El doble papel de Germán Águila Mesa en el terreno de pelota

El explosivo pelotero que tras su retiro del deporte activo trabajó como árbitro, tiene muchos criterios sobre el béisbol cubano

 

Autor:

Juventud Rebelde

Nunca lo vi jugar, pero leí sobre su fama de pelotero duro. En cambio, sí lo recuerdo detrás de home, cuando se convirtió en árbitro al retirarse como jugador activo.

De cualquier manera, el nombre de Germán Águila no pasa inadvertido en la historia del béisbol revolucionario. «Era de madre», dicen.

Lo encontramos sentado en el portalito de su casa, junto a varios sacos de cemento y arena. «Estoy reparando», explica.

Conversamos en la salita, pero la grabadora registró todos los ruidos de una mañana lluviosa en el barrio de El canal, municipio de Cerro. Pregoneros de comino y otras especias, chillidos de gomas por algún frenazo de automóvil y varias voces preguntando lo que había en el agro.

Germán Águila, típico industrialista por su manera de entender el béisbol, llegó por azares a la capital cubana. Nació el 12 de mayo de 1940 en Calabazar de Sagua, Villa Clara, y vino con diez años para La Habana. Ahí comenzó su romance con la pelota, en los placeres del Beauty, cerca de la calzada de Boyeros.

«Llegué a la pelota amateur con 18 años. El chino Manuel Hernández Machado, mi profesor, me mandó para la liga de Pedro Betancourt, cuando salí de los juveniles», recuerda perfectamente.

«Después empecé con un equipo del aeropuerto, junto a Pedro Chávez, quien era jugador y manager. Allí hacía falta una tercera base y me colé, aunque por esa época yo defendía el campo corto. Luego vino el triunfo de la Revolución y comencé a trabajar en los ferroviarios.

«Allí jugué tercera también, pero durante el primer año (1962) tuve problemas con un árbitro en el Latino. Por eso me suspendieron ese año y no pude llegar a la Serie Nacional.

«Al año siguiente Trigoura era la tercera base y mis compañeros de trabajo me decían que yo no podía jugar con Industriales. Sin embargo, yo esperaba un chance. Cuando me den el guante vamos a ver si me lo quitan, pensaba».

—Usted sobresalió por la defensa, algo que se menosprecia un poco ahora. En la presente serie están proliferando los errores, ¿falta preparación en este sentido?

—Seguro. Mira, yo me paraba delante de una pared y empezaba a practicar reflejos con una pelota chiquita. Así ensayaba cómo coger todo tipo de bola. Hay batazos que son difíciles, pero ahora muchos peloteros quieren complicar los lances fáciles y ahí es donde vienen los problemas.

«También iba a los gimnasios de boxeo y me ponía a practicar en la pera, para mejorar mis reflejos. Una vez Wilfredo Sánchez me dio un roletazo durísimo que se levantó delante de mí. Yo cogí la bola y él se quedó parado, con las manos en la cabeza. Imagínate que le estaba jugando cerquita, porque él tocaba bien y corría mucho.

«Ahora los corredores ya se dan por out cuando dan un rolling y no presionan al fildeador. Eso es algo que debemos mejorar».

—Usted era ese tipo de pelotero explosivo que le gusta mucho al público…

—Sí, creo que por eso también le caigo mal a mucha gente. Pero nunca iniciaba la bronca, sino vivía a la riposta, como la abeja. Todavía hoy, viejo con 70 años, no me gusta que se metan conmigo. Mis padres me enseñaron a respetar para que me respeten.

—¿Todo el mundo jugaba a morirse en aquella época?

—La mayoría, el que no lo hacía así, no jugaba. Yo salí lesionado en mi primera serie, todavía estoy lastimado de la misma lesión en el hombro, del brazo izquierdo que hala el bate.

«Le agradezco mucho a Ramón Carneado, porque él me llevaba al hospital Calixto García, donde me infiltraban el brazo antes de cada juego. Me ponían cortisona con lidocaína. Julito, el masajista, me decía que no entendía cómo yo podía jugar a la pelota así».

—¿Cómo se logra ser un jugador explosivo sin caer en faltas de respeto?

—Con buenos maestros. Nunca abandones a los viejos. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Antes los muchachos respetaban más. No sé lo que ha pasado, ahora se estudia más, pero hay menos educación. Son cosas que mi mente no puede descifrar. Pero hay que hacer algo.

—He oído que Germán Águila fue un pelotero indisciplinado. ¿Está de acuerdo?

—Yo creo que no, porque cuando me daban una seña, la cogía; cuando me decían a una hora, llegaba cinco o diez minutos antes. Pero violento sí era, y todavía de viejo soy violento, porque no me gusta que me falten el respeto. ¿Cuál es el animal que más trabaja? La abeja, que no para y deja de trabajar cuando se muere. Pero no se mete con nadie, pica cuando la provocas. ¿Me entiendes?

—¿Cómo se convirtió Industriales en ese equipo histórico que es hoy? ¿A qué se debe el mito?

