Dayramir y los puentes del jazz

Quien dude que el jazz es una música-puente hacia otros ritmos, estéticas y lenguajes de todas partes, solo tiene que acercarse a la obra del cubano Dayramir González

Autor:

Frank Padrón

Quien dude que el jazz, como se sabe originario de Estados Unidos, es una música-puente hacia otros ritmos, estéticas y lenguajes de todas partes, solo tiene que acercarse a la obra del cubano Dayramir González, joven compositor, arreglista y educador, quien ha hecho del piano su verdadera casa.

Así pudimos constatarlo quienes asistimos a su reciente concierto en la sala Avellaneda del Teatro Nacional, dentro del Jojazz 2018, ese provechoso encuentro con jazzistas de las nuevas generaciones.

Dayramir aglutinó un grupo de colegas y músicos de otras disciplinas, y logró, según confesó allí, hacer realidad el sueño de «vestir de colores sinfónicos» su música, de modo que la Orquesta A’rimas, de Guanabacoa, integrada casi en su totalidad por adolescentes, arropó de manera enriquecedora y virtuosa su obra, que detenta esas características per se.

Para quienes no lo conocen, este joven nacido en la barriada habanera del Cerro, graduado de la ENA y del ISA, ha pasado por otras «escuelas» no menos formadoras: Giraldo Piloto y Klímax, Alexander Abreu y Habana D’Primera, junto a los magisterios vivientes de Huberal Herrera, Rosalía Capote y Juan Piñera, que lo catapultaron a una beca en Boston, a estudios superiores en Berklee (mejor compositor del año) y a asentarse en esa meca del jazz (entre tantas otras) que es Nueva York, donde debutó en el mítico Carnegie Hall, invitado nada menos que por Chucho Valdés.

Su segundo disco, The Grand Concurse, en el que traza un paralelo sociocultural entre la sonoridad de su natal Cerro y el Bronx neoyorquino, ha sido todo un suceso dentro de la exigente crítica estadounidense, que lo ha considerado, según Wall Street Journal, una representación del «sonido y madurez que los jóvenes cubanos están mostrando alrededor del mundo (porque) Dayramir es jazz cubano».

Ello fue una prueba al canto en el concierto de marras, donde el pianista y orquestador ofreció un espectro de su música, inclusiva e intensa; de una digitación impresionante, una dinámica que comunica con precisión múltiples universos sonoros y un sentido multirreferencial en sus creaciones que demuestra las diversas y ricas fuentes que nutren su quehacer (mucho más allá del jazz afrocubano en que a veces se le encasilla). Así lo demuestran momentos importantes de su obra: el inicial Moving Forward preparó el terreno desde el optimismo y esa vitalidad tan jazzística para recrear Situaciones 12/8 que maneja míticos intertextos con verdadera gracia, aquí respaldado por colegas excepcionales como el tresero Mario Salvador o esa temprana leyenda del sax tenor entre nosotros que es Michel Herrera.

Pero lo conseguido mediante la integración al ensemble juvenil resultó sencillamente memorable; bajo la batuta de la maestra Samira Fernández Lorenzo, apreciamos un organismo compacto, cohesionado, fluido en las diferentes secciones. Ya fuera en la grácil Smiling como en Iyesa con miel, en la que la impronta afro se torna protagónica, pasando por la sentida y matizada Blood Brothers, González reafirmó la condición intergenérica del jazz en el que nada como pez en el agua, apoyado esta vez por la trompeta superlativa del muy joven Diango Raúl Vives.

No es, por otra parte, de esos jazzistas que se enamoran a tal punto de las improvisaciones (con todo y ser buena parte de la esencia en ese ritmo) que terminan por abrumar hasta a los públicos más entendidos; él sabe dónde finalizar para dejarnos incluso deseosos de más.

El concierto constituyó ocasión de homenajes: a los ancestros, cubanos y foráneos, a los veteranos ilustres (Buena Vista Social Club), a tantos sonidos que también caben en ese hogar inmenso y sin límites que es el jazz; por eso, disfrutar de un puzzle con danzón, contradanza, son y otros de nuestros emblemas sonoros, fue una fiesta, solo que bien nombrable.

Y claro que la canción no podía faltar; no olvidemos que grandes intérpretes, foráneas (de las Fitzgerald o Vaughan a las Norah Jones y Nina Simone) y de aquí (desde Rita y Omara a Maggie Prior, Daymé Arocena o Zule) han hecho del jazz, directa o indirectamente, un género cantable. Por eso tuvimos a una baladista de ley como Ivette Cepeda en ese precioso tema de Orlando Vistel, pletórico de complejas transiciones que es Si yo hubiera sabido; a Idania Valdés y Leo Garrido demostrando su clase en A la manera mía (Amaury Gutiérrez), y a esa revelación, toda fuerza, carisma y sensualidad que es Teresa Janet, en una versión sui géneris de El manisero, pregón emblemático de Simons.

En todas esas piezas se lució el Dayramir orquestador, quien sin abandonar el espíritu original de cada una, supo enriquecernos mediante su inventiva melódica y tímbrica, y siempre la maravilla de la Sinfónica A’rimas. No podía faltar la danza, otra buena amiga del jazz, y para eso la Compañía Iberodance que tiene más de un notable bailarín, puso su nota, aunque quizá se hubiera deseado una mayor elaboración coreográfica e integración al programa.

Que el jazz latino y el afrojazz son pura fibra, de una distintiva rítmica que los diferencian de otras corrientes dentro de la matriz, se encargan de reafirmarlo quienes protagonizan las secciones percutivas: Javier Moreno Piloto (drums) cuyo apellido habla por sí mismo, y Jorge Coayo (congas, batá, misceláneas) sin olvidar a los otros miembros de Habana en Trance, la banda del concertista (el bajista Dean Torres, los coros de Gretchen González y Anisley Rodríguez), los cuales hicieron lo suyo para el lucimiento del espectáculo.

Espectáculo que, no hay que decir más, fue todo un lujo,  trascendiendo incluso el evento en el que se insertó (Jojazz) como otra muestra de que la música (buena, buenísima) no conoce barreras y siempre tiende puentes inderrumbables.

 

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