La música es infinita

Este domingo la Orquesta Sinfónica Nacional se vestirá de gala en la sala Covarrubias del Teatro Nacional: dedicará su acostumbrado concierto a la obra del maestro Guido López Gavilán

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Este día 17, a las 11 de la mañana, la Orquesta Sinfónica Nacional se vestirá de gala en la sala Covarrubias del Teatro Nacional: dedicará su acostumbrado concierto de domingo a algunas de las más significativas creaciones del maestro Guido López-Gavilán; una oportunidad que Producciones Colibrí aprovechará para dejar registrado un esperado álbum que integrarán afamadas obras sinfónicas firmadas por el Premio Nacional de la Música.

Se trata de piezas al estilo de Guaguancó, La noche, Cantos de Orishas, Obertura bandida y Cuadros de Otra Exposición, esta última inspirada en cinco obras antológicas de la plástica cubana: Interior con columnas (Amelia Peláez), El rapto de las mulatas (Carlos Enríquez), Gitana Tropical (Víctor Manuel), La Jungla (Wifredo Lam) y Carnavales (René Portocarrero).

—¿Es una obra como Cuadros de Otra exposición un homenaje al niño Guido que amó la pintura? ¿Cómo decir en música lo que ya está expresado en imágenes?

—Guido continúa amando la pintura (aunque la niñez sea un lejano recuerdo...). Existe una estrecha relación entre la música y la pintura. No creo casual que algunos términos como «matices», «colores» en los timbres, «sonoridades claras», «brillantes» o sonoridades oscuras», «línea o dibujo» melódico... etc., se utilicen indistintamente en una manifestación o en la otra. Por otra parte, también existen sonoridades musicales que pueden asemejarse a las que existen en la naturaleza, o que se asocian a distintas situaciones de la vida humana. Eso ofrece la posibilidad de sugerir imágenes, y por tanto, de evocar determinados cuadros (siempre contando con la imaginación del oyente).

«En mi caso quise rendir homenaje a cinco de nuestros grandes pintores y a esa gran obra que es Cuadros de una Exposición, de Modesto Mussorgsky».

—Se graduó de dirección coral en el Conservatorio Amadeo Roldán (1966) y de dirección orquestal en el Conservatorio Chaikovsky, de Moscú (1973), ¿qué lo hizo preferir más lo segundo que lo primero?

—Fue un proceso en el cual fue creciendo mi interés por los diferentes timbres instrumentales y por las amplias posibilidades sonoras de una orquesta sinfónica. También contribuyó el prodigioso repertorio que existe en ese ámbito, pero esto no quiere decir que los coros me interesen menos, siguen ocupando un lugar muy especial en mi vida.

—¿De qué manera la composición se apoderó de usted?

—Desde niño sentí la necesidad de crear música y, acompañado de una guitarra, compuse mis primeras canciones, que guardo en la intimidad, por supuesto (sonríe).

«Pero en la medida en que avanzaban mis estudios en el Conservatorio Amadeo Roldán surgieron mis primeras composiciones formales que, como podía adivinarse, fueron precisamente para coro. Me he ido formando como compositor a partir de mi propia experiencia como director, y a partir del análisis constante de partituras de múltiples autores.

«El proceso creativo parte de una necesidad interior de expresar ideas mediante sonoridades. Me siento compositor debido a que llevo en mí esa necesidad, pero a pesar de que poseo un amplio catálogo con variadas y numerosas obras, me considero en un continuo e interminable proceso de formación».

Guaguancó y Cantos de ori-shas parecen decir que lo popular y lo clásico no tienen por qué estar reñidos...

—Considero que la música es infinita y que todos los tipos que existen pueden relacionarse entre sí. Las divisiones en este universo dependen de los lenguajes y las finalidades que tengan. Lo clásico y lo popular siempre se han relacionado y complementado a lo largo de la historia. Lo popular está muy presente en compositores como Beethoven, Chopin, Chaikovsky, Bach, Mozart, por mencionar solo algunos considerados clásicos, y que, por cierto, son muy legítimos exponentes de sus respectivos pueblos.

—¿Ahora dirigirá la orquesta como muchísimas otras veces, pero qué siente cuando es otro el que lleva la batuta y es su obra la que se interpreta?

—Escuchar una obra mía interpretada por otra persona es siempre sumamente interesante, porque cada intérprete comprende y siente la música con sus propios puntos de vista. Algunos se acercan más a mi forma de ver mi música, pero otros aportan soluciones que no se me habían ocurrido y que resultan también válidas... Es curioso ver cómo las obras van tomando su camino en la vida, tal y como sucede con los hijos.

—¿Cuál de sus creaciones no se cansa de tocar?

—En realidad no me canso de interpretar ninguna de mis obras. Habría que preguntarle al público si no se cansa de oírlas.

Y JR lo ha hecho muchas veces: las creaciones del maestro Guido López-Gavilán resultan un regalo precioso para los sentidos. 

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