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A propósito de un Día internacional para la libertad de prensa

Represión, violencia y concentración mediática son elementos fundamentales que agreden la libertad de información en el mundo según un informe presentado por la UNESCO en este 2018

Autor:

Juana Carrasco Martín

Esta definición contundente viene bien para este 3 de mayo, cuando la Unesco celebra el Día Internacional de la Libertad de Prensa, que instituyó en 1993: «El 2017 ha sido el año en que la verdad —objetiva, empírica, basada en hechos— ha sido más empujada y maltratada en toda la historia de nuestro país, en manos del personaje más importante de nuestro Gobierno».

Resulta que fue dicho ante el Congreso de Estados Unidos por el senador Jeff Flake, a comienzos de este 2018 y se refiere a EE. UU. y al presidente Donald Trump. Los estándares impuestos por el imperio para la llamada «libertad de prensa» no los cumplen ya —y lo reconocen hasta las instituciones que se inventaron para juzgar a otros, como Freedom House, que en un índice de ese valor apunta que desde 2006, cuando a nivel mundial ocupaba el puesto 16 en la lista, Estados Unidos ha ido bajando hasta el 23.

Se considera que los derechos de los medios noticiosos están bajo ataque en una administración que al iniciar su etapa de gobierno acogió un término, fake news (noticias falsas), y en un tuit, el mandatario sentenció: «Las noticias falsas de los medios fallidos (The New York Times, NBC, ABC, CBS, CNN) no son mi enemigo, son el enemigo del pueblo americano». A los pocos minutos, Trump escribió un segundo tuit en el que acusó a los medios de distribuir información «falsa» y «deshonesta».

El Comité para la Protección de los Periodistas calificó el comportamiento de Trump como una «traición a los valores de la libertad de expresión», pero a pesar de esa controversia mediática en la que se busca deslegitimizar a esos poderosos medios, hay muchas otras formas de callar y arremeter contra la prensa que la puesta en práctica en las redes por el hombre fuerte de la Casa Blanca, a quien no le gusta ni el más mínimo disenso con sus decisiones y criterios.

Ellas apuntan a una prensa alternativa en Estados Unidos —ya ahogada o acallada por la concentración de los medios que detentan y representan el poder económico y político—, y se expresó en los periodistas detenidos y judicialmente expuestos cuando cubrían las manifestaciones anti-Trump del día inaugural de su presidencia y otras acciones de protesta posteriores. Este segundo escenario refleja con mayor realidad lo que la ONU ve como amenazas a los derechos a la información.

Represión, violencia y concentración mediática son elementos fundamentales que agreden la libertad de información. El informe que en 2017 presentó la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) por el Día Internacional de la Libertad de Prensa, y que lleva por título Concentración de medios y libertad de expresión: normas globales y consecuencias para las Américas, alertó: «A primera vista resulta evidente que la concentración de la propiedad de los medios perjudica la libertad de expresión», pues «el hecho de que uno o dos individuos controlen los medios significa que controlan el equivalente moderno de la plaza pública, el espacio donde tienen lugar la discusión y el debate social».

Queda claro que la concentración daña el pluralismo, la diversidad y la cultura a la que llama y aspira la Unesco y que en otro informe explicaba así refiriéndose específicamente a la América Latina: «El pluralismo se ha visto históricamente limitado en la región debido a factores tales como el predominio del sector comercial y la concentración de la propiedad de los medios en pocas manos…».

Obvio que esa concentración favorece a que los medios dominantes construyan las matrices de opinión que legitiman los intereses del gran capital y dan pretexto para satanizar a Estados, Gobiernos y organizaciones que les afectan o entorpecen su enriquecimiento y explotación. La libertad de prensa se convierte por eso en la libertad de empresa que socava los basamentos del derecho a la comunicación y a la cultura, y a los principios de pluralidad y diversidad.

Cuando el poder económico y político no es suficiente para acallar o censurar la investigación periodística que saca a la luz males de este continente y del resto del mundo, la violencia se entroniza.

«La muerte a manos de sicarios pagados con dinero de la corrupción política y su principal aliado que hoy sería el narcotráfico, sin perjuicio de otros poderosos sectores económicos, elimina sistemáticamente a periodistas libres de compromisos antiéticos ante la complicidad de sistemas políticos corruptos, permeados hasta los tuétanos por el envilecimiento generado por la corrupción generalizada. Todo esto ocurre en una región del mundo donde no hay ninguna guerra y, teóricamente, debería reinar la paz social en los presuntos “países democráticos” más pregonados de esta parte del mundo», manifestó en 2017 Ernesto Carmona, presidente de la Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas de la Felap.

Esa nefasta situación no ha mermado en lo absoluto cuando ese organismo expuso los números finales de 2017, año en que fueron asesinados 42 trabajadores de la prensa (periodistas, fotógrafos, locutores, editores y oficios afines), 26 de ellos en México, país que registró el 62 por ciento del total detectado por la investigación de la Comisión de la Federación Latinoamericana de Periodistas.

En lo que va de 2018 la lista ya suma a otros: según la Unesco, hasta el último día de abril, en todo el mundo han sido asesinados 35 trabajadores de la prensa.

Ernesto Carmona denunciaba el pasado febrero que en los primeros 35 días habían sido asesinados siete periodistas en tres países de América Latina: tres en México, dos en Brasil y dos en Guatemala. Todavía no contaban los tres ecuatorianos secuestrados en la frontera colombiana por un grupo disidente de la guerrilla…

Pero no es América Latina el único escenario de esta especial criminalidad. Según la Federación Internacional de Periodistas, cuyas cifras no parecen abarcar a todas las víctimas, un total de 81 periodistas perdieron la vida en todo el mundo en 2017, pues también esa hacha de la censura ejecutó en países en guerra como Afganistán, Irak, Siria, al igual que en India, Filipinas, Pakistán, Nigeria y Somalia. Entre las victimas cuentan a ocho mujeres, dos asesinadas en democracias europeas: Kim Wall en Dinamarca, quien murió en el submarino de un inventor del que ella escribía, y la periodista de investigación maltesa Daphne Caruana Galizia, quien murió por una bomba adosada a su coche.

Mientras, en el último mes ya han sido dos los periodistas asesinados cuando cubrían las marchas de todos los viernes por el retorno de los palestina, en la Franja de Gaza. Ambos fueron alcanzados por balas, a pesar de andar con sus chalecos que los identificaban.

En general, la impunidad se adueña de este capítulo de la violencia extrema que tiene a los trabajadores y trabajadoras de la prensa en su mortal mirilla. Entonces, el Día Internacional de la Libertad de Prensa bien puede ser dedicado a la denuncia de tanto crimen.

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