Estado Islámico y el terrorismo con cuna en Occidente - Internacionales

Estado Islámico y el terrorismo con cuna en Occidente

Solamente en Siria, unos 12 000 extranjeros de 81 países pelean sin bandera. No han ido a contener la violencia sino a multiplicarla; no hay justicia en su causa, ni causa siquiera...

Autor:

Enrique Milanés León

Tan horrenda como los videos de las recientes ejecuciones de dos periodistas —que movilizaron a líderes de varias potencias mundiales, sobre todo porque las víctimas eran estadounidenses y el ejecutor pudiera ser inglés— es la imagen de sí mismo que Younes Abaaoud subió a las redes sociales: cubierto con una túnica, el niño belga de 13 años, que se ha ganado el triste título del más joven combatiente de Occidente en Siria, posa armado con un rifle de asalto.

Frente al planeta, James Foley y Steven Sotloff fueron degollados por «John el yihadista» y nada, ni siquiera los pretendidos operativos especiales concebidos en la Casa Blanca, pudieron salvarlos, pero para enfrentar el problema los centros de poder siguen la pista equivocada: van tras el hilo de sangre cuando debían estudiar cosas del corazón, la idea y la neurona.

Hace poco, las mellizas británicas Zahra y Salma, de 16 años, dejaron su casa en Manchester y volaron a Siria, donde se alistaron en el Estado Islámico, el grupo extremista que desangra parte de Iraq y de Siria, y que proclamó allí, a muerte y fuego, un nuevo califato.

Otras dos adolescentes francesas, de 15 y 17, fueron detenidas en Tarbes y Lyon mientras huían a igual destino. El operativo estableció que 900 jóvenes habían partido, estaban en camino o pensaban hacerlo. Y el franco-argelino Mehdi Nemmouche, que en mayo asesinó a cuatro personas en Bruselas, es considerado por algunos el primer combatiente francés en regresar del «frente» sirio para implantar en Europa otro tipo de guerra.

Sí, es alarmante, pero entre muchas otras, el problema ha dejado una lección política a esta Humanidad a menudo pensada a la norteña: la elevada presencia en el Estado Islámico, y en otras estructuras sanguinarias, de mercenarios nacidos, criados y formados en el Primer Mundo.

Solamente en Siria, unos 12 000 extranjeros de 81 países pelean sin bandera. No han ido a contener la violencia sino a multiplicarla; no hay justicia en su causa, ni causa siquiera. Según Soufan Group, organización que proporciona servicios de inteligencia a Gobiernos e instituciones, 3 000 de ellos proceden de las llamadas democracias occidentales.

El informe señala que son más de 700 franceses, 500 británicos, 250 australianos e igual número de belgas, 120 holandeses, un centenar de norteamericanos, 50 españoles y más y más y más… Tantos hay, que algunas células precisan traductores. ¿Qué hacen tan lejos de casa?

Es el primer conflicto —sostienen varios analistas— en que tal número de combatientes occidentales documenta su participación por las redes sociales, en tiempo real. Porque también la violencia medieval se adorna y promociona con tecnología de punta.

El perfil de los mercenarios es múltiple: graduados en exclusivas escuelas privadas, estudiantes de Medicina, empleados de comercio… en fin, ciudadanos de más «arriba» o más «abajo» en la sociedad que interpretan a su manera el conflicto en Medio Oriente y además reaccionan violentamente al conflicto personal con su propio país. El «retrato» promedio añade que su edad típica va de los 18 a los 29 años y que en la mayoría de los casos no tienen formación militar… ¡ni conocen el Islam!

En medio de la horda, los combatientes occidentales destacan por su agresividad. Shiraz Maher, un catedrático del londinense King’s College, comentó sobre los británicos que operan como terroristas suicidas y llevan a cabo ejecuciones: «Están entre los más despiadados y vehementes».

Es cierto que hay que pararlos, sin demora. La mismísima ONU ha denunciado que en el Estado Islámico los viernes son días de ejecución: no faltan la decapitación, los tiros a la cabeza y los latigazos, y los muertos pasan a integrar una exposición de vista obligatoria. ¿Quién mata? La maldad humana, de Oriente y Occidente, bajo credo variable. Se dice que el Estado Islámico ingresa dos millones de dólares al día —de venta petrolera, tráfico de antigüedades, despojo y extorsión—, que recluta a unos 6 000 terroristas al mes y paga como nadie, pero es el odio el combustible que más le sostiene, con un aporte importante de «pozos» de Occidente.

Así, se siguen fabricando estereotipos: aunque los extremistas se declaren defensores a ultranza del Islam, su despiadada práctica proclama lo contrario. El vertiginoso ascenso del Estado Islámico es también fruto, entre otras muchas torceduras, de la «primavera árabe» que Occidente disfrutó con un alborozo más que elocuente.

El Centro Internacional para el Estudio del Extremismo sostiene que el 75 por ciento de los combatientes del Estado Islámico proviene de movimientos surgidos al calor de esa «primavera» y que otro 17 por ciento de ellos tiene su cuna en Europa.

Patrick Cockburn, corresponsal en Medio Oriente del periódico británico The Independent, ha apuntado con toda agudeza que, mientras Washington combate el Estado Islámico en Iraq, no da igual respaldo en Siria, donde presume que un eventual desgaste del ejército de Bashar al-Assad  conduzca al cambio de régimen que, contra todos los cálculos y deseos, no se ha producido.

Estados Unidos y sus aliados han presionado a Siria de múltiples maneras, sin embargo nunca condenaron los incontables mercenarios que minan ese país. Lo admite el norteamericano International Action Center: entre abril de 2011 y diciembre de 2013, el ejército sirio tuvo que enfrentar a 248 000 soldados irregulares.

Casi nadie en este mundo cree que en la Casa Blanca, Downing Street, los Campos Elíseos, La Moncloa… importen demasiado los miles de muertos iraquíes y sirios que dejan los combates. La preocupación de los «líderes democráticos» se centra en el posible regreso a sus países de ciudadanos aptos para ejecutar lo que algunos han llamado «terrorismo endógeno».

Entonces, la respuesta occidental ha sido prohibir, cerrar, retener pasaportes, impedir el viaje (como si el viaje peor no fuera el de las cabezas)… cuando lo más provechoso sería establecer desde dentro puentes de diálogo social  derruidos por recortes presupuestarios y otras malas políticas domésticas. La marginación social, la ausencia de proyectos, la insolidaridad crónica… son eficaces reclutadores en este tipo de guerra.

No obstante, el bien pudiera hacer milagros. Si, por ejemplo, Bélgica —que hoy lleva la pena de ver un fusil de asalto portando a un niño de 13 años— podría un día enterarse, por esas mismas redes sociales que nos trajeron tan mala nueva, que Younes Abaaoud nunca estará en un video armado de un cuchillo porque se hizo un hombre de bien y aprendió que ninguna bala llega más lejos que el amor.

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