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Vuelta

La Vuelta a Cuba llega a donde no pueden otros deportes; y año y tras año, la gente la espera. Para ellos es una fiesta

Autor:

Norland Rosendo

Si hay una competencia que desde sus inicios dejó de ser solo deportiva para convertirse en un espectáculo sociocultural, esa es la Vuelta Ciclística a Cuba, actual Clásico Guantánamo-Pinar del Río-La Habana, aunque casi nadie la identifique por ese nombre.

La Vuelta a Cuba, así de simple, llega a donde no pueden otros deportes; y año y tras año, la gente la espera. Para ellos es una fiesta. Es la oportunidad que tienen muchos de ver «en vivo» a atletas de alto rendimiento.

Desde su primera edición, aquella aventura osada de 1964, el giro del pedal cubano se robó el show de las carreteras por las que pasa la caravana. Poco a poco, fue ganando en linaje y llegó a ser una de las diez mejores carreras del mundo.

Luego vino la crisis económica de la última década del siglo pasado y con ella el paréntesis más largo de la Vuelta. Tras el quinto triunfo consecutivo del pinareño Eduardo Alonso (de los seis que conquistó), en 1990, las condiciones del país obligaron a cancelar la carrera.

Fue una decisión necesaria, pero que le «ponchó» el sueño a los ciclistas cubanos y a no pocos extranjeros, sobre todo, europeos, que venían en febrero a rodar sobre el lomo de la Isla, de un extremo al otro.

La Vuelta volvió en 2000 con el triunfo de otro pinareño, Pedro Pablo Pérez. La caravana le devolvía los colores a las carreteras cubanas. Pero fue suspendida, nuevamente, a partir de 2011.

Después, en 2014, el Clásico Camagüey-La Habana, pero ya no era lo mismo, ni siquiera adoptó el nombre de Vuelta a Cuba para respetar a un giro que seguía latiendo en el recuerdo de los amantes de ese deporte y en el de los pueblos por los que cruzaba el convoy.

El año pasado el Clásico empezó en Guantánamo, y en este pasará por Pinar del Río. Poco a poco, crece, se acerca a lo que inicialmente fue, al menos en las etapas. Como alternativa para que no muera el ciclismo de ruta es elogiable la iniciativa, pero se añora la Vuelta, la grande, «la de verdad».

Es cierto que para recuperar ese espectáculo en sus dimensiones primigenias se requiere de muchos recursos. No solo basta con la voluntad. Sin embargo, a tono con los nuevos tiempos, sería muy saludable examinar opciones que contribuyan a generar financiamiento para la Vuelta.

En la época actual es imprescindible disponer de recursos para mejorar los viales, acceder a la tecnología adecuada para este tipo de justas y cumplir otros requisitos básicos que garanticen la inscripción de la Vuelta en el circuito de giros de la Unión Ciclística Internacional (UCI).

Pero basta con ir en la caravana para comprobar cuánto representa la Vuelta para los cubanos. En Contramaestre, por ejemplo, un hombre estaba esperándola en una silla de ruedas y con una niña, quizá su hija, sentada en sus piernas.

No hay escuela que no salga a abanicar sus pañoletas o a agitar sus manos. Los macheteros paran el corte y saludan con las mochas. La gente de más lejos se mueve hasta los puntos por los que pasa la caravana. Los más viejos hablan de los corredores de antes, de aquellas vueltas de los años 80 y pico.

Cuba podría convertirse en un país privilegiado con dos grandes eventos ciclísticos al año: la Vuelta a Cuba, de ruta, y el Titan Tropic, de Mountain Bike. Por ese lujo para el deporte de las bielas y los pedales, y regalo para la afición, bien vale que se busquen alternativas sostenibles.

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