Televisor, cama y mesa

Nunca pensé escuchar la propuesta que hace unos días me hizo una dama. Déjenme primero presentarme. Soy Don Juan. Sí, Tenorio, el agraciado hombre que hace sucumbir a todas las mujeres bajo el hechizo del amor...

Autor:

JAPE

Nunca pensé escuchar la propuesta que hace unos días me hizo una dama. Déjenme primero presentarme. Soy Don Juan. Sí, Tenorio, el agraciado hombre que hace sucumbir a todas las mujeres bajo el hechizo del amor.

Pues bien, el pasado fin de semana se presentó ante mí una señora de poco más de cuatro décadas de edad, pero muy bien conservada, y me preguntó cuánto le cobraría por mis servicios. Yo le expliqué que jamás he cobrado un centavo por dar amor, placer y hacer soñar a mujer alguna, aunque las he tenido que bien merecen una multa. En el caso de ella, lo haría sin costo alguno y con muchísimo placer.

«No se trata de mí, es para mi esposo». Dijo sin rodeos e inmediatamente la interrumpí. Señora, nada tengo en contra de la diversidad del placer, pero si usted revisa bien la literatura podrá apreciar que yo solo siento atracción por las mujeres, al menos hasta ahora; corren tiempos en los que hasta las escrituras se fusionan…

Ella no me dejó terminar la idea y con evidente angustia me narró esta historia que ahora les comento: «Llevo más de 25 años casada con mi actual esposo. No puedo decir que hayan sido años de inmensa felicidad, pero no me puedo quejar, pues hemos construido una linda familia con cierta estabilidad económica. Todo sería genial si no fuera porque al paso del tiempo nuestra relación se ha convertido en algo insípido, aburrido, monótono, más tediosa que la programación de verano de la tele».

La dama cerró los ojos, respiró profundo y continuó: «Mi esposo es algo a lo que muchos llaman marido ejemplar, yo diría que demasiado ejemplar para mi gusto. Por ejemplo: mi esposo no es bebedor, más bien abstemio. No se toma un par de cervezas con los amigos, y no se mete en un bar a discutir de todos los temas, como hacen los borrachos y otros hombres. Jamás se para un rato en la esquina a perder el tiempo conversando con los vecinos. No juega dominó, ni tiene algún entretenimiento que lo mantenga ocupado, digamos peces, palomas, filatelia, alguna colección extravagante que lo neutralice por varias horas…

«No practica deporte alguno, aunque en su centro de trabajo hay equipos de softbol, fútbol, ajedrez, tenis de mesa… Para él el deporte es algo que se inventó para que otros lo practiquen. Eso sí, disfruta de todos los programas que ponen en Tele Rebelde, aunque sea carrera de babosas. Se sienta frente al televisor, el único en la casa, y parece anclado al sillón, el mueble más cómodo de la casa. No hace zapping ni para ver a las mujeres medio desnudas de los videoclips que ponen en el canal Clave. Nunca lo he escuchado emitir un criterio al respecto. Mirar con morbo a Beyoncé, suspirar con Shakira o concentrarse con los ejercicios aeróbicos en los que salen hermosas muchachas en pantalones cortos…

«No es que haya cambiado de orientación sexual. Sigue siendo bueno y eficaz en el sexo, pero demasiado reiterado para mi edad y mi nivel de estrés y cansancio. Ya no puedo más. Primero, el Mundial de Fútbol; luego, los Centroamericanos. Del televisor para la mesa (porque no ha perdido el apetito), y de la mesa a la cama, a lo que usted sabe y luego a roncar como un oso… Todos los días lo mismo: televisor, mesa y cama».

La dama tomó un respiro que aproveché para intentar opinar: Y no se supone que eso sea lo que quisiera toda mujer: ¡que su hombre sea solo para ella!, le dije intentando reflexionar a su favor.

Usted no está aquí para suponer», dijo resuelta, y continuó. «Necesito que usted se haga su amigo y con esa experiencia que tiene lo estimule a ser infiel. Que se descontrole por otra mujer. Dígame cuánto cobraría por ese servicio. El problema es que acaba de comenzar la Serie Nacional de Béisbol, y no creo que yo pueda superar otro evento deportivo».

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