El camino aún es largo

Ariel Martínez supo que deseaba vivir eternamente la emoción que le llenó el pecho. Por eso hoy es un solista del Ballet Nacional de Cuba

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Si hasta ese momento había alguna duda, en el Karl Marx desapareció de golpe. Solo contaba con siete años, pero cuando se vio en el estreno de Elpidio Valdés, de Eduardo Blanco, portando una bandera en sus manos con aquel tamaño que apenas se notaba en el gigantesco escenario del coloso de Miramar, Ariel Martínez supo que deseaba vivir eternamente la emoción que le llenó el pecho. Y tal fue su resolución, que el joven habanero es hoy una de las figuras principales del Ballet Nacional de Cuba (BNC).

«Al principio no estaba muy convencido, la verdad. Por una parte, me atraía tremendamente la natación y por la otra, no era fácil, incluso para un niño, enfrentarse a los prejuicios. Pero esa experiencia que viví siendo tan chiquito me marcó profundamente», admite ante Juventud Rebelde este muchacho nacido en el municipio de Playa.

Precisamente Martínez, actual solista del BNC, tuvo a su cargo, acompañando a Viengsay Valdés, el estreno mundial de Oscurio en la gala de apertura del 25 Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso, cita que ofrecerá la oportunidad de admirar su magnífica danza en coreografías como el pas de deux El corsario, junto a Ginett Moncho (esta tarde, a las 5:00 p.m., en la sala Covarrubias del Teatro Nacional), con quien bailará también Dueto, de Ely Regina, el jueves (5:00 p.m., teatro Mella). Y habrá más, porque su arte se percibirá en obras al estilo de Dido abandonada (día 5, 8:30 p.m., GTA AA) y del clásico Don Quijote (6, 5:00 p.m., sala Avellaneda).

Afirma Ariel que en su historia las maestras han desempeñado un rol tan esencial que no puede menos que llevarlas en el corazón. Y aunque no encuentra elogios para resaltar la pasión con que lo acogieron Elena Canga, Yuneisi Rodríguez, Erín Nieto, Normaría Olaechea, Martha Iris Fernández, Chery (Ramona de Saá), Dunia Vera, Verónica Muxó..., tampoco olvida a las de su primaria Adolfo González, quienes notaron sus aptitudes, ese algo especial que lo distingue, y lo entusiasmaron para que me sumara a los Talleres Vocacionales de Prado, cuando se puso en práctica la idea de Fidel.

«Recuerdo que después que concluía la escolaridad nos recogía una guagua para llevarnos hasta Prado, donde permanecíamos de siete a nueve de la noche... A veces cuando salía de la escuela sobre las 4:30 p.m. solo tenía deseos de estar con mi primo, de jugar. Me “revelaba” y en ocasiones le decía a mi mamá: “No quiero, no quiero”, pero siempre terminaba yendo.

«El caso fue que un día una maestra de la Escuela Nacional de Arte (ENA) me sugirió que hiciera las pruebas para L y 19... ¡y entré! De esta etapa permanece en mi memoria todo con total claridad: mis maestros y mis compañeros de estudios, con los que conformamos el último grupo de ballet de L y 19, fue tan especial que somos inseparables».

—Entonces con L y 19 se acabaron las dudas, ¿no?

—Siempre supe lo que quería, aunque en ocasiones hay momentos en que te acuestas y hablas con la almohada y te preguntas si habrás hecho bien, pero a medida que pasaba el tiempo me lo preguntaba menos, porque el ballet es un arte que atrapa. Cierto que no puedo ver agua delante de mí, que me encanta nadar (sonríe), pero ya mi vida le pertenece por completo al ballet.

—Imagino que la ENA acabó por enamorarte...

—Definitivamente, a pesar de que la ENA, esa que tanto soñábamos, al inicio no la pudimos disfrutar como esperábamos, pues entró en reparación. Casi acabados de empezar nos mudaron para Zanja, donde se halla la Residencia, y no volvimos a retornar hasta mediados de segundo. No obstante, en las vacaciones de mi primer año viajé con la escuela a Calabria, Italia, con la maestra Martha Iris, y mis compañeros Chanel Cabrera y Francois Llorente.

«¿Me crees si te digo que fue duro? Era la primera vez que me separaba tanto tiempo de mi familia, con apenas 16 años. Lo más lejos que había llegado era a Matanzas, Pinar del Río... Al principio casi ni hablaba, comía poco. Todo “me tragaba”. De cualquier modo la experiencia resultó espectacular, solo que jamás había pasado mi cumpleaños, por ejemplo, sin los míos, sin mi abuelo que cumple el 16 de julio igual que yo. Pero la maestra me permitió llamar a La Habana... Se me hizo tremendo nudo en la garganta...

