Te extrañamos, Chaflán

Autor:

Juventud Rebelde

Cuando no te hace reír, el humor, al menos, te deja pasmado. Días atrás, desde una casa, un equipo de música expandía a bocina batiente la voz de un humorista. Allí estaba el jolgorio de los que oían la grabación. «¿De qué se reirán?», pensamos. Y de pronto apareció el chiste con su mala palabra. Uno de los asistentes abrió los brazos y dijo: «Verdad que es un bárbaro. ¡Oye eso!».

Y uno se pregunta: «¿Para hacer reír, necesariamente tiene que aparecer la expresión fuerte?». Parece que sí; a juzgar por esos comentarios favorables al artista o a la grabación de turno, en la que las palabras duras van y vienen como Pedro por su casa, como si no se concibiera una manera distinta de hacer el humor.

Es para preocuparse; porque al parecer, la carencia de una promoción sistemática de los buenos humoristas ha terminado por respaldar socialmente el criterio de que, para hacer reír en público, es necesario pronunciar la grosería, al punto de defender con vehemencia esos «actos de humor». Nos preguntamos: «Caballero, ¿alguien se acuerda de Bernabé y de Chaflán?»

En la década de los 80 era común la existencia de los discos de pasta con las actuaciones de esos grandes. Verdad que luego llegó el período especial … de ahí el vacío que ahora se llena con discos y casetes de audio, que van de casa en casa promocionándose como buenos, cuando en el fondo no es más que facilismo, y del barato.

Con el humor ocurre lo que a veces sucede con la música: fallan los mecanismos de promoción. Solo que con la risa es más grave; pues ella no cuenta con la industria que respalda y perpetúa a las producciones musicales, por lo que tenemos que conformarnos con la noria del recuerdo y los comentarios: «¿te acuerdas de como decía Bernabé: «Na’…mentira. ¡¿Tú me está engañando?!». Y allá iba eso.

Es lamentable. Porque dentro del legado que tiene Cuba para enorgullecerse está el haber tenido (y tener) humoristas de verdad. Todos ellos poseían un repertorio y un estilo diferentes; pero tenían en común una ingeniosidad y un respeto a las normas elementales de educación. Para esos artistas, el humorismo era un ejercicio de inteligencia, que desechaba el acomodamiento detrás de situaciones estereotipadas y de bromas groseras.

Con esto no se obvia la realidad de que al cubano, como a cualquiera en el mundo, le gustan los chistes verdes; pero los pronuncia en un marco íntimo. Porque no es lo mismo el comentario en familia que el que se realiza ante una multitud de desconocidos. Y esa regla, tan elemental de la vida y la urbanidad, es la que siempre respetan los maestros del humor.

Búsquese en los archivos y, si aún existen —ojalá que sí—, sería bueno desempolvar algunas de sus actuaciones. De los de antes y de los de ahora, que los hay. No como una acción comercial, sino como la operación de rescate de la memoria cultural.

La casa disquera que se arriesgue en esa aventura tendrá un éxito asegurado. Porque no hace falta ir tan lejos, ni esperar a que venga un cazador de talentos con ropas de otro lugar para encontrar las joyas que tenemos escondidas en el fondo de nuestro escaparate. Solo se necesita abrir las gavetas.

Y voluntad para hacerlo.

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