Pasar la mano

Autor:

Luis Luque Álvarez

«Al pan, pan, y al vino, vino», decían nuestros mayores para significar cuánto vale llamar las cosas por su nombre. Las más de las veces, los disfraces perjudican, esconden el problema. Hacen como que desaparece, y ahí queda, agazapado, aguardando el momento justo para saltar y ocasionar un perjuicio mayor.

En estos tiempos en que la palabra tolerancia parece estar de moda —tolerante ha pasado a ser sinónimo de «moderno», de «sujeto de pensamiento avanzado»— un manto de piedad se extiende sobre prácticas de dudosa moral. Sí, ya sé que a algunos la palabra les suena a moho, y que les da lo mismo que la tierra sea esférica o triangular, o que la Osa Menor se case y tenga un osito. Todo es tan relativo, tan «me da lo mismo»...

No hace mucho leía acerca de las parafilias, diversas formas de excitarse a partir de experiencias fuera de la relación sexual natural. La zoofilia (el contacto con animales), el escuchismo (excitación por ruidos sexuales en un cuarto vecino), el triolismo (solo excitarse ante dos personas del sexo opuesto), el exhibicionismo, son algunas de las incluidas en un largo etcétera. ¡Y no las peores!

A alguien le comenté que los individuos con estos trastornos, evidentemente, necesitaban de ayuda especializada. Pero la respuesta que recibí fue muy peculiar: Las personas que hacen tales cosas, ¿le ocasionan daño a alguien? Si no causan ningún mal, no hay problemas. Todo okey.

¿Acaso no es maravilloso este «descubrimiento»? Todo lo que no dañe al otro, es lícito. ¡Qué bien! De modo que puedo aliviar mis apuros líquidos en aquel parque, junto a ese flamboyán, a plena luz del día. ¿Alguien se siente agredido por este ejercicio de mi «libertad»? Pues ha de bastarle con no mirar. En definitiva, no perjudico a nadie. ¡Sea tolerante!

Como el asunto de las parafilias, y como las opiniones de que «todo está bien, todo es posible», a veces pareciera que la sociedad contemporánea anda errante, pensando que satisfacer todos los gustos es la medida que colma la realización personal.

Puro hedonismo, que obvia un principio fundamental: el amor.

Generalmente el término está inyectado de un sentido demasiado carnal, cuando es otra la cuestión. Amor no es usar a la otra persona para sentirse complacido, sino donarse a ella, buscar su bien, saber detenerse cuando es necesario, recibir y dar. En el lado contrario queda quien, a merced de su egoísmo deformante, pretende proveerse satisfacciones a toda costa, sin «complicarse mucho».

Después nos escandalizamos cuando tal individuo comete un delito para calmar sus apetitos desordenados. De seguro, era de los que vivían convencidos de que «no le hacía daño a nadie». Pero como «cada cual tiene su verdad», el infractor también tenía la suya. He ahí el fatal resultado de ese raro y engañoso dogma.

Mejorable época esta en que la tendencia es «pasar la mano» y desechar lo que la recta conciencia ha definido siempre como correcto. Quizá no haya mejor hora para reconocer cuánto de moralmente bueno se ha torcido, como primer paso para corregirlo. Antes de iniciar un tratamiento de desintoxicación, el alcohólico se reconoce como tal, y solo partiendo de ese caer en la cuenta, estará en condiciones de cambiar para bien. Para todos, no solo para el beodo, es tiempo de abrir los ojos, no de disfrazar el paisaje.

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