«Sí, fue duro, pero también impactante, porque bailamos mucho y conocimos no menos: desde el Coliseo Romano hasta el Vaticano. Y de las funciones para qué contarte. Se anunciaba: Escuela Nacional de Ballet de Cuba y el público abarrotaba por completo las salas. Bastaba con salir al escenario y arrancaban las ovaciones. ¡Y eso que éramos unos niños!».

—Terminada la ENA integraste las filas del BNC...

—Ese siempre fue mi sueño, por el cual estudié con ahínco durante ocho años y por el que me siento orgulloso. Me satisface constatar que tanto esfuerzo no ha sido en vano, y lo digo no pensando solo en mí, sino en todos aquellos que están detrás, delante, a mi lado, empezando por Zunilda Fabré, mi mamá, haciendo maravillas para comprarme medias, zapatos, ropas..., para que el uniforme estuviera impecable; mi papá, que a pesar de que estén separados son como una misma persona; mis abuelos, mi padrastro, quien ha estado conmigo desde muy temprana edad, mis tías... Todos atentos a mis avances, a la escuela, las funciones, corriendo para el hospital con mis ataques de asma...

—¿Porque eres asmático? ¿Y cómo te la has arreglado?

—Imagínate que soy asmático desde los 19 días de nacido. Mis cinco años iniciales de vida permanecí prácticamente «becado» en el Pediátrico de Marianao, como decía mi mamá. Llegaba y ya los médicos me conocían. Después tuve funciones en las que me vi obligado a salir corriendo para el hospital. Jamás olvidaré la vez que en segundo año, tras una actuación en el Teatro Miramar, donde interpretaba el Espada de Don Quijote, tuve que arrancar maquillado y con vestuario, porque estaba ahogado totalmente. Ese ha sido el día más feo que he vivido. Realmente me asusté.

«El asma es un poco traicionera. A veces te sientes relajado y tres horas después te pones que no puedes ni hablar. Sin embargo, uno aprende a autocontrolarse, y el ballet ha sido una buena terapia. Todavía me da, pero no tan seguido. Como presiento cuándo vendrá, me doy un aerosol y siempre tengo a mano mi pomo de agua, que es lo que más me ayuda».

—¿Estar en el BNC era lo que imaginabas?

—Nunca imaginé que tendría las oportunidades que me han ofrecido hasta el día de hoy, por lo cual estoy inmensamente agradecido. Han confiado en mí. Para que tengas una idea, te cuento que me incorporé al BNC en septiembre de 2014, unos meses antes de que comenzara el 24 Festival, y ya en octubre, durante ese evento, formaba parte del cuerpo de baile de Shakespeare y sus máscaras, de la maestra Alicia Alonso. Luego me sumé a la compañía en la gira de Canadá en diciembre de ese año, para asumir el papel del Moro de Cascanueces. Sí, desde un principio bailé mucho: Sinergia, Percusión para seis hombres, Torero de Don Quijote, Celeste, pas de six de El lago de los cisnes, adagio y prólogo de La bella durmiente... Después otra gira pero a España, y también La magia de la danza...

—¿Y cómo sucedió lo del V South African International Ballet Competition?

—No era mi primera vez en Sudáfrica, donde ya había actuado con la escuela, pero estando en el BNC vino a Cuba el patrocinador del V South African International Ballet Competition para invitarme a bailar, solo que cuando llegué me preguntó por qué no concursaba. «Es que no vine preparado», fue mi respuesta. «Yo sé que tú puedes. ¡Concursa!», me embulló y acepté luego de mucha insistencia. Por mi edad, debía competir en la categoría Junior pero parecía mayor ante mis oponentes, así que me mandaron para Senior donde, sin embargo, era el menor. Te juro que por momentos me veía sin ninguna posibilidad, porque los concursantes de verdad impresionaban, mas ya me había metido en las patas de los caballos.

«Fui pasando las rondas bailando un contemporáneo como Innovación, de Daniel Ritoli, Paquita, Carnaval de Venecia, hasta que clasifiqué para la final de un concurso que tenía como jurado a figuras de la talla de Brigitte Lefèvre, Julio Bocca, Hae Shik Kim, Valentina Kozlova, Oliver Matz, Elizabeth Triegaardt y Dirk Badenhorst. Gané plata en las variaciones, y lo que más me sorprendió: la única medalla que se otorgó en Contemporáneo (era una por categoría). Eso jamás me lo esperé, por eso no pude ni reaccionar cuando mencionaron mi nombre como tres veces. Me sentí feliz porque si algo no escaseaba allí era talento entre los concursantes de Rusia, Suiza, Estados Unidos, Canadá, México, Venezuela, Uruguay, Paraguay, Corea del Sur...».

—¿Satisfecho entonces?

—El camino aún es largo, pero no te niego que me lleno de orgullo cuando puedo representar a Cuba y a esta compañía por la cual estudié y sudé; por esta compañía por la cual mis padres han dado todo. Sé que me falta un mundo, y por eso trabajo todos los días, con insistencia, porque quiero crecer.

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