Nuevas y viejas guerras para Blackwater

La compañía estadounidense se prepara para entrar en nuevos escenarios de conflicto. Las increíbles confesiones de Erik Prince

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Hace más de un año anunciaron que llegarían hasta los mares de Somalia para combatir la piratería. Era de suponer que no les bastaría, que serían más ambiciosos y tocarían incluso tierra en su afán por no perderse un conflicto del cual sacar sus turbias ganancias. ¡Y así fue! La mañosa Blackwater ya se encuentra en territorio somalí y los proyectos de operaciones incluyen otros ricos destinos como Nigeria, donde muchas transnacionales pierden dinero por los ataques de grupos insurgentes.

La noticia la ofreció el mismo fundador y presidente de la compañía, ahora bautizada como Xe, Erik Prince, en unas grabaciones sacadas a la luz pública por el periodista norteamericano Jeremy Scahill, autor de Blackwater: el auge del ejército mercenario más poderoso del mundo. También la confirman algunos grupos rebeldes somalíes que acusan a los hombres de la Xe —conocidos como «perros de guerra»— de colocar bombas en espacios públicos de Mogadiscio.

En la revista estadounidense The Nation, Scahill destapa los planes de la Blackwater para enviar a sus mercenarios a Somalia y Nigeria, con el objetivo de combatir a presuntos terroristas, «construidos» por las transnacionales mediáticas para legitimar las guerras de Washington. Los deseos de Prince son también llegar a Yemén y Arabia Saudita, muy cercanos geográficamente del Cuerno Africano, donde se encuentra Somalia. Se trata, según el análisis del jefe de la Blackwater, de una región con mucha influencia iraní, a la que Estados Unidos «tiene que poner fin» mediante el despliegue de los contratistas.

Como mismo hizo en Afganistán —donde ganó gran fama, y no precisamente por brindar seguridad, sino por asesinatos, violaciones a niños y escándalos de prostitución, además de azuzar las diferencias internas—, la acción de Blackwater en estos países puede ser muy sucia.

Días antes de que The Nation publicara las declaraciones de Prince en una audiencia amistosa que reunía a corporativos de la industria armamentista y a veteranos de guerra, unas 30 personas murieron y otras 80 resultaron heridas cuando dos bombas hicieron explosión de forma simultánea en una mezquita del mercado de Bakara, en Mogadiscio, la capital somalí. El grupo opositor islámico Al Shabad acusó a la compañía de seguridad estadounidense de haber organizado este atentado, como mismo ya había hecho en Iraq.

Desde inicios de año, grupos como Al Shabad e Hizbul Islam estaban lanzando advertencias de que los «perros de guerra» de Blackwater se encontraban en territorio somalí, y que pretendían hacer explotar mercados y mezquitas en Mogadiscio para luego adjudicarles esos crímenes a estos grupos. La creciente violencia, a la que contribuyen Blackwater y otras presuntas agencias de seguridad estadounidenses, es el pretexto ideal para intervenciones militares en un país que se desgasta en un interminable conflicto interno desde 1991, resultado también de la descomposición de esa sociedad debido a condicionantes impuestas por organismos como el FMI y el Banco Mundial.

Con la mira en Nigeria

En el sur de Nigeria, transnacionales como la norteamericana Chevron y la angloholandesa Shell no tienen vida. Sus instalaciones en el delta del Níger, una de las zonas más ricas en hidrocarburos de ese gigante petrolero, están a menudo en la diana de los ataques de grupos rebeldes, quienes exigen una redistribución de los ingresos de la renta de petróleo más justa para el desarrollo local, pues es allí donde se encuentran las mayores riquezas.

En varias ocasiones, Chevron y Shell han recortado sus producciones por los ataques a los oleoductos que operan en la región. Por eso han acudido a las empresas «de seguridad» para responder con represión y militarización a la inconformidad que provoca la pobreza. Aunque no todos los nativos recurren a las armas para hacer valer sus exigencias: existe también un fuerte movimiento de resistencia pacífica.

La lista de contratistas empleados por los consorcios extranjeros es grande, y hasta el momento no han podido tan siquiera atenuar la violencia en la región. Incluso Shell ha sido acusada de financiar a grupos paramilitares.

Allí los consorcios no solo explotan los recursos naturales nigerianos, sino que lo hacen de manera irresponsable, comprometiendo el ecosistema local con sus actividades contaminantes.

