tamaño natural, las vestía a su antojo y estas terminaron sustituyendo a las modelos de carne y hueso en sus habituales desnudos pictóricos.

Fue en el Castillete donde Armando Reverón tejió su leyenda. Aquella casa taller, construida por sus propias manos con paredes de tabla, techo de guano y columnas de araguaney, el Árbol Nacional de Venezuela, se convirtió en cobija de sus fantasías pictóricas y cobró en sí misma el valor de una instalación desmesurada y esa extraña sensación de que cada uno de sus objetos, hasta los más personales, era una obra de arte.

Del Castillete apenas salió en 30 años. Y así como inventaba sus propios pigmentos y simplificaba en un adelantado arte pobre, los implementos y procedimientos plásticos, Reverón asimiló una manera diferente de vivir, frugal, ascética, y en constante armonía con la naturaleza, su inagotable fuente de inspiración.

En los últimos años de su vida  vestía poco, y la barba le crecía hacia el pecho enmarañada. Habitaba el universo mágico que había creado para sí, donde se acumulaban pinturas, muñecas, caballetes, máscaras, sudarios, santos, campanas, hilos de alambre, instrumentos musicales, taburetes, abanicos, banderillas, y la presencia inseparable de Juanita.

La muerte lo sorprendió en el sanatorio San Jorge, al que también dedicó algunas de sus pinceladas. En él había sido internado por una crisis psicótica de la que nunca pudo recuperarse.

Pero su mayor delirio, el del pincel, sí que lo salvó para la posteridad de los grandes artistas. Pocos meses antes de morir confesaba en una entrevista acerca de su eterno lance creativo: «La luz, ¡qué cosa tan seria es la luz! ¿Cómo podemos conquistarla? Yo lo he intentado. Y esa ha sido mi lucha». Los que se acerquen a la Casa y hurguen en esta «valija», podrán constatar que Armando Reverón, definitivamente, lo consiguió.

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