La zarina

Yelena Isinbayeva es uno de los «cuatro fantásticos» que ha ganado coronas en todas las categorías (juvenil, cadete y mayores), durante mundiales. Llega a Londres en plenas condiciones y con la ambición manifiesta de convertirse en leyenda

Autores:

Abdul Nasser Thabet
Lilian Cid Escalona

Si toca hablar de atletas legendarios de cara a los venideros Juegos Olímpicos, resulta imposible obviar a la carismática y bella rusa (dispénsennos por los adjetivos, pero son necesarios) Yelena Isinbayeva. La zarina es la actual campeona de las justas más importantes del universo deportivo, recordista mundial y una de las estrellas que llegan a Londres en plenas condiciones y con la ambición manifiesta de convertirse en leyenda.

Nació en Volgogrado (antes Stalingrado), un 3 de junio de 1982, siendo, por tanto, hija ilustre de esa ciudad que desbordó heroísmo cuando el Ejército Rojo contuvo el avance de las fuerzas nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Sus inicios en el deporte estuvieron marcados por la gimnasia, y a los 15 años enrumbó sus pasos hacia la disciplina de salto con pértiga, modalidad que la lanzó al infinito…y más allá.

Al parecer, no hay título que se le resista, pues es una de los «cuatro fantásticos» (con el perdón de la editorial estadounidense Marvel Comics) que ha ganado coronas en todas las categorías (juvenil, cadete y mayores), durante mundiales. Solo otros tres extraclases igualaron la proeza: la balista neozelandesa Valerie Adams, y los velocistas jamaicanos Veronica Campbell y Usain Bolt.

Fue a la edad de 22 años cuando asombró a medio globo terráqueo y a sus parajes lindantes. Si bien es cierto que ya poseía el récord planetario (4,82 en  Gateshead, Inglaterra), fue bajo los cinco aros de Atenas 2004 donde firmó con tinta indeleble el libro olímpico.

En la capital helénica, cuna del arte y de casi todo lo magistral que conoce el orbe, al menos en ese especto, (dicen algunos entendidos que la originalidad se agotó con los griegos más antiguos), donde la hermosa rusa reinventó la apoteosis pictórica y escultórica (si es que existe), en una competencia para archivar en el mismísimo Louvre.

Allí Yelena se enroló en un duelo a muerte con su coterránea Svetlana Feofanova. Empezaron sin problemas sobre 4,65, pero después falló sobre 4,70  y  4,75. A sabiendas que era el todo o nada, volvió a pedir que se elevara el listón hasta los ¡4,80! y en ese momento crítico no falló.

En el epílogo, los nervios le pasaron factura a y unos desesperados 4,90. Así, con su primer título olímpico entre manos, dio una estocada de su genialidad para estampar nuevo tope mundial, al conseguir 4,91 con sobrada pulcritud.

En su trayecto por las pistas de los cinco continentes recogió oro a diestra y siniestra. Seis títulos en Campeonatos Mundiales (4 en pista cubierta: Budapest 2004, Moscú 2006, Valencia 2008, Estambul 2012 y dos al aire libre: Helsinski 2005 y Osaka 2007) así lo confirman. Además, atesora dos aureolas olímpicas (Atenas 2004 y Beijing 2008) y 28 récord mundiales (15 al aire libre y 13 bajo techo.

Colecciona las 11 mejores alturas conseguidas por una mujer en la historia del salto con pértiga. Asimismo, es la única fémina capaz de sobrepasar los 5,00 metros. En realidad, de 4,93 para arriba solo ella ha podido volar.

Los años olímpicos le han sonreído con especial coqueteo. Beijing 2008 no fue la excepción. La capital china recibió a una Yelena «enojada» por comentarios inapropiados de una de sus rivales, la norteamericana Jennifer Sur, y así, la fuerza del enfado la catapultó hasta los 5,05, un nuevo récord para sus vitrinas, rubricado en otra competencia de ensueño en la que venció con solo dos saltos.

Sin embrago, la diosa no es infalible. Después de haber eslabonado una cadena de victorias perfecta entre 2004 y 2009, anduvo errática. En 2009 perdió en 2009, durante el Campeonato Mundial de Berlín y ante la mirada atónita de rivales y espectadores. Justo allí comenzó la debacle. A pocos días de su estrepitosa eliminación en Alemania, la rusa se personó en Suiza y con vergüenza le arrancó otro récord a la garrocha al saltar sobre de 5.06; Zúrich fue  testigo de un flashazo de su genio y nada más. El 2010 y el 2011 le fueron aciagos y marcaron una decadencia física y mental saldada con crudas  derrotas en los campeonatos del mundo de pista cubierta de Doha 2010 y al aire libre de Daegu 2011. Todo el mundo pensó que renunciaría, pero las reinas no suelen abdicar tan fácilmente.

Por ello la zarina regresó, retomó el sendero de sus inicios y a su entrenador de siempre, Evgeny Trofimov, el hombre que la hizo volar y que es una suerte de amuleto para su vida. Volvió a Volgogrado y en "lo que canta un gallo"  aterrizó en 2012 dando muestras de esa mentalidad ganadora que le ha caracterizado siempre. Por eso ha vuelto a sonreír.
En invierno compitió en cinco oportunidades, Volgogrado, Polonia,  Lievin,  Estocolmo y Estambul; y ganó en todas. Estocolmo, fue consagratorio; allí facturó el récord número 28 de su carrera. Lo hizo en escenario techado (5,01). Estambul, por su parte, marco el reencuentro con su ruta victoriosa, se impuso en la lid universal y con ello puso fin a una sequía de títulos que databa del 18 de agosto de 2008.

Con todas las medallas y aplausos en sus estantes, esta rusa conserva la capacidad de soñar. Londres es un objetivo especial, pasa que, entre sus cosas pendientes le queda ceñirse una tercera corona olímpica de manera consecutiva. Sería, pues, la primera que lo consiga en un deporte individual.

En 2012 se le ha vuelto a ver alegre. Ya se muestra como siempre, como esa atleta fuerte y decidida que domina a placer cada concurso y que es capaz de ganar. Gana, una y otra vez gracias a sus condiciones técnicas inigualables; y cuando estas le fallan, pues gana también, porque sabe competir.

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