En este contexto, la Xe de seguro se sentiría como pez en el agua y ganaría muchos millones. Por ello Prince acaricia la idea de que sea llamada. Y asegura: hacen falta más contratistas…

Mucho en Afganistán

Prince no solo fue claro respecto a los nuevos escenarios en los que podrían entrar sus hombres, sino que precisó algunos detalles acerca de su participación en una vieja guerra del ejército estadounidense. Ante su selectivo auditorio en la Universidad de Michigan el pasado 14 de enero, el jefe de Blackwater reveló información sobre las operaciones secretas de su empresa en Afganistán, ocupado por las fuerzas norteamericanas y sus aliados desde hace casi nueve años.

Los hombres de Prince llegaron a la nación centroasiática en abril de 2002, luego de lograr sustanciosos contratos para «proveer seguridad» a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de EE.UU. Desde entonces son muchos los millones de dólares que se ha embolsado la compañía, en los que también se cuentan los alcanzados a través de convenios con el Departamento de Estado y el de Defensa. Otra de las funciones de Blackwater ha sido cuidarle las espaldas al embajador norteamericano en ese país, Karl Eikenberry, y a oficiales de Washington, además de entrenar a la policía fronteriza afgana.

«Construimos cuatro bases, las equipamos y dirigimos», cuenta el «príncipe» de los mercenarios, y el periodista estadounidense Jeremy Scahill especifica que se refiere a las bases de operaciones avanzadas (Forward Operating Bases, FOBs), ubicadas en los cuatro puntos cardinales de Afganistán.

Una de estas se encuentra en Spin Boldak, en el sur; en el este está la FOB Lonestar, a unos 15 kilómetros de la frontera con Paquistán —otro de los blancos de EE.UU., y por supuesto de la Xe— y otra cerca de Herat.

Al referirse específicamente a la FOB Lonestar, Prince hizo una confesión cuando se preguntaba: «¿Quién más ha construido una Forward Operating Base a lo largo de la ruta principal para la infiltración de los talibanes, y la última ubicación conocida de Osama bin Laden?». Hasta el momento, todos pensaban que esa tarea estaba únicamente en manos del Pentágono.

La mano peluda y larga de Blackwater también llega a Paquistán. A pesar de que hasta ahora Washington ha negado la realización de operaciones en ese territorio, Prince salió con el desmentido, al reconocer en su círculo cerrado de amigos y directivos de empresas armamentistas que su compañía está allí, realizando operativos secretos que financian el Pentágono y la CIA, como parte de la falsa cruzada de EE.UU. contra el terrorismo.

Tampoco faltaron sus críticas a las fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) desplegadas en Afganistán, a las que calificó como «un mosaico de compromisos internacionales». Según quien se considera muy ducho en cuestiones de estrategia militar, muchos de los soldados de la Alianza deberían recoger sus maletas y volver a casa, pues no cumplen con su verdadera tarea en Afganistán. De entre ese gran conglomerado de efectivos solo hubo elogios para los canadienses: ellos han perdido tantas vidas como los propios norteamericanos, aseguró el ejecutivo.

«Business son Business»

A pesar de los constantes alardes de seguridad que se «gasta» el cabecilla de la compañía, no todo son alabanzas para Blackwater, a la que se le señala por no haber podido evitar el atentado contra un cuartel de la CIA en la localidad afgana de Khost el 30 de diciembre de 2009, con saldo de siete estadounidenses de la Agencia muertos.

Su respuesta fue poco convincente y mucho menos inteligente cuando se le interrogó sobre ese suceso: «¿Sabes qué? Es una tragedia que los chicos murieran, pero si lo ponemos en perspectiva, la CIA ha perdido muy pocas personas desde el 9/11».

Para este inescrupuloso corporativo, la muerte es uno de los costos de su forma de hacer negocios. Los riesgos siempre existen, aunque algunos se puedan calcular, y aconseja que la solución no es la retirada de la CIA, sino una respuesta mucho más violenta y agresiva.

Difícilmente a alguien le quede la menor duda de que eso es lo que mejor sabe hacer Prince con su compañía: negocios.  Por algo ha estado en todas las guerras sucias en las que lo ha necesitado Washington. Actualmente cerca del 90 por ciento de sus beneficios proceden de los contratos con el Gobierno norteamericano. Por eso sus planes en África son continuar el desembarco —ya están en los mares somalíes, junto con otros contratistas ingleses—, y seguir desestabilizando en Paquistán y Afganistán. Porque mientras haya guerra, habrá trabajo…

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