—Yo pienso que el color azul tuvo que ver mucho. Aquí estaban Almendares y La Habana, que eran los eternos rivales. Cuando se fue Almendares, quedó Industriales. Ambos con el color azul.

«Desde el inicio, Industriales llenó todos los estadios de Cuba. Cuando se fue a inaugurar el estadio de Villa Clara, en el INDER hablaron con nosotros, a ver si aflojábamos. Entonces yo era medio analfabeto, con tercer grado (después llegué hasta 12), pero dije que si Industriales aflojaba los estadios se quedarían vacíos».

—Hábleme sobre su experiencia en el equipo Cuba.

—Participé en el Campeonato Mundial de 1973, en La Habana, y en los Juegos Centroamericanos de Santo Domingo 1974. En el mundial fui líder en jonrones. Todo sucedió después que me operaron en 1972.

—¿Qué pasó?

—En una serie de estrellas le di una línea por el box a Vinent y él tuvo que salir del juego. Yo estaba muy bien, porque tenía mejor el brazo y cuando el dolor se me aliviaba podía batear. En el otro juego me dijeron: cuídate, que te van a tirar un pelotazo. Así mismo fue y me fracturaron el peroné. Después de la serie había un torneo de campeones en Panamá y no dije nada para que me llevaran. Pero al regreso me operaron (aquí muestra la cicatriz que guarda como «trofeo de guerra»).

—¿Después todo quedó bien con Vinent?

—Sí, en aquellos años valía todo en el terreno. Cuando dabas un jonrón mejor ni mirabas al pitcher. Se jugaba fuerte. Él no quiso lastimarme de esa manera. Entonces hasta los mentores mandaban a dar pelotazos.

—Usted nunca más hizo el equipo Cuba, ¿acaso fueron injustos?

—Pienso que no. Cuando no me llevaron al equipo Cuba fue porque el que estaba ahí lo hacía mejor que yo. Después de los Centroamericanos había un muchacho que estaba acabando con el mundo: Pedro José Rodríguez. Lo hicieron tercera base y ya tú sabes la historia.

—¿Cuándo decide retirarse? ¿Considera que fue en el momento adecuado?

—Pienso que sí, pero además me ayudó mucho Orlando Leroux. Yo estaba jugando en tercera, dieron un rolling cargado al campo corto y no alcancé la bola. Cuando llegué al banco, Leroux me preguntó: Aguilucho, por qué no la cogiste. Le dije, no pude, y me respondió: entonces ve pensando en retirarte, porque ese público que tú ves ahí está acostumbrado a que tú cojas esa. La próxima vez al bate saqué un fly al cuadro y le dije: Tiburón, voy a anunciar mi retiro. Así terminé en el año 1976.

—¿Cómo toma la determinación de ser árbitro?

—El chino Manuel Hernández Machado fue quien me dijo: cuando te retires, métete a árbitro. Es que yo ganaba 118 pesos nada más y en aquel momento tenía tres hijos (al final fueron cinco). Nunca hice negocios, siempre he vivido de mis manos: pintura, barbería… Ahora trabajo como barbero y antes lo hice en el Ministerio del Interior. Allí pelé a mucha gente «grande».

—¿Fue muy difícil adaptarse?

—Para mí no fue difícil, aunque Ramón Carneado me dijo que el arbitraje era muy difícil y mejor me metiera a entrenador. Él me quería mucho, tanto que me llevó a conocer a su maestro, Bartolo Portuondo, el padre de Omara Portuondo, quien dijo que yo parecía un matarife por la espalda que tenía. Imagínate, si hacía 300 abdominales.

—¿Entonces para usted el arbitraje no fue complicado?

—No dije eso, claro que es muy complicado, pero se le puede coger la vuelta. Los árbitros tienen que ser más enérgicos, sin abusar. No se les puede faltar el respeto. Sin hablar de nadie, yo he visto juegos donde se han formado problemas en el estadio por el arbitraje. Algunos tienen miedo de aplicar las reglas del juego en un momento determinado.

—Germán Águila expulsó del terreno a muchos peloteros…

—Sí, pero no por gusto. Yo expulsaba al que me ofendía. Al que tiraba el casco, o tiraba el bate, lo botaba. Hay gente que me cuestionaba y yo les decía: cuando los peloteros se enteren de que no se les puede expulsar, esto va a ser un relajo.

«Nosotros tenemos que educar a los jugadores. No se puede protestar por gusto. Solo debes hacerlo cuando un árbitro se equivoca en las reglas del juego.

«Además, los jugadores se equivocan más que el árbitro. A veces no corren, fallan en las señas, en fin, hacen mil cosas que no deben hacer».

—¿Considera que cometió alguna injusticia como árbitro?

—Me equivoqué bastante. No hay nadie que no se haya equivocado en esta vida. Pero nunca lo hice a propósito, ya lo dice la frase: me equivoqué.

Así nos despedimos. Ya calentaba el sol del mediodía, porque el invierno de Cuba va y viene en un suspiro.

«Las palabras pasan, pero los hechos quedan», me dijo finalmente. Entendí la frase como un buen augurio. ¿Usted también